El nuevo adanismo

Greta Thunberg

El día 23 de junio se publicó en el diario El Mundo una carta de una chica de 13 años sobre nuestro sistema educativo. Lo increíble no es el fondo, que también lo es, sino que se le dé tanta importancia a las opiniones de una alumna que por edad debe estar en 2º ESO, como para publicarla en un medio que se tiene por serio. Hay algunas frases memorables: “nos duele que a los menores no nos toman en serio” y “Que solo por haber existido en este mundo menos tiempo que los adultos, tomen todas nuestras ideas como equivocadas”, y luego concluye con la mamarrachada habitual que los profesores estamos hartos de oír “Es vergonzoso pensar que vivimos en una sociedad en la que para “aprender” debemos estar seis horas diarias sentados, escuchando a un profesor o una profesora leer teoría de un libro para que los alumnos se lo memoricen y luego lo vomiten todo en un examen”.

Si aceptamos como buenos estos argumentos, hay que concluir que sobran todas las facultades de Pedagogía, que hay que cerrar todos los Centros de Profesores y Recursos y que por supuesto, hay que abrir la tumba de Piaget para enterrar ahí todos sus libros y a todos sus sucesores.

Si una niña de doce años es capaz de darnos lecciones sobre lo que tenemos que hacer en un campo tan complejo como es el educativo, eso tiene que ser pan comido: no hace falta estudiar nada o casi nada.

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Unidad

Bismarck tocando la guitarra española. Gunilla, digna sucesora.

Desde que tengo uso de razón la mayoría de elecciones que ha habido en España han sido calificadas como históricas por los medios de comunicación. Ese afán por dramatizar estos procesos ha sido hasta ahora meramente retórico. Sin embargo, me parece que las próximas elecciones del 28 de abril, sí que pueden ser definidas con propiedad como históricas.

Ni el feminismo, ni el cambio climático, ni el derecho a la vida, ni la enseñanza, ni ningún otro tema parecen importantes frente al mayor peligro que tiene planteado nuestra nación, que no es otro que la unidad. No me corresponde a mí hacer aquí de historiador, pero lo que tengo claro es que España como nación no es un concepto discutible.

A lo largo de los siglos han ido sucediéndose por nuestro suelo civilizaciones que han ido haciendo sus aportaciones para cuajar en uno de los primeros estados-nación de Europa en la época de los Reyes Católicos con unas fronteras que se han conservado casi inalteradas desde entonces. La Constitución de 1812 establece un hito esencial en el desarrollo de la nación española. El artículo 3 proclama: “La soberanía reside esencialmente en la Nación, y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales”. Por tanto, a partir de este momento y a pesar de los retrocesos durante el siglo XIX debido a la resistencia absolutista, la soberanía deja de residir en la Corona para pasar a residir en el pueblo español. Y luego, la Constitución de 1978, también deja muy claro en su artículo 1.2 que “La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”.

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«Culture Wars» y ortodoxia

Ilustración de Elisa Martínez.

En estos navideños días en que los cristianos celebramos el nacimiento de Jesús, he vuelto a releer una entrevista que le hicieron a Jean Marie Lustiger, cardenal arzobispo de París, ya fallecido hace pocos años y converso al cristianismo desde el judaísmo durante la Segunda Guerra Mundial.

En esa entrevista Lustiger plantea que cuando la Iglesia dice que hay que ayudar a los demás recibe un aplauso generalizado; que cuando habla de los principios que deben regir la economía, hay diversidad de opiniones y que, finalmente, cuando habla de sexualidad la crítica es inmisericorde. Pues bien, lo que la Iglesia enseña desde hace veinte siglos es un todo, no se pueden ocultar unas partes y primar otras, porque el todo se resiente. Chesterton decía en su libro El espíritu de la Navidad que si el Evangelio no suena a detonación no se ha pronunciado nunca.

Durante estos últimos tiempos hemos asistido a una Conferencia sobre el Cambio Climático en el Vaticano en noviembre, en el que el economista Jeffrey Sachs tuvo el valor de equiparar sus medidas para combatirlo con los diez mandamientos. La Iglesia tiene suficientes argumentos teológicos para hablar de la protección del medio ambiente, como se puede ver en las encíclicas Caritas in Veritate de Benedicto XVI o Laudato Si del actual Papa Francisco; y también de la inmigración, sin necesidad de acudir a la retintín y a la descalificación. El caso es que, tal como anunciaba Lustiger, las opiniones escuchadas hasta ahora en estos temas generan el aplauso de los poderes de este mundo. Entendiendo aquí por poderes del mundo tanto en términos evangélicos cuanto el sentido en el que aparecen y actúan en la novela de ciencia-ficción distópica a que ha aludido el Papa Francisco en diversas ocasiones, El Señor del mundo, de Robert Hugh Benson. El caso es que tales ideas han tenido buena acogida en poderes como la ONU, grandes fortunas, políticos ‘mainstream’, los que desde hace un tiempo abogan por un gobierno mundial que dirija nuestras vidas al estilo de las sociedades descritas por George Orwell en 1984 y Aldous Huxley en Un mundo feliz. Continuar leyendo ««Culture Wars» y ortodoxia»

Entre la grandeza y la burocracia

El desastre educativo español actual arranca, desde mi punto de vista, desde la LOGSE promulgada en 1990. Hasta ese momento, hubo una sorprendente continuidad desde la Ley Moyano de 1857 y las leyes de educación posteriores, incluida la Ley General de Educación de 1970, con las actualizaciones necesarias para adaptarlas a cada época histórica. Con la LOGSE se rompe esa continuidad ya que se modificaron aspectos
sustanciales, como la fusión de las redes de institutos de Bachillerato y de Formación profesional, así como, la más importante, sin duda, que los alumnos podrían pasar de curso por edad y no por la adquisición de conocimientos: lo importante no era que supieran lo mismo que sus compañeros de pupitre sino que en el recreo jugaran con los de su misma edad. Y así desembarcó el igualitarismo en la escuela: que estén juntos los
de igual edad, aunque sus conocimientos no sean los mismos. ¿A alguien le extraña que con esos cimientos hayamos llegado a un derrumbe del saber de los alumnos españoles sin precedentes? Continuar leyendo «Entre la grandeza y la burocracia»

Leyes, ¿para qué?

Trabajo en un instituto de secundaria. Desde hace poco tiempo llevo las redes sociales de mi centro. Como parece natural en estos tiempos, muchos de nuestros alumnos son nuestros mayores seguidores en esos medios.

De vez en cuando he observado un mensaje que me llamaba la atención y que me avisaba de que un alumno cumplía años y me invitaba a felicitarlo. Lo asombroso era que su edad era siempre entre los veinte y treinta años, cuando nuestros alumnos tienen, en general, entre doce y dieciocho años. No he consultado la ley, ni pienso hacerlo, pero tiene toda la pinta de que para ser aceptados en esas redes se necesita tener una edad mínima. Y, como siempre, la sociedad mirando para otro lado.

Ante lo dicho, hay dos opciones. Si queremos hacer valer que los menores de edad no puedan abrirse una cuenta, habrá que obligar a todas estas mastodónticas corporaciones a que no valga con una simple declaración para poder acceder a sus servicios. La otra opción es asumir que cualquier persona, independientemente de su edad, pueda disfrutar de esas redes sociales. Lo que no parece de recibo es que el legislador piense que al ser menores de edad no son maduros para ese tipo de cosas y, simultáneamente, se tolere el acceso de menores de edad a esas redes. Continuar leyendo «Leyes, ¿para qué?»