El próximo esclavejío

Apunten la fecha: primavera de 2021. La próxima crisis vendrá causada por la mala planificación fiscal de los gobiernos. Y existe una alta probabilidad de que los gobiernos tomen malas decisiones de política fiscal, dada la corriente populista que invade el ADN de los todos los partidos políticos. Bajadas de impuestos, incremento de subvenciones, ocultación de déficits, mantenimiento de redes clientelares y errores en políticas sectoriales van a derivar en un tsunami de cuidado, así que mucho ojo con las promesas electorales. Y los bancos centrales sin subir los tipos de interés.

No seré yo quien se niegue a bajar los impuestos, es más, todos estamos de acuerdo en que cuanto menos nos quiten mejor, si bien entiendo que para que esto suceda se deben asumir determinados compromisos. Desde hace algunos años el protocolo de elaboración de los presupuestos públicos ha adquirido una dinámica preocupante. Con la justificación del establecimiento del Estado del Bienestar y la necesidad de financiar los gastos que esto conlleva hemos pasado de procurar disponer de fondos para su consolidación a hacer de los presupuestos públicos una suerte de saco financiador de ocurrencias y disparates. De ahí que se necesiten ingentes cantidades de dinero, que sale de nuestros bolsillos, hasta el punto que ya no se prevé la consolidación de un modelo de Estado que provea determinados servicios sino que se consolida, a toda costa, la premisa de mantener al Estado, sean cuales sean (cuantos más mejor) los servicios que presta. Ni qué decir tiene que este modelo consolidado incluye subvenciones a cascoporro que mantienen redes clientelares y perjudican las ganancias de productividad de la economía. Esto, aunque vestido de legalidad, se llama corrupción y la corrupción lastra el crecimiento.

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El perro de Maluma

La llamada clase política no goza de buena prensa. Es frecuente hablar de ellos en términos despectivos, como una panda de rascaboinas. No digo que sea verdad. Digo que a veces se detecta esa opinión, a sabiendas de que la opinión (por pública que sea) no tiene por qué coincidir con la verdad.

Sorprende, por eso, que cuando los políticos se ponen de acuerdo, entonces empiezan a tener más que buena prensa: los medios de comunicación les hacen la ola. Que es como si un acuerdo entre mafiosos fuera, sólo por haberlo pactado, digno del Nobel de la paz. La sabiduría popular, tan certera como puñetera, va por otro lado cuando sentencia aquello de reunión de pastores, oveja muerta.

Y así ocurre que los denostados cuatro partidos que integran la Asamblea han pactado el nuevo Estatuto que pondrá a Murcia en la Champions League de las autonomías. Y sólo por eso, los rascaboinas se transforman en “sus señorías”. Si no, miren la prensa estos días. Comprobarán que nadie (nadie que cuente, se entiende; ninguno de los nuestros, claro) nadie escatima alabanzas al pacto. Y así le andan, felices los cuatro, legislando tó el rato, a ritmo de Maluma baby. Y es que este pacto estatutario, a estas alturas, podría dar la impresión de que el mismo perro de Maluma ha marcado el territorio y que los cuatro son tal para cual, Maluma dixit.

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Unidad

Bismarck tocando la guitarra española. Gunilla, digna sucesora.

Desde que tengo uso de razón la mayoría de elecciones que ha habido en España han sido calificadas como históricas por los medios de comunicación. Ese afán por dramatizar estos procesos ha sido hasta ahora meramente retórico. Sin embargo, me parece que las próximas elecciones del 28 de abril, sí que pueden ser definidas con propiedad como históricas.

Ni el feminismo, ni el cambio climático, ni el derecho a la vida, ni la enseñanza, ni ningún otro tema parecen importantes frente al mayor peligro que tiene planteado nuestra nación, que no es otro que la unidad. No me corresponde a mí hacer aquí de historiador, pero lo que tengo claro es que España como nación no es un concepto discutible.

A lo largo de los siglos han ido sucediéndose por nuestro suelo civilizaciones que han ido haciendo sus aportaciones para cuajar en uno de los primeros estados-nación de Europa en la época de los Reyes Católicos con unas fronteras que se han conservado casi inalteradas desde entonces. La Constitución de 1812 establece un hito esencial en el desarrollo de la nación española. El artículo 3 proclama: “La soberanía reside esencialmente en la Nación, y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales”. Por tanto, a partir de este momento y a pesar de los retrocesos durante el siglo XIX debido a la resistencia absolutista, la soberanía deja de residir en la Corona para pasar a residir en el pueblo español. Y luego, la Constitución de 1978, también deja muy claro en su artículo 1.2 que “La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”.

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La verdad de Sileno

‘Sileno y sus sátiros’, Cima da Conegliano, Museo de Arte de Filadelfia

Un antiguo precursor de la igualdad de género fue Sileno, el dios de los bosques, el dios de la embriaguez, el dios que, siempre borracho, se desplazaba o apoyado en otros o a lomos de un borrico. El rey Midas quería oír su sabiduría y con artimañas (prometiéndole darle a beber un buen Jumilla) lo llevaron ante su presencia. Completamente ebrio, como no podía ser de otra forma, éste les dio la primera lección: “Lo mejor para todos los hombres y mujeres es no nacer.” Ante el estupor del rey por estas palabras aprovechó para endiñarse otro trago de aquel licor de dioses con que lo embaucaron y, una vez medio recompuesto, se aprestó a volver a hablar: “Lo segundo mejor es, una vez nacido, morir tan rápido como se pueda”. El rey no podía ni tragar saliva. ¿Será por esta historia por lo que se dice que “los borrachos siempre dicen la verdad”? Vamos a ver.

Se atribuye a James Dean una moderna versión muy conocida que dice “Vive deprisa, muere joven y harás un bonito cadáver” aunque en realidad no es suya sino de Nick, un apuesto y joven personaje de la película “Llamad a cualquier puerta” (Nicholas Ray, 1949) quien, al enterarse de que su novia-amante se ha quedado embarazada y ante la insistencia de ésta de tener al bebé para formar una familia él le espeta: “¡No! Nada puede frenarme ya. A partir de ahora viviré a lo loco. Vale ya lo que yo decía. Vive deprisa, muere joven, etc…”. Vamos, que no estaba el muchacho para irse a ganar el pan de sus hijos ni andar cambiando pañales.

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La lengua, a la larga

Estamos ya en plena vorágine electoral. Es un periodo en el que lo mismo se anuncia el cambio del sistema productivo y laboral o la solución al cambio climático que se inaugura una curva o se tuerce una recta: lo importante es la foto, hacer ver que se hace para convencer al votante de que uno tiene la clave del progreso. Y todo son prisas a la caza del eslogan, de la ocurrencia pegadiza que quepa en un tweet.

Impera el comprensible cortoplacismo. El riesgo es no llegar nunca a proyectos de largo alcance. Quiero señalar uno que me parece de interés. Me refiero a la cuestión de la lengua. A la española, esa lengua que antaño extendió el Reino de España por el mundo y hoy es la segunda lengua materna (tras el chino mandarín y por delante del inglés) a nivel mundial.

En el año 2000 el español superó al inglés en número de hablantes. Y va a más: se estima que para el año 2030 el español será el segundo idioma más hablado del mundo y el primero allá por el 2045. Ya sé que 2030 está muy lejos para los cortoplacistas y que quedan unas cuantas legislaturas aún. Pero a lo mejor alguien podría tener visión a largo plazo en este asunto.

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