Sufrimiento empático

El ser humano está sometido a muchas limitaciones. Nos sabemos frágiles, vulnerables. Y con capacidad de sufrir y de hacer sufrir.

El sufrimiento, personal o ajeno, provoca en nosotros respuestas que van del agobio al estrés pasando por la sensación de impotencia. La actitud con la que nos enfrentamos al sufrimiento es una cuestión que depende fundamentalmente de nuestra personalidad, de nuestra educación cultural y de nuestra libertad.

Hay quienes consideran que se tolera mejor el sufrimiento propio que el de los demás. De hecho, ver a nuestros semejantes padecer algún tipo de dolor físico, emocional o social, puede producir en nosotros una sensación empática de apropiación que nos hace vivir su sufrimiento como si fuera nuestro, sobre todo cuando el que sufre es un ser querido o cuando el otro es, en palabras del filósofo y médico norteamericano Tristam Engelhardt, un cercano moral, que conoces y ves, y no un extraño moral, a quien desconoces o cuya existencia no afecta en nada a la nuestra.

El sufrimiento ajeno nos sitúa en una posición de espectadores que nos invita a reflexionar sobre nuestra acción o inacción ante el mismo. Puede suponer, para nosotros, una recreación de la experiencia que padece el otro que nos haga posicionarnos de manera indolente o doliente frente a dicho mal ajeno. En definitiva, el sufrimiento del otro produce una gran paradoja en nuestro interior. Por una parte irremediablemente nos afecta pero, por otro lado, tenemos la posibilidad de poder gestionar el nivel de afectabilidad que este puede provocar en nosotros.

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Aceptación y libertad

La aceptación y el rechazo social condicionan muy mucho nuestra manera de ver y estar en la vida. El juicio de los demás contribuye notablemente a la integración social, al crecimiento personal, y, por ello, a la propia estabilidad emocional, al desarrollo de la autoestima y al uso de nuestra libertad.

Es un hecho que necesitamos sentirnos importantes y parece que sabernos alguien para los demás, de sentirnos aceptados y aprobados por los demás, es el modo habitual en que los seres humanos satisfacemos esta necesidad, pagando un alto precio por esta servidumbre.

Esta obviedad, derivada de nuestra condición de seres sociales, está sometida a la misma ambigüedad que es el signo de lo humano, siempre en tensión entre la grandeza y la miseria, entre la gravedad y la gracia, como invoca la obra de Simone Weil.

Por un lado, nos vemos como hijos de la Ilustración que pisan fuerte, que construyen mundos y conquistan universos. Y algo de eso hay. Pero no es menos cierto que nos define más la vulnerabilidad y la debilidad que la autosuficiencia ególatra: basta, a veces, un comentario peyorativo o un “no me gustas” en las redes sociales y nuestro ego automáticamente se desinfla.

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¡Hikikomorismo! No, gracias

En un mundo global no es extraño que productos y servicios, usos y costumbres, se extiendan y arraiguen en partes geográficas muy lejanas a su lugar de origen. Del País del Sol Naciente nos llega el fenómeno del hikikomori, nada menos. Y en formato de síndrome, cuando no de pandemia, que impone más todavía.

La creciente adicción a las pantallas afecta a todos: desde los más pequeños hasta los más mayores. Y se salda con enorme dedicación de tiempo que va acompañada de entretenimiento y compañía virtual, junto a aislamiento social y soledad personal reales. Y, como es sabido, la soledad no tiene buena prensa.

No obstante, la experiencia humana de la soledad tiene una doble cara. Hay soledades buscadas, como esas de las que iba y venía Lope de Vega cuando quería estar consigo retozando en sus pensamientos. Es cosa seria y querida esa soledad sonora que recrea y enamora. Pero hay también otras. Soledades indeseadas o impuestas que se sufren como un mal, que hacen daño y atormentan. Continuar leyendo «¡Hikikomorismo! No, gracias»

La vida padre con las células madre

Las células troncales humanas, conocidas popularmente como ´células madre´ representan hoy día un filón científico y terapéutico realmente excepcional aunque su uso y obtención no están exentos de problemas médicos y jurídicos, sobre todo las que proceden de embriones humanos.

No faltan quienes piensan que, puesto que su uso puede ser la panacea de la medicina regenerativa, no hay más que hablar: nada de enredarse con cuestiones éticas, que vamos a lo que vamos. En esta línea, están proliferando clínicas que publicitan tratamientos milagrosos para patologías diversas (cáncer, diabetes, fracturas óseas, lesiones coronarias, paraplejias, Alzheimer, Parkinson, etc), antienvejecimiento o simples retoques estéticos. Parece que lo mismo valen para un roto que para un descosío y gracias a ellas nos cabe esperar una gran y larga vida: la vida padre gracias a las células madre, vamos.

Cuando digo ´simples retoques estéticos´ no pretendo quitarle importancia a la estética, ni mucho menos. Tampoco procede rebajar la ética, que está muy feo desvestir a un santo para vestir a otro. Y si la estética tiene que ver con cómo nos vemos y cómo nos ven los demás, la ética tiene que ver con qué hacemos y cómo somos. La cuestión ética se plantea porque sabemos que no todo lo que es (técnica o científicamente) posible es tolerable. En el caso que nos ocupa, el debate ético se plantea porque parece que hay ventajas (quizá no tantas ni tan milagrosas como dice la publicidad de las farmacéuticas) pero hay que trastear el embrión humano que es siempre asunto delicado. Continuar leyendo «La vida padre con las células madre»

El ocaso de las pensiones

La realidad sociológica y demográfica nos dice que estamos viviendo un incremento notable del número de ancianos en nuestro país, en Europa y en el resto del mundo. Cada vez se vive más y ello comporta una gran preocupación en nuestras sociedades por las enormes demandas en servicios sociales y en prestaciones asistenciales que nuestros mayores precisan o van a precisar, máxime si sufren o son proclives a padecer procesos crónicos, invalidantes e incapacitantes de su persona o su salud.

El envejecimiento poblacional es y será una realidad a la que habrá que prestar la suficiente atención desde todos los frentes posibles y que obligará a grandes reformas en el sistema