¡Están locos estos postmodernos!

Si un ciudadano de la antigua Roma viajase en el tiempo a nuestro mundo actual, francamente, no entendería gran cosa. Pero, tal vez, lo que más le chocaría sería nuestro modelo de persona de éxito instalado en nuestra memoria colectiva, aceptado socialmente y propagado por los medios de comunicación.

Ensalzamos al hombre de negocios que se rige por criterios economicistas y cuyo pulso de acero no tiembla. No es nada personal, just business. El romano nos miraría con cierto aire de desprecio y nos diría algo como stultorum. Y es que, para el mundo antiguo, la humanidad y la libertad comparecían en el ocio y no en el negocio. La negación del ocio estaba relegada a quienes no disponían de libertad, a los esclavos. Eran los hombres libres quienes podían disfrutar por ley de las actividades lúdicas, el arte, la filosofía, la música. Los esclavos servían en la administración de los bienes de la domus siendo el atriense el esclavo de mayor rango y confianza. Así pues, desde su mentalidad, nos consideraría unos auténticos fracasados. Lejos de conquistar nuestra libertad para el ocio, la empleamos para pretender, como mucho, ser simples atrienses. Unos pardillos, vamos. Continuar leyendo «¡Están locos estos postmodernos!»

El talento y la pura suerte

Cuando aquel tímido chaval de ocho años andaba todo el día dando balonazos frente al bar de su abuelo, por las calles del pueblo de la Mancha o en el colegio en sus ratos libres, tuvimos suerte de que sus padres, humildes y trabajadores, resolvieran inscribirlo en las pruebas de selección de las categorías inferiores del Albacete Balompié. Vieron su pasión y potencial y creyeron en él. Podían haberse echado atrás, por si le quitaba tiempo de estudio y deberes. Pero no.  Y tuvimos suerte.

A los doce años, compaginando colegio y fútbol a 44km de casa, un ojeador de un club de primera le ofreció un proyecto deportivo y escolar adaptado para que pudiera mejorar su rendimiento y estudiar. Tan joven, temeroso y no sin sacrificio personal optó por ese proyecto que huía de la uniformidad del sistema educativo para  seguir un camino que no sabía adónde le iba a llevar. Y tuvimos suerte de que así fuera.

Cuando en los momentos más duros de soledad del chaval, en una ciudad diferente, un sistema diferente, alejado de su familia, su tenacidad le permitió persistir. Y todos los españoles tuvimos mucha suerte.

Ese chaval, con alta capacidad deportiva e inteligencia futbolística, se convirtió en uno de los jugadores más brillantes de nuestro fútbol coronando su carrera no sólo con múltiples títulos para el equipo que lo fichó, sino también con el gol de la final de la Copa del Mundo un 11 de julio de 2010. Continuar leyendo «El talento y la pura suerte»

Si Orwell conociera Twitter…

En el mundo antiguo, se forjaban mitos para dar respuesta a cuestiones sociales y vitales de nuestra naturaleza humana. En nuestro mundo globalizado, persiste la creación de relatos pero no para ofrecer respuestas. Nuestra capacidad de cuestionar la realidad está en extinción. En su lugar, los relatos sirven para construir realidades no para explicar las existentes. El experimento radiofónico de Orson Wells en 1938, que recreó la novela de H.G. Wells “La guerra de los mundos” como acontecimiento real, constató que la realidad social se construye. Muchos vivieron como real la invasión alienígena y actuaron bajo el pánico. Los mass media se revelaron determinantes para que los relatos se constituyeran en la argamasa de la realidad. 

Por aquel entonces, George Orwell, que se había alistado a la Guerra Civil para defender la República ante la ola de fascismos que azotaban Europa, conseguía huir de una Barcelona caótica perseguido por camaradas de su propio bando. Sufrió en primera persona el acoso por realidades alejadas de la Verdad que propagaban ambos bandos. La posverdad no es algo nuevo. Orwell se llevó una experiencia inolvidable que plasmaría en su “Homenaje a Cataluña” y diez años después sería fuente para su célebre obra, “1984”. Su gran preocupación, incluso más que la propia guerra, fue cómo el totalitarismo deforma la Historia para someter el futuro. Continuar leyendo «Si Orwell conociera Twitter…»

El cráneo de Hamlet, los bufones y los «followers»

 Ante la muerte de su padre, el príncipe Hamlet vuelve a una Dinamarca que olía a podrido. La corte tiene nuevo rey y una realidad escondida. Su tío, el nuevo regente, había asesinado al predecesor conspirando con su amada reina. En el cementerio, Hamlet, en una de las escenas más simbólicas de la obra, llora la ausencia de su fallecido amigo Yorick, bufón de la Corte, sosteniendo su cráneo entre las manos. “Nadie se ríe ahora de tus muecas” suspira.

Con este pasaje, Shakespeare no sólo evocaba la melancolía de la infancia de Hamlet sino que, sobre todo, reivindicaba la importante figura del bufón en la corte. Como describía mi admirado amigo Higinio Marín en su artículo “Estar a la altura“, hay que desconfiar de toda épica que no soporte la comedia. En una corte sin bufón que haga el contrapunto necesario al rey, difícilmente se evitará que el poder se enquiste y que el aire estancado acabe pudriéndose, tornándose irrespirable. Aunque no sin riesgo, el bufón emplea el humor para cantarle las verdades al regente. Tomás Moro, de inteligencia probada pero probablemente sin dotes para el humor, le cantó las verdades a Enrique VIII con el nefasto resultado conocido: perdió la cabeza. Literalmente.

Hamlet llega a una corte que ya no ríe. Sin oídos para voces discordantes, nadie se encuentra en disposición de discutir el relato forjado desde el poder Continuar leyendo «El cráneo de Hamlet, los bufones y los «followers»»

Ni un pelo de tonto en la cancha del independentismo


Érase una vez un club de tenis con múltiples canchas para el uso y disfrute de sus socios. Un grupo de ellos solía frecuentar una de las canchas mejor equipadas situada en un promontorio no muy elevado al norte del club. Su lejanía propició que los jugadores habituales forjaran ciertos lazos de amistad. De vez en cuando se echaban unas risas porque había un factor común entre ellos: lucían pobladas melenas. El azar así lo había querido y hasta les permitía reconocerse de lejos. No es que fuera algo muy importante pero poco a poco se convirtió en un signo de reconocimiento. Continuar leyendo «Ni un pelo de tonto en la cancha del independentismo»