Informe PISA. Y, ¿ahora qué?

En la primera semana de diciembre se ha publicado el informe PISA, en el que obtenemos unos resultados nefastos, como viene siendo habitual. Ya se ha convertido en tradición el rasgarse las vestiduras cuando se conocen los resultados y no hacer nada más hasta la siguiente publicación, eso sí, dejando todo como está.

Lo lógico sería buscar las causas y obrar en consecuencia. La educación en España funcionó razonablemente bien hasta la LOGSE, una ley que supuso una ruptura con todo lo anterior y que nos ha llevado a este auténtico desastre.

Nuestros políticos se pelean por temas como la educación concertada o los recortes en el gasto educativo, pero parecen no darse cuenta de que el problema es mucho más profundo. ¿Por qué no empezamos por hacer una enmienda a la totalidad a las últimas leyes educativas? ¿Por qué no empezamos por establecer que enseñar es transmitir conocimientos y no configurar actitudes? A lo mejor así, hasta dejaríamos de hacer el ridículo a nivel mundial. Sin ánimo de exhaustividad, señalaría tres aspectos en los que habría que incidir.

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Crisis climática

Antón Uriarte (San Sebastián, 1949 – 2019), climatólogo español significado por su escepticismo con respecto al origen antropogénico del cambio climático. In memoriam.

No es novedad para nadie que durante estos últimos tiempos estamos asistiendo a un empacho de informaciones que tienen como eje central el llamado cambio climático.

Otro de los nuevos dogmas del pensamiento actual que presenta bastantes lagunas, con aspectos discutidos y discutibles, como era el concepto de España para ese gobernante socialista de hace pocos años.

Discutido: hace unos años se llamaba calentamiento global y ahora lo llaman cambio climático en su versión light y apocalipsis climático en su versión heavy, pero, como no saben si subimos o bajamos, lo del calentamiento ha desaparecido del enunciado. Además, el clima en la Tierra siempre ha ido cambiando a lo largo de su historia, véase las glaciaciones, el nombre de Groenlandia cuando se descubrió (tierra verde) o la pequeña edad de hielo que hubo en los siglos XVII-XVIII, y así muchos más hechos que corroboran que el clima en nuestro planeta es dinámico.

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El nuevo adanismo

Greta Thunberg

El día 23 de junio se publicó en el diario El Mundo una carta de una chica de 13 años sobre nuestro sistema educativo. Lo increíble no es el fondo, que también lo es, sino que se le dé tanta importancia a las opiniones de una alumna que por edad debe estar en 2º ESO, como para publicarla en un medio que se tiene por serio. Hay algunas frases memorables: “nos duele que a los menores no nos toman en serio” y “Que solo por haber existido en este mundo menos tiempo que los adultos, tomen todas nuestras ideas como equivocadas”, y luego concluye con la mamarrachada habitual que los profesores estamos hartos de oír “Es vergonzoso pensar que vivimos en una sociedad en la que para “aprender” debemos estar seis horas diarias sentados, escuchando a un profesor o una profesora leer teoría de un libro para que los alumnos se lo memoricen y luego lo vomiten todo en un examen”.

Si aceptamos como buenos estos argumentos, hay que concluir que sobran todas las facultades de Pedagogía, que hay que cerrar todos los Centros de Profesores y Recursos y que por supuesto, hay que abrir la tumba de Piaget para enterrar ahí todos sus libros y a todos sus sucesores.

Si una niña de doce años es capaz de darnos lecciones sobre lo que tenemos que hacer en un campo tan complejo como es el educativo, eso tiene que ser pan comido: no hace falta estudiar nada o casi nada.

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Unidad

Bismarck tocando la guitarra española. Gunilla, digna sucesora.

Desde que tengo uso de razón la mayoría de elecciones que ha habido en España han sido calificadas como históricas por los medios de comunicación. Ese afán por dramatizar estos procesos ha sido hasta ahora meramente retórico. Sin embargo, me parece que las próximas elecciones del 28 de abril, sí que pueden ser definidas con propiedad como históricas.

Ni el feminismo, ni el cambio climático, ni el derecho a la vida, ni la enseñanza, ni ningún otro tema parecen importantes frente al mayor peligro que tiene planteado nuestra nación, que no es otro que la unidad. No me corresponde a mí hacer aquí de historiador, pero lo que tengo claro es que España como nación no es un concepto discutible.

A lo largo de los siglos han ido sucediéndose por nuestro suelo civilizaciones que han ido haciendo sus aportaciones para cuajar en uno de los primeros estados-nación de Europa en la época de los Reyes Católicos con unas fronteras que se han conservado casi inalteradas desde entonces. La Constitución de 1812 establece un hito esencial en el desarrollo de la nación española. El artículo 3 proclama: “La soberanía reside esencialmente en la Nación, y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales”. Por tanto, a partir de este momento y a pesar de los retrocesos durante el siglo XIX debido a la resistencia absolutista, la soberanía deja de residir en la Corona para pasar a residir en el pueblo español. Y luego, la Constitución de 1978, también deja muy claro en su artículo 1.2 que “La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”.

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«Culture Wars» y ortodoxia

Ilustración de Elisa Martínez.

En estos navideños días en que los cristianos celebramos el nacimiento de Jesús, he vuelto a releer una entrevista que le hicieron a Jean Marie Lustiger, cardenal arzobispo de París, ya fallecido hace pocos años y converso al cristianismo desde el judaísmo durante la Segunda Guerra Mundial.

En esa entrevista Lustiger plantea que cuando la Iglesia dice que hay que ayudar a los demás recibe un aplauso generalizado; que cuando habla de los principios que deben regir la economía, hay diversidad de opiniones y que, finalmente, cuando habla de sexualidad la crítica es inmisericorde. Pues bien, lo que la Iglesia enseña desde hace veinte siglos es un todo, no se pueden ocultar unas partes y primar otras, porque el todo se resiente. Chesterton decía en su libro El espíritu de la Navidad que si el Evangelio no suena a detonación no se ha pronunciado nunca.

Durante estos últimos tiempos hemos asistido a una Conferencia sobre el Cambio Climático en el Vaticano en noviembre, en el que el economista Jeffrey Sachs tuvo el valor de equiparar sus medidas para combatirlo con los diez mandamientos. La Iglesia tiene suficientes argumentos teológicos para hablar de la protección del medio ambiente, como se puede ver en las encíclicas Caritas in Veritate de Benedicto XVI o Laudato Si del actual Papa Francisco; y también de la inmigración, sin necesidad de acudir a la retintín y a la descalificación. El caso es que, tal como anunciaba Lustiger, las opiniones escuchadas hasta ahora en estos temas generan el aplauso de los poderes de este mundo. Entendiendo aquí por poderes del mundo tanto en términos evangélicos cuanto el sentido en el que aparecen y actúan en la novela de ciencia-ficción distópica a que ha aludido el Papa Francisco en diversas ocasiones, El Señor del mundo, de Robert Hugh Benson. El caso es que tales ideas han tenido buena acogida en poderes como la ONU, grandes fortunas, políticos ‘mainstream’, los que desde hace un tiempo abogan por un gobierno mundial que dirija nuestras vidas al estilo de las sociedades descritas por George Orwell en 1984 y Aldous Huxley en Un mundo feliz. Continuar leyendo ««Culture Wars» y ortodoxia»