El nuevo adanismo

Greta Thunberg

El día 23 de junio se publicó en el diario El Mundo una carta de una chica de 13 años sobre nuestro sistema educativo. Lo increíble no es el fondo, que también lo es, sino que se le dé tanta importancia a las opiniones de una alumna que por edad debe estar en 2º ESO, como para publicarla en un medio que se tiene por serio. Hay algunas frases memorables: “nos duele que a los menores no nos toman en serio” y “Que solo por haber existido en este mundo menos tiempo que los adultos, tomen todas nuestras ideas como equivocadas”, y luego concluye con la mamarrachada habitual que los profesores estamos hartos de oír “Es vergonzoso pensar que vivimos en una sociedad en la que para “aprender” debemos estar seis horas diarias sentados, escuchando a un profesor o una profesora leer teoría de un libro para que los alumnos se lo memoricen y luego lo vomiten todo en un examen”.

Si aceptamos como buenos estos argumentos, hay que concluir que sobran todas las facultades de Pedagogía, que hay que cerrar todos los Centros de Profesores y Recursos y que por supuesto, hay que abrir la tumba de Piaget para enterrar ahí todos sus libros y a todos sus sucesores.

Si una niña de doce años es capaz de darnos lecciones sobre lo que tenemos que hacer en un campo tan complejo como es el educativo, eso tiene que ser pan comido: no hace falta estudiar nada o casi nada.

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¿Revolución fiscal?

Estoy a favor de bajar los impuestos bajo cualquier circunstancia, por cualquier excusa y por cualquier razón, siempre que sea posible. Y es posible bajar impuestos manteniendo e incluso incrementando el grado de bienestar.

Como saben, la idea es del Nobel de Economía Milton Friedman. Y yo la suscribo. Pero antes de hacer un breve repaso a las condiciones de posibilidad de la afirmación anterior permítanme centrar el debate. Bajar, o subir, impuestos no es revolucionario, por lo tanto el anuncio de bajar impuestos, aunque se refiera a bajar absolutamente todos los impuestos, no debe catalogarse como “revolución fiscal”. El concepto escogido para anunciar la bajada de impuestos, a mi modo de ver, es un error mayúsculo por parte de quienes lo acuñaron, primero porque bajar impuestos no constituye tal revolución si no viene acompañado de otras cosas y, en segundo lugar, porque revolución significa algo así como “cambio brusco” y, por lo tanto, estás dando la oportunidad a los de enfrente para que esgriman todo tipo de calificativos asociados a ese cambio, tales como peligroso, suicida, injusto, etc.

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Democracia para entusiastas

Si preguntáramos a un número suficiente de personas sobre la importancia de expresar libremente pluralidad de ideas y opiniones como uno de los principales sustentos del sistema político que llamamos democracia, estoy seguro de que una inmensa mayoría daría por bueno el aserto. Y si convenimos que no sólo es cierto sino determinante porque toda persona tiene derecho a expresar su opinión en los términos que marcan las leyes, el civismo y la educación estaríamos apelando a la idea que Max Weber defendía sobre la ética de la responsabilidad como principio rector en la construcción del pluralismo.

Por desgracia, la otra ética, la de las convicciones personales que puede llevarnos a la dictadura de lo políticamente correcto, es el síntoma que revela que estamos muy lejos de alcanzar ese estado consciente de responsabilidad social. Presumimos de sociedades abiertas y tolerantes sin caer en la cuenta de que en nombre de esa tolerancia imponemos una atmósfera asfixiante no ya para quien discrepa abiertamente sobre asuntos de actualidad social o informativa que se presentan de manera uniforme, sino para quien se atreve siquiera a matizar cuestiones dominadas por determinados grupos de presión.

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Su talento es nuestro prestigio

Nadal gana el Roland Garros en 2019… otra vez.

No hace ni dos semanas que Nadal ganó su duodécima Ensaladera en París. Si es grande como deportista, mayor es como persona. En 2007 creó la Fundación Rafa Nadal con el objetivo de atender a jóvenes con discapacidad intelectual, la integración social de menores vulnerables y la promoción del talento deportivo.

Es sabido que se inició con los primeros golpes de raqueta a los tres años; a los ocho ganó su primer título sub-12 y a los doce su familia se tomó en serio su formación, dejando otros deportes como el fútbol para dedicarse de lleno al tenis. Fue su tío quien creó un grupo de confianza para proyectar su carrera, con personas como su médico que le impuso el rigor y la disciplina necesaria para ser un deportista de élite. ¿Habría tenido el mismo éxito si en lugar de comenzar con tres años hubiera comenzado con diecisiete? Probablemente no.

Justo mientras Nadal ganaba el Roland Garros me topo con un artículo de Maggie Fergusson en The Economist sobre el talento intelectual. Maggie habla de niños como Tomás que, con tan solo cinco años, tiene en su cabeza teorías sobre los agujeros negros, quiere ser astrofísico y siente la necesidad de aprender matemáticas para fundamentar sus teorías.

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¿Saben las mujeres lo que les conviene?

El gobierno regional va a destinar 3,5 millones de euros a promocionar las carreras de ingenierías entre las chicas ya que las mujeres se empeñan, mayoritariamente, en elegir Grados como Enfermería, Magisterio, Veterinaria o Farmacia (en los que representan entre un 65 y un 80% de los estudiantes). Los chicos, por el contrario, se decantan en mayor medida por las Ingenierías, Ciencias del Deporte o Informática (donde son entre el 75 y el 85%). Curiosamente, a nadie se le ha ocurrido aumentar la presencia masculina en la Universidad, ya que los hombres constituyen el 40% de los estudiantes. La premisa de la que parten los responsables del gobierno es que estas diferencias no pueden deberse a las preferencias naturales de unas y otros, sino que se debe a los condicionamientos culturales. Y así como algunas feministas proponen imponer a las mujeres determinadas cuestiones, asumiendo que si se les deja elegir optarán por lo que menos les conviene, los políticos han decidido abrir los ojos, con nuestro dinero, a tantas chicas que eligen erróneamente lo que quieren estudiar.

El problema de fondo consiste en creer que el ser humano es una página en blanco cuando viene al mundo, y que su personalidad se configura, únicamente, a partir de la influencia cultural del entorno en el que crece, negando que exista ninguna diferencia biológica entre los comportamientos masculino y femenino. Consideran que si las niñas eligen jugar con muñecas y los niños con coches es porque están sometidos, desde que nacieron, a la presión de una sociedad machista que tiene decidido de antemano aquello en lo que deben convertirse. Y cuando son mayores, si una chica elige estudiar Medicina o Filología, o se decanta por realizar un módulo de peluquería o de guardería, y un chico opta por matricularse en Ingeniería Industrial o Informática, o decide hacerse militar o policía, o cursar un módulo de mecánica, no es porque lo quieran así; simplemente, responden al lavado de cerebro al que les han sometido desde que nacieron. Aquellas chicas que inician un Grado en telecomunicaciones son heroínas que se han rebelado contra el opresor sistema; los niños que se hacen peluqueros son errores de la maquinaria de modelado de conducta que no ha conseguido transformarlos, de manera efectiva, en amantes de la grasa en el mono azul o de la programación de ordenadores.

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