Hansei Shinasai

Decía San Agustín que el mundo es como un libro y que aquellos que no viajan siempre leen la misma página. Cuanto más viajes, más páginas lees. Y es que, sin duda, la lectura como el viajar enriquecen. El alma, el intelecto, la memoria o nuestra felicidad. Menos en perricas, en todo lo demás nos hace más ricos.

En mi libro del mundo, una de las páginas que recuerdo con más cariño es sin duda la de Japón. Por el significado, mi inolvidable luna de miel, y también por la cantidad de contrastes culturales que vives desde que pisas suelo nipón y que, como poco, chocan con nuestras costumbres occidentales.

El primero de esos contrastes lo encontré en el orden y la limpieza. Seguramente no recuerden qué equipos jugaron la final del mundial de fútbol de 2018 pero en cambio es más fácil recordar esa imagen tan viral de los vestuarios y las gradas impolutas del equipo y la afición japonesa. ¡Qué pena que ser limpio sea noticia y trending topic en España! Un periodista deportivo comentó entonces que “el fútbol es reflejo de la cultura de un país” y, efectivamente, al igual que ocurrió con esas gradas, en las calles de Japón no verán basura. Desde muy pequeños aprenden la importancia del orden y de la limpieza tanto en sus casas como en las escuelas, donde profesores y alumnos son los responsables de limpiar y ordenar aulas, pasillos y patios.

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«¡Oh, capitán, mi capitán!»

La paternidad es una etapa única, maravillosa. Pero, como casi todo, también tiene sus daños colaterales. Inevitablemente nos va a cambiar. ¿El matrimonio? No tiene por qué. ¿Ser padre? Definitivamente, sí. Más o menos. A mejor o a peor. Antes o después. Pero nos va a hacer diferentes de aquel cada vez más desconocido y lejano “yo sin hijos”.

Aunque mi pequeño Javier me sirve para engañarme e intentar justificar esas canas y kilos que han aparecido por arte de magia, el cambio, como la procesión, se lleva por dentro. Ahora, entre pañal y biberón, siesta y paseo, lavadora y recoger la casa, a veces, cuando me queda batería (y ganas), hago un poco de introspección y me doy cuenta que desde que firmé este contrato indefinido mi vida ha cambiado mucho.

Mi nuevo yo se siente afortunado cuando duerme más de cuatro horas seguidas. Ya no padece de envidia sana cuando ve un deportivo de lujo, sino que automáticamente piensa en el espacio del maletero. Ya no busca Estrellas Michelín, sino restaurantes con zona infantil y sufre de atención selectiva involuntaria para encontrar 2X1, segunda unidad al 70% u otras ofertas de la categoría “cosas de bebé”.

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A la busca del tiempo perdido

Viernes. Seis y cuarto de la mañana. Preparar y dar el biberón, 16 minutos. Cambiar pañal y ropa, 7. Volver a dormir al bebé, 32. Ducharme, 4. Vestirme, 2. Pasear al perro, 10. Desayunar, 9. Ir al gimnasio, anulado. Preparar las cosas para el trabajo, 3. Ir a trabajar, 12 minutos. Lo siento mucho si también les falta pero hoy hablamos del tiempo. Serán unas 850 palabras. Aproximadamente 5 minutos leyendo y hasta dentro de unas 1500 horas no me verán por aquí de nuevo.Habrá a quien estas 1500 horas se le pasen deprisa. Otros, las sentirán como hacer la Marathon Des Sables por el desierto sin agua (no por la espera, sí por sus circunstancias). Y es que el tiempo es lo que tiene. A veces vuela. Otras se arrastra. Nunca a gusto de todos. ¿Es oro? Sí. Igual que inalterable y homogéneo. Como San Agustín, sabemos lo que es, pero si nos preguntan, no sabríamos cómo explicarlo.

Los palos que regala la vida nos enseñan que además el tiempo es finito. Al menos el nuestro. Con fecha de caducidad. Aunque muchos aún no lo han descubierto y viven como si no fuera con ellos. Deberían ver la película In time, de Andrew Niccol. O mejor les cuento de qué va y les ahorro 109 minutos. Una sociedad futura donde gracias a los avances médicos no se envejece y el tiempo del que disponemos se convierte en la única moneda de cambio: ganamos y gastamos de nuestro saldo de tiempo, de forma que, al llegar éste a cero nuestra vida termina.

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‘Connecting people’

Los suecos lo han vuelto a hacer. Como si nos visitase el Espíritu de las Navidades Pasadas, Ikea nos ha vuelto a regalar una bofetada de cruda realidad envuelta en un logrado y emotivo anuncio donde diferentes familias participan en Familiarizados, un concurso de preguntas y respuestas en el que si fallas quedas eliminado. Para sorpresa de todos, los concursantes demuestran un excelente dominio en categorías como ‘Conocimiento de Famosos’ o ‘Modas de Internet’, mientras que son eliminados uno a uno cuando se trata de contestar preguntas sobre sus propias familias.

Acostumbrados ya a sus sutiles tirones de orejas y usando siempre el comodín de la familia para tocarnos más la fibra sensible, en esta ocasión los de Ikea han puesto de manifiesto que pese a que estemos tan bien conectados con el mundo, en muchos hogares, aún teniendo la fibra más moderna o el ADSL de máxima velocidad, la conexión con los nuestros no siempre llega al aprobado. Como dirían en mis tiempos, «necesita mejorar». De esta forma preguntas como ¿cómo se conocieron nuestros abuelos? ¿qué sueños por cumplir tienen nuestros padres? o ¿por qué eligieron una carrera determinada? son sólo muestras de lo difícil que es acertar cuando la respuesta correcta no se puede encontrar navegando en páginas de Internet y redes sociales, cuando clicar no es suficiente. Continuar leyendo «‘Connecting people’»

Caminan entre nosotros

Al igual que ya hicieran en su momento ese puente de Londres o Las Ramblas de Barcelona, la cueva de Tham Luang se ha convertido estos días en otro escenario que nos ha vuelto a recordar eso que a veces olvidamos: los héroes sí existen. No esos que llevan capa y tienen súper poderes, ni tampoco esos millonarios y famosos que mitificamos a diario gracias a la prensa rosa y a la televisión. Me refiero a los otros. Los de verdad. Esos héroes anónimos, humildes, con cicatrices y con preocupaciones cotidianas que bien pueden parecerse a las nuestras.

Esos héroes, que son muchos, están entre nosotros. Más cerca de lo que pensamos. Seguro que conocemos a alguno. Son esos padres que se desviven para que sus hijos sean felices, esos abuelos que siempre están ahí, esos jóvenes que ceden su asiento en el bus o que ayudan a llevar las bolsas de la compra o esos niños que ayudan a sus compañeros de patio a levantarse si se caen. Personas que piensan en los demás, que ayudan a los demás y que, en algunos casos, no dudarían en jugarse la vida por los demás sin esperar nada a cambio. Esos son los verdaderos héroes. Continuar leyendo «Caminan entre nosotros»