El talento está de moda

¿Quiere ser un modista talentoso? Empiece por aprender a enhebrar la aguja. Palabra de Caprile.

El pasado domingo conseguí madrugar y pasarme por el Murcia Shops Forum. En parte atraída por la curiosidad de saber qué se cuece en relación con la tecnología y el pequeño comercio, y en parte para disfrutar de orgullo puente-tocinero al escuchar en la mesa redonda la intervención del CIO de Liwe Española.

Me quedé dándole vueltas a la frase de Ana Martínez, Consejera de Empresa, Industria y Portavocía, «tenemos un problema: LA FUGA DE TALENTO.» Esta palabra está de moda en todos los discursos, TALENTO. Hablamos de la necesidad del talento, que si hay que atraerlo, que si hay que apoyarlo… En muchas ocasiones asociándolo al talento artístico, que si la música, el cine, el diseño, etc. Esta palabra debe trascender todas las áreas del conocimiento humano y calar en la sociedad. Para que a estos discursos se añadan propuestas, actuaciones que sirvan de apoyo real, que ayuden a potenciar el talento de nuestra región y sirva de palanca para el despegue socioeconómico. ¿Cómo evitar la fuga de talento? ¿Cómo retener el talento? ¿Y si empezamos cultivándolo desde la tierna infancia?

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Crisis climática

Antón Uriarte (San Sebastián, 1949 – 2019), climatólogo español significado por su escepticismo con respecto al origen antropogénico del cambio climático. In memoriam.

No es novedad para nadie que durante estos últimos tiempos estamos asistiendo a un empacho de informaciones que tienen como eje central el llamado cambio climático.

Otro de los nuevos dogmas del pensamiento actual que presenta bastantes lagunas, con aspectos discutidos y discutibles, como era el concepto de España para ese gobernante socialista de hace pocos años.

Discutido: hace unos años se llamaba calentamiento global y ahora lo llaman cambio climático en su versión light y apocalipsis climático en su versión heavy, pero, como no saben si subimos o bajamos, lo del calentamiento ha desaparecido del enunciado. Además, el clima en la Tierra siempre ha ido cambiando a lo largo de su historia, véase las glaciaciones, el nombre de Groenlandia cuando se descubrió (tierra verde) o la pequeña edad de hielo que hubo en los siglos XVII-XVIII, y así muchos más hechos que corroboran que el clima en nuestro planeta es dinámico.

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La religión sin Dios

La revolucionaria diosa de la razón pisa un crucifijo sonriente.

En algún momento entre hace 70.000 y hace 30.000 años se produjo en el cerebro de los seres humanos una revolución cognitiva que permitió la adquisición de un pensamiento abstracto y de un lenguaje simbólico. Esta transformación daría lugar, asimismo, al desarrollo de la literatura oral, el arte y la religión. La tendencia a creer en algo trascendente permitió a los seres humanos colaborar en grandes grupos, que mantenían su cohesión debido a la creencia en unos mitos comunes, y contribuyó al bienestar de los individuos, mejorando sus posibilidades de supervivencia.

Pero el modo de vivir la religión fue evolucionando paralelamente al desarrollo cultural de las sociedades humanas. Así, los cazadores-recolectores del Paleolítico practicaban religiones de tipo animista, reverenciando los elementos naturales; el hombre neolítico veneraba a la diosa que fertilizaba los campos y hacía posible el ciclo agrícola; y los habitantes de las primeras ciudades rendían culto a un panteón de dioses, cada uno asignado a un ámbito concreto de la vida.

El desarrollo de la filosofía en Grecia constituiría el primer intento sistemático de explicar la realidad en base a métodos estrictamente racionales, y la Revolución Científica y la Ilustración extendieron la idea de que el conocimiento debía reemplazar a la Revelación como guía para el comportamiento del ser humano.

En la actualidad, la práctica religiosa parece hallarse en claro retroceso en la mayoría de los países occidentales, si atendemos al número de fieles que participan en los cultos religiosos tradicionales. Sin embargo, un análisis más detallado demuestra la existencia de creencias fuertemente implantadas que comparten con la religión tradicional el deseo de pertenencia y el anhelo de trascendencia, si bien prescinden de Dios y sacralizan otro tipo de ideas. Así, algunos que se consideran no creyentes abrazan diversas formas de misticismo oriental, sustituyendo la oración o coloquio con un dios personal por técnicas de meditación trascendental, en las que, paradójicamente, de lo que se trata es de no meditar sobre nada, dejando la mente en blanco; y la noción de justicia divina se transmuta en un karma justiciero que igualmente premia a los buenos y castiga a los malos. Otros desarrollan una especie de panteísmo, en el que la naturaleza es reverenciada como una divinidad (que puede llamarse Gaia o madre Tierra), pero en el que igualmente subyace la idea de que el ser humano puede ser expulsado del paraíso terrenal por culpa de sus malas acciones. Por otro lado, los hay que rinden culto a la ciencia como nueva religión, confiando sus cabezas criogenizadas a la futura victoria del conocimiento científico sobre la propia muerte. Otros, sin embargo, de lo que reniegan es de la ciencia académica y abrazan las pseudociencias, hasta el punto de sustituir la quimioterapia por los jugos de frutas, las recomendaciones nutricionales del pediatra por un veganismo tan bien intencionado como peligroso para sus hijos, y las vacunas por la confianza ciega en que el organismo sabrá defenderse por sí solo de los patógenos, sin caer en las artimañas de las malvadas farmacéuticas.

