Sostenibilidad

Lo que unos llaman democracia otros lo llaman demagogia. Y es que hemos entrado en una dinámica tal que, sea lo que fuere y el uno por el otro, la casa se queda sin barrer. Entre todos la mataron y ella sola se murió, como el Mar Menor se está muriendo. Esta época pasará a la Historia, y si no, al tiempo.

Lejos de entrar a valorar técnicamente tanto las causas como las posibles soluciones que devuelvan al Mar Menor su esplendor de otras épocas, cosa que me atrevo a hacer por mi falta de conocimiento al respecto, sí puedo aprovechar para poner sobre la mesa un concepto que, no exclusivamente por el estado del nuestro mar, pero además de ello, está siendo llevado en boca por muchos como otrora lo fueron conceptos tales como por ejemplo lo fue la prima de riesgo. Me refiero al concepto de sostenibilidad. Ahora tenemos que ser sostenibles, a saber, ser capaces de satisfacer necesidades actuales sin comprometer las capacidades del futuro. ¿Acaso no lo hemos sido anteriormente? ¿En qué momento dejamos de serlo? Y si no lo hemos sido ¿Por qué tenemos que serlo ahora?

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Informe PISA. Y, ¿ahora qué?

En la primera semana de diciembre se ha publicado el informe PISA, en el que obtenemos unos resultados nefastos, como viene siendo habitual. Ya se ha convertido en tradición el rasgarse las vestiduras cuando se conocen los resultados y no hacer nada más hasta la siguiente publicación, eso sí, dejando todo como está.

Lo lógico sería buscar las causas y obrar en consecuencia. La educación en España funcionó razonablemente bien hasta la LOGSE, una ley que supuso una ruptura con todo lo anterior y que nos ha llevado a este auténtico desastre.

Nuestros políticos se pelean por temas como la educación concertada o los recortes en el gasto educativo, pero parecen no darse cuenta de que el problema es mucho más profundo. ¿Por qué no empezamos por hacer una enmienda a la totalidad a las últimas leyes educativas? ¿Por qué no empezamos por establecer que enseñar es transmitir conocimientos y no configurar actitudes? A lo mejor así, hasta dejaríamos de hacer el ridículo a nivel mundial. Sin ánimo de exhaustividad, señalaría tres aspectos en los que habría que incidir.

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Fines que justifican medios

Resulta que Alfonso Guerra se ha atrevido a decir que el rey estaba desnudo, y toda la izquierda se ha desgarrado las vestiduras ante semejante traición. ¡Quién podía imaginarse que el vicesecretario del partido socialista durante los años gloriosos del socialismo era, en realidad, un fascista camuflado y un machista partidario de la violencia contra las mujeres!

Por supuesto, la reacción no ha sido tan virulenta como lo ha sido con otros que se han atrevido a decir lo mismo (a fin de cuentas, Guerra es “uno de los nuestros”). Pero los colectivos más próximos a su ideología se han escandalizado porque uno de los suyos haya cuestionado uno de los dogmas oficiales de la izquierda.

¿Cómo se atreve uno de los líderes históricos de un partido de izquierdas, que presume de ser progresista y feminista, a decir que la Ley Integral de Violencia de Género es anticonstitucional? Muy sencillo: porque lo es. Lo saben los líderes del PSOE, de Podemos y de los demás partidos políticos, lo sabe el Tribunal Constitucional, lo saben todos los periodistas y lo saben las organizaciones feministas. Lo sabe, de hecho, cualquier persona con un mínimo de formación. Pero hay que fingir que no, para evitar ser señalados con el iracundo dedo delator de fascistas.

Pero si es algo tan obvio, ¿por qué extraña razón se ha logrado un consenso tan amplio que abarca desde Podemos al PP, pasando por el PSOE y Ciudadanos, y por casi todos los medios de comunicación y asociaciones de todo tipo para fingir que no lo es?

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El imperio que ya está aquí

La revista de El Catoblepas ha sido de las pocas publicaciones que ha llevado un seguimiento mensual de los principales acontecimientos de China.

2019 se acaba y, con él finiquitado, le damos un nuevo mordisco al siglo XXI, ése que siempre se dijo -el tiempo lo está corroborando- que sería el del relevo del testigo en la hegemonía mundial. El siglo de China. Lo será, y eso no debe preocuparnos especialmente; los imperios caen irremisiblemente, y a este respecto no puedo dejar de recomendar el clásico estudio publicado por Paul Kennedy en 1989.

Lo que sí debe preocuparnos es qué tipo de imperio decidirá, o ha decidido, ser China. Gustavo Bueno, el más brillante filósofo dado por nuestro país, distinguió en su obra España frente a Europa dos tipos de imperios, entendiendo por imperio a un estado con la capacidad de intervenir operatoriamente en otros: los imperios generadores y los depredadores. Los generadores se caracterizan esencialmente, desde el punto de vista biológico, por el mestizaje con las poblaciones intervenidas. Desde el punto de vista cultural y científico, por compartir sus saberes y tecnologías con los invadidos. Y desde el punto de vista social y económico, por la fundación de ciudades. Por oposición, los imperios depredadores proscriben cualquier mezcla de sangres, hacen valer su superioridad cultural y científica únicamente para someter a los invadidos, y nunca crean ciudades, sino factorías desde las que saquear el territorio intervenido. El Imperio Español es un ejemplo de libro del tipo generador: la diversidad racial de Hispanoamérica, el inmediato arraigo del idioma español y el Cristianismo en aquellas tierras, las fastuosas capitales virreinales allí fundadas o las veintiocho universidades y dieciocho colegios mayores existentes en la América hispana en 1810 son prueba de ello. También lo fueron el Imperio Macedonio de Alejandro Magno, el Imperio Romano, el Carolingio o la Unión Soviética. Imperios depredadores fueron, por ejemplo, el Persa (una burocracia etnocéntrica), el Imperio Británico (una talasocracia consagrada a la esquilmación de los cinco continentes) o el Tercer Reich (que unió el entusiasmo por el saqueo a la prohibición legal a mezclar la sangre alemana con la ajena).

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A coscaletas

La vida está llena de paradojas. Contradicciones a gusto del consumidor que reflejan la cantidad de sinsentidos que nos rodean. Por ejemplo, el que en plena era de la información parezcamos más desinformados que nunca. O el que, a pesar de tanta nueva tecnología que nos facilita conectar con los demás, estamos tan desconectados de los nuestros.

Puestos a elegir, mi temática favorita son las paradojas de la educación. Por deformación profesional o bien por esto de ser nuevo en el club de la paternidad, la cuestión es que de la misma forma que imagino que un dentista se fija en los dientes de los demás, o que un arquitecto piensa cómo habría aprovechado los espacios de los demás, reconozco que me fijo demasiado en la educación de los demás.

Supongo que por eso, cuando veo adolescentes responsables, buenos y educados me invade un sentimiento agradable, como de alegría, y en seguida pienso, “espero que mi hijo Javier vaya a ser así”. Sin embargo, súbitamente, esa bonita sensación se transforma en un sabor agridulce al pensar que es una pena sorprenderse por lo que en sí ya tendría que ser.

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