Un futuro incierto

Son muchas las amenazas que se ciernen sobre la humanidad, algunas como consecuencia directa de nuestras acciones en el mundo y, otras muchas, fruto del puro azar. Al respecto, estas últimas semanas estamos asistiendo a un espectáculo sin precedentes debido a la pandemia provocada por el virus denominado Coronavirus (COVID-19), que está causando estragos considerables en la población mundial y provocando incertidumbres, temores y desasosiegos sobre cuál es su origen y qué efectos tendrá en nuestro futuro. Esta amenaza, junto a otras muchas, nos lleva a reconsiderar la necesidad de asumir, de manera urgente y compartida, la responsabilidad ética de proteger la vida en todas sus dimensiones (humana, animal y vegetal) y de atender con cuidado extremo los problemas de degradación, contaminación y deterioro del medio que habitamos (aire, tierra y agua), adoptando medidas educativas, económicas y sanitarias que permitan nuestra supervivencia y la viabilidad de las generaciones venideras.

El mundo de hoy, el que nos ha tocado vivir, atraviesa momentos difíciles y complejos. Las incesantes alteraciones en el ecosistema y los continuos cambios en la economía mundial, unidos a situaciones como la pandemia coronavírica que estamos padeciendo, están suscitando en muchos de nosotros la idea de un futuro incierto, incitándonos incluso a pensar que pudieran existir, por parte de algunas oligarquías o corporaciones transnacionales, oscuros intereses o planes ideológicos perfectamente trazados para el futuro de la humanidad.

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¿Qué piensa un padre del pin parental?

Mis hijos han tenido suerte con los profesores y educadores que han pasado por sus vidas. Éstos también, pues su madre y yo tenemos la costumbre de conocerles para transmitirles aquello que consideramos importante: que ellos son la prolongación de nuestra autoridad durante las horas que nuestros hijos pasan en el colegio, que les exijan el máximo que por su capacidad puedan pedirles y que los niños saben lo que sus padres hablan con sus maestros.

Cuento esto porque el primer paso para que la escuela sirva a su propósito (transmitir conocimiento humanista y científico consolidado y aceptado por la mayoría social, con el fin de crear individuos útiles a la sociedad) es tejer una relación de confianza entre educadores y familias. Y la premisa básica para conseguirlo es conocer de antemano hasta dónde alcanza esa confianza. Por eso, a la profesora de matemáticas y al profesor de lengua española se les exigen los conocimientos correspondientes, que quedan convenientemente acreditados y que los padres no ponemos en duda. Así se crea una relación de confianza: estando seguros del papel de cada cual en el sistema.

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Ética algorítmica y algo más

Este artículo no versa sobre el pin parental, así que puede Vd. respirar tranquilamente y seguir leyendo. La semana pasada asistí como invitado a un congreso organizado en tierra de coronavirus y, sinceramente, he vuelto tranquilo, no ya por el virus gripal sino más bien por lo que pude escuchar de determinadas personalidades relevantes a nivel mundial que intervinieron en el Congreso organizado por la Pontificia Academia para la Vida.

Empezando por el final, destacar una frase del discurso de clausura pronunciada por quien es fiel representante de millones y millones de personas. Refiriéndose a la llamada “inteligencia artificial” y a los profundos cambios que está experimentando la vida con motivo de los avances tecnológicos, vino a decir el Santo Padre Francisco: “Todavía no tenemos nociones establecidas para responder las preguntas inéditas que la historia nos hace hoy. Nuestra tarea es más bien caminar con los demás, escuchar con atención y conectar la experiencia y la reflexión”.

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Europa y los cisnes negros

La reciente victoria de Boris Johnson en las elecciones británicas no solo vino a refrendar la decisión del Brexit, sino que puede llegar a desencadenar la ruptura del Reino Unido tras un posible plebiscito de independencia en Escocia, mayoritariamente partidaria de su permanencia en la Unión Europea. Pero, además, supone un duro golpe a la idea misma de la Unión Europea y a la pretensión de que sea posible lograr y mantener, alguna vez, una Europa políticamente unida, capaz de ejercer alguna influencia en el nuevo orden internacional que presumiblemente será liderado por China. Si a la desunión política unimos el hecho insólito de que las naciones europeas parecen haber decidido suicidarse demográfica y culturalmente, podemos preguntarnos si no nos encontramos ante el declive mismo de la civilización occidental, habida cuenta de que sus raíces y valores culturales también están siendo cuestionados en Norteamérica.

Este es un ejemplo de lo difícil que resulta realizar predicciones fiables en el ámbito de las ciencias sociales. ¿Quién habría podido presagiar, hace 20 años, que el proyecto de construcción europeo podía terminar en un estruendoso fracaso? ¿Alguien dudaba, tras la caída del Muro de Berlín, de que el triunfo de las democracias liberales terminaría por imponerse definitivamente en todo el mundo, como único modelo posible de organización política? ¿Y quién habría imaginado a comienzos del siglo XX que Europa se vería, en menos de 100 años, relegada de su posición de primacía y en riesgo de caer en la más absoluta irrelevancia en el tablero político mundial?

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¿Quién veta a quién?

Está en boca de todos la cuestión de la procedencia o improcedencia de que los padres puedan objetar ciertas actividades o ciertos contenidos que se imparten en los centros escolares.

No falta quien quiera reducirlo a que se trata de decidir si es obligatoria la asistencia a una excursión para ver la floración de Cieza en todo lo suyo. Y viéndolo así, no parece razonable tanta polémica. De hecho, en los centros escolares siempre ha habido gran variedad de actividades que iban desde conferencias, visitas a museos, paellas y chocolatadas hasta representaciones teatrales y, sin necesidad de precisar si eran complementarias, curriculares, optativas, en horario escolar, dentro o fuera del centro, nunca ha habido especial problema.

Por tanto, si el debate está justificado, debe haber alguna novedad, algo que antes no estaba y ahora sí. Y, en ese sentido, aparecer como objetor al Pin Parental cuando se hace lo que se ha hecho siempre sin problema, no es más que una maniobra de distracción, pura propaganda aireada por los medios afines a una cierta opción.

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