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Un pobre legado

Tengo el privilegio de publicar en esta santa casa desde hace doce años y cuando afronto el artículo de septiembre u octubre me surge el problema de qué tema elegir tras los meses de silencio estival porque han sucedido muchas cosas. Una nota internacional no puede pasar por alto el discurso de la niña sueca Greta Thunberg en la Cumbre del Clima celebrada en la ONU haciéndonos reflexionar sobre qué tipo de planeta vamos a dejar a Mick Jagger y Keith Richards cuando nos hayamos ido. Desde un punto de vista nacional podría hablar sobre el delicado aterrizaje en el PSOE que Errejón lleva años preparando meticulosamente y que empieza a tomar cuerpo, o sobre cómo Podemos se ha convertido en el voto útil de la derecha porque es la mejor garantía de que no gobierne Pedro Sánchez (si Pablo Iglesias no es un infiltrado, casi nada de la política del país en los últimos años tendría sentido). No sería tampoco mal tema el estupor que me produce que la gente se eche las manos a la cabeza con los tres últimos accidentes mortales en los aviones que sirven de entrenador básico, medio y avanzado (el T-35, el C-101 y el F-5) para los pilotos del Ejército del Aire, cuando se trata de aparatos con más de treinta años de vuelo (más de cuarenta los F-5), cuyos reemplazos ni siquiera se han decidido en un bochornoso ejercicio de desidia institucional. Desde un punto de vista regional me habría gustado cavilar sobre lo cerca que los medios de comunicación están siempre del porno emocional y de la exhibición gratuita del sufrimiento ajeno tras la catastrófica gota fría sobre el Mar Menor. Y cómo no sustraerse a la tentación de lo municipal (cartagenero en mi caso), con un ayuntamiento que bien podría llamarse, como la finca de Jesulín de Ubrique, Ambiciones.

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Negro muerde perro y otros cuentos progres

Bertrand O,Dongo es camerunés, un negro. Así como suena. Podemos decirlo sin (excesivo) temor a la censura progre porque el muchacho es de Vox. En caso contrario, los de la corrección política nos obligarían a denominarlo “persona de color”. Un negro, como les decía. Circula por la mar oceána del internet un vídeo en que los de la monserga progre pacifista insultan a unos chicos de Vox con todo el repertorio: facista, xenófobo, ¡¡¡racista!!!, le dicen a Bertrand. Y él responde: “pero ¡si soy negro!”. Y la progresía, que nunca dejará que la realidad le estropee un buen insulto responde rápidamente: “racista con los pobres”.

Bertrand se equivoca. No porque no sea negro, que eso lo ve hasta un progre. Se equivoca porque “racista” es un insulto, no una descripción de la posición mantenida por él o su partido. Sería, para entendernos, como si cuando el ingenioso hidalgo llama hideputa a cualquier malandrín, éste procediese a mostrar la estricta virtud de su santa madre. Si te llaman hideputa o racista no hay defensa posible: te han endosando un sambenito y no hay silogismo que lo levante, ni bálsamo de Fierabrás que lo cure.

Miren si no qué pasa con todos los partidos (los serios, los democráticos, fetén y feministas) cómo doblan el espinazo ante el protocolo impuesto por la delegación iraní de visita al Parlamento. El parlamento, presido por una diputada socialista (fémina y portadora del frasco de las esencias feministas, al decir de Calvo) acepta sin pestañear que las diputadas españolas no den la mano a los briosos varones iraníes, ni mirarlos siquiera no vaya a ser que la liemos parda. Y eso, como digo, no tuvo lugar en Villavieja de la Ramblasalá donde el concejal tuvo un día tonto paseando el rebaño: en el Parlamento, representando (y humillando) a todos los españoles. Pero no pasa nada porque ellos se llaman feministas y así lo repiten los medios de manipulación masiva. Sólo el partido machista y racista, sólo Vox impidió la humillación a los españoles y a España.

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