Hansei Shinasai

Decía San Agustín que el mundo es como un libro y que aquellos que no viajan siempre leen la misma página. Cuanto más viajes, más páginas lees. Y es que, sin duda, la lectura como el viajar enriquecen. El alma, el intelecto, la memoria o nuestra felicidad. Menos en perricas, en todo lo demás nos hace más ricos.

En mi libro del mundo, una de las páginas que recuerdo con más cariño es sin duda la de Japón. Por el significado, mi inolvidable luna de miel, y también por la cantidad de contrastes culturales que vives desde que pisas suelo nipón y que, como poco, chocan con nuestras costumbres occidentales.

El primero de esos contrastes lo encontré en el orden y la limpieza. Seguramente no recuerden qué equipos jugaron la final del mundial de fútbol de 2018 pero en cambio es más fácil recordar esa imagen tan viral de los vestuarios y las gradas impolutas del equipo y la afición japonesa. ¡Qué pena que ser limpio sea noticia y trending topic en España! Un periodista deportivo comentó entonces que “el fútbol es reflejo de la cultura de un país” y, efectivamente, al igual que ocurrió con esas gradas, en las calles de Japón no verán basura. Desde muy pequeños aprenden la importancia del orden y de la limpieza tanto en sus casas como en las escuelas, donde profesores y alumnos son los responsables de limpiar y ordenar aulas, pasillos y patios.

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Dos necesidades

Benito Espinosa (1632-1677)

Con las siguientes palabras acaba una serie, cuyo título me guardo, pero que reconocerán rápidamente aquellos que la hayan visto:

«A muy pocos les importa la verdad. Pero la verdad siempre está ahí, la veamos o no, la elijamos o no. A la verdad no le importa lo que necesitamos. No le importan los gobiernos, ni las ideologías, ni las religiones. Nos esperará eternamente. Y este es el regalo de ‘XXXX’: antes temía el precio de la verdad; ahora sólo me pregunto cuál es el precio de la mentira»

(Nota: Uso ‘XXXX’ con un fin de reserva, con tal de no hacer «espóiler». Si no ha visto la serie, para que mejor nos entienda, sustituya usted ‘XXXX’ por cualquier catástrofe personal o pública en el que haya sido determinante la mentira).

Y es realmente sorprendente que en este mundo de la «poh·verdá» una serie de televisión, provista por una plataforma por internet, cultura de masas del siglo, se dedique a exponer con toda crudeza las consuetudinarias obscenidades que, ordinariamente «en nombre del pueblo» y «los derechos y libertades de los ciudadanos y las ciudadanas», se perpetran cuando cerramos nuestros ojos a la verdad.

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Citoyens

Batalla de Trafalgar

A Ciudadanos no les van bien las cosas: su pueril persistencia en no tocar a Vox ni de lejos con un palo, la desbandada de algunos de sus fundadores porque la dirección del partido no es capaz de gestionar la disensión interna, la campaña mediática que les han montado tras su presencia en los fastos homosexuales madrileños, el patito feo que ha resultado ser el cisne blanco que se trajeron de Francia como fichaje estrella y que acabó aplaudiendo en pie la entrega del bastón municipal a Ada Colau, en nombre de un supuesto mal menor…

No, lo les va bien. El partido que se postulaba como la primera fuerza política de la oposición y que había hecho de la ambigüedad su principal virtud es hoy objeto de burlas. En tono jocoso lo llaman Citoyens, y hay chistes que hablan de que en las reuniones de su cúpula el idioma que se escucha es el francés. Miran de reojo a Macron por si no le gusta alguna de sus actitudes y les riñe, y siguen lamiéndose las heridas provocadas por el tiro por la culata de Manuel Valls. A Ciudadanos siempre le gustó, como decía Javier Krahe, el chic de lo francés, y en su cansina vocación europeísta (su logo llegó a incluir la bandera de la UE en la parte inferior de un corazón) han tendido siempre a identificar a Europa con Francia, país que sigue despertando una sugestiva fascinación entre los españoles de izquierdas (por sus ideales republicanos) y de derechas (por su férreo centralismo).Y yo, francamente, no entiendo ese deslumbramiento. A mis

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El nuevo adanismo

Greta Thunberg

El día 23 de junio se publicó en el diario El Mundo una carta de una chica de 13 años sobre nuestro sistema educativo. Lo increíble no es el fondo, que también lo es, sino que se le dé tanta importancia a las opiniones de una alumna que por edad debe estar en 2º ESO, como para publicarla en un medio que se tiene por serio. Hay algunas frases memorables: “nos duele que a los menores no nos toman en serio” y “Que solo por haber existido en este mundo menos tiempo que los adultos, tomen todas nuestras ideas como equivocadas”, y luego concluye con la mamarrachada habitual que los profesores estamos hartos de oír “Es vergonzoso pensar que vivimos en una sociedad en la que para “aprender” debemos estar seis horas diarias sentados, escuchando a un profesor o una profesora leer teoría de un libro para que los alumnos se lo memoricen y luego lo vomiten todo en un examen”.

Si aceptamos como buenos estos argumentos, hay que concluir que sobran todas las facultades de Pedagogía, que hay que cerrar todos los Centros de Profesores y Recursos y que por supuesto, hay que abrir la tumba de Piaget para enterrar ahí todos sus libros y a todos sus sucesores.

Si una niña de doce años es capaz de darnos lecciones sobre lo que tenemos que hacer en un campo tan complejo como es el educativo, eso tiene que ser pan comido: no hace falta estudiar nada o casi nada.

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¿Revolución fiscal?

Estoy a favor de bajar los impuestos bajo cualquier circunstancia, por cualquier excusa y por cualquier razón, siempre que sea posible. Y es posible bajar impuestos manteniendo e incluso incrementando el grado de bienestar.

Como saben, la idea es del Nobel de Economía Milton Friedman. Y yo la suscribo. Pero antes de hacer un breve repaso a las condiciones de posibilidad de la afirmación anterior permítanme centrar el debate. Bajar, o subir, impuestos no es revolucionario, por lo tanto el anuncio de bajar impuestos, aunque se refiera a bajar absolutamente todos los impuestos, no debe catalogarse como “revolución fiscal”. El concepto escogido para anunciar la bajada de impuestos, a mi modo de ver, es un error mayúsculo por parte de quienes lo acuñaron, primero porque bajar impuestos no constituye tal revolución si no viene acompañado de otras cosas y, en segundo lugar, porque revolución significa algo así como “cambio brusco” y, por lo tanto, estás dando la oportunidad a los de enfrente para que esgriman todo tipo de calificativos asociados a ese cambio, tales como peligroso, suicida, injusto, etc.

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