En guerra con la realidad

La banda sueca At the Gates lo tiene claro, están “en guerra con la realidad”. Así reza el título de uno de sus álbumes conceptuales más sonados en los círculos del death metal.

A través de ritmos vertiginosos, sonidos frenéticos y voces guturales, los tímpanos de cualquiera son golpeados hasta quedar hechos añicos. Estamos ante un álbum cargado de referencias a la literatura latinoamericana. Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato y Gabriel García Márquez son, entre otros, autores recurrentes en este trabajo, tal y como lo muestran la lírica de sus canciones.

Los gritos y gruñidos tan característicos del death metal son el vehículo de acercamiento hacia las obras de estos autores. El uso de la voz gutural (áspera) es pasional y sincero. Los lugares comunes del death metal son la muerte, la tortura, la alucinación, la locura, así como la protesta política y la rebeldía.

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Malo para comer

Por esas cosas ‘del verse bien’ y a tenor de cuanto se escucha en los medios, parece sensato restringir el consumo de ciertos alimentos. La carne roja es unfriendly con el medioambiente, el pescado está repleto de microplásticos, frutas y verduras llevan el etiquetado de transgénicas e incluso el tratamiento del agua es objeto de dudas razonables.

La acción de alimentarse requiere una gran heroicidad, cubrir esta necesidad comienza a tener tintes peligrosos, es difícil averiguar qué es bueno para comer y qué no. Aquello que hacemos para vivir comienza a ser peligroso para nuestra salud. Ante semejante panorama cuesta entender por qué hay tanto revuelo cuando nos tropezamos con la enfermedad de la anorexia. La privación de alimentos de manera intencionada se sigue dando hoy día aunque las redes sociales y los ‘ninis’ sean temas más candentes.

La anorexia colapsa la mente de cualquier persona cercana a la misma, no deja indiferente a nadie. Amigos y familiares quedan perplejos ante su llegada, es una inhóspita visita. ¿Cómo es posible que alguien se deje morir por no comer? En nuestras sociedades donde la obesidad está siendo una preocupación cada vez más creciente, llama la atención la presencia de auténticos esqueletos que hacen de la privación de alimentos un estilo de vida. Continuar leyendo «Malo para comer»

Días de clase

Ernesto Blanco: Sísifo.

Cualquier película de terror comparada con la rutina del trabajo se convierte en una sesión para niños.

La mayoría de los trabajos en nuestras sociedades modernas no dejan de ser rutinarios y repetitivos. Los días se amontonan y la expresión deja vù deja de tener sentido para un hombre encerrado en los muros de una fábrica, una oficina o un aula.

Como sostiene Albert Camus, los trabajadores no dejan de ser una variante del héroe griego Sísifo, condenado por los dioses a un castigo eterno: Subir una piedra hasta la cima de una montaña y dejarla caer para volver a subirla una y otra vez, en un ciclo eterno de rutinarias repeticiones.

¿Qué piensa Sísifo mientras vuelve a la parte baja de la montaña para empezar de nuevo? Piensa lo mismo que cualquier profesor cuando acaba el curso: «Todo está bien». A pesar de la conformidad y de la rutina, cada promoción no deja de ser única y cada adolescente una nueva oportunidad para comprender el mundo a través de su mirada rebelde.

Mientras espero llegar de nuevo a la falda de la montaña, recuerdo (a modo de discurso de clausura en el instituto Dr. Pedro Guillén de Archena, donde trabajo), lo que hace unos meses pensé cuando caminaba por su parte baja. Continuar leyendo «Días de clase»

Atrévete a pensar

Navegando por Internet me encuentro un artículo donde se habla sobre la serie Black Mirror. Su autor defiende que en realidad la tecnología no ha hecho que perdamos nuestro lado humano, sino que más bien ha sacado a la luz la parte más humana (y no por ello buena) del hombre, la de la pesadilla desquiciada por el espejo tecnológico. El ciberespacio es un lugar donde podemos liberar nuestras inconfesables pasiones vetadas en la realidad cotidiana, o como diría Freud, donde nuestro ello campa a sus anchas, un lugar seguro sin acceso para el superyó. Jamás había pensado en estos términos pero tal vez esta apreciación sea la pieza necesaria para dar sentido al puzle.

Existe una idea roussoniana más o menos generalizada, de que la pérdida del contacto con la naturaleza nos vuelve seres tristes y violentos, pero también se habla de la necesidad de esta pérdida, para así vivir de manera civilizada, en sociedad. El espacio natural se va perdiendo poco a poco y salvo honrosas excepciones es difícil recuperarlo. La mayoría de los hombres se sienten reconfortados cuando están lejos del mundo civilizado, pero esta sensación no dura mucho tiempo.

Los hombres se mueven entre dos tensiones existentes. Por un lado, el deseo de formar parte de la Sociedad Civil, teniendo así en ella un lugar, y por otro lado, el deseo de vivir sin ataduras, a merced de los instintos. Es aquí donde acaba lo idílico, los instintos nos conducen a áreas recónditas de nuestros ser, a las zonas oscuras, a lugares donde los sueños se descontrolan, donde las pesadillas no tienen límites. La paranoia y la violencia se convierten en acompañamientos frecuentes.

Si el Estado de Naturaleza es un estado donde impera nuestro lado más caótico y siniestro, donde cada cual puede hacer uso de sus instintos más bajos (sin dar explicaciones ni recibir reproches), tal vez el desarrollo tecnológico nos esté regalando una nueva Edad Dorada, tal vez la Dark web no sea otra cosa que una versión sofisticada del Estado de Naturaleza, de hecho, cuando veo películas sobre hackers y ciberdelicuentes, éstos se mueven en una especie de jungla binaria donde existe cierto gusto por las máscaras de animales, una visión grotesca y tenebrosa del Conejo Blanco de Alicia que ahora ya tiene wifi.

¿Dónde queda la Sociedad Civil? La sociedad civil ha sido engullida, carece de ciudadanos, hay consumidores, agregados y usuarios. Desde un punto de vista evolutivo nos hemos adaptado contra-evolucionando. En el nuevo contrato social hemos cedido pequeños espacios de libertad para conseguir bienestar, confort y sensación tanto de seguridad como de control, pero las pequeñas concesiones se han ido realizando durante períodos muy largos de tiempo, de manera que al final esas pequeñas sumas (como si de un plan de ahorro se tratara) han generado grandes concesiones.

  Si en su día la gran pretensión de Internet era ser una ventana hacia el mundo exterior, ahora esa ventana es cada vez más pequeña. Regalamos nuestras experiencias a otros usuarios para así nutrirnos unos con las experiencias de los otros pero poco a poco generamos un espacio discursivo donde la vanidad reina. El diálogo muere, la oposición muere, el conflicto muere, los zombis viven y buscan más cerebros que engullir. De vez en cuando, se levantan voces contra este sistema de vigilancia que en silencio estamos construyendo y consistiendo entre todos. Y cuando esas voces hablan, no faltan quienes se ocupan de atacar de manera maliciosa a aquellos que representan los últimos vestigios del viejo mundo. Un mundo donde todavía tenían sentido los códigos morales del Western, donde todavía tenía sentido actuar así por deber, porque a veces un hombre tenía que hacer lo que un hombre tenía que hacer, sin ninguna otra necesidad.

La legitimidad humana era la única línea roja, al menos en el viejo Oeste. Ahora, se recurre al desprestigio cuando alguien se levanta contra el sutil panóptico levantado con ladrillos digitales y usando como argamasa cientos de variopintas aplicaciones. El sentido moral se presenta como una desviación del sistema, una conducta disruptiva que carece de eficiencia para sobrevivir en entornos cada vez menos sólidos. Las denuncias realizadas por sentido del deber son tildadas de oportunistas o de esconder tras ellas jugosas prebendas económicas o venganzas consumadas. La conciencia moral se presenta como un elemento propio de frikis o desviados sociales.

Pensamos que nuestras vidas no pueden ser espiadas porque son aburridas y nos tumbamos en el sofá para ver los reality del momento. Pensamos que nuestras vidas no interesan a nadie, pero contamos con mimo las visitas y los “me gusta” de nuestras cuentas. Pensamos que nuestras vidas no interesan a nadie y luego nos indignamos si en la administración nos tratan como un número. Sí ni siquiera somos capaces de percibir cuán importantes son nuestras vidas, ¿cómo podemos protegernos de esta nueva forma de delincuencia? Quizá la humanidad ha alcanzado su mayoría de edad tecnológica y debe atreverse a pensar, quizá ya es el momento de leer condiciones de uso y cuestiones sobre nuestra privacidad cuando instalamos una app o cuando queremos formar parte de una red social. Ya no tiene sentido esconderse en la ignorancia (digital y no digital) somos responsables de ella. La ignorancia nos privará de la felicidad y pasaremos de ser felices usuarios a infelices víctimas de ciberdelicuentes.

Las viejas enseñanzas no pasan de moda. Nadie sale de casa sin cerrar la puerta pero alguien sabe cuántas puertas tiene su casa, alguien sabe dónde dejó cada juego de llaves.

Publicado en La Opinión de Murcia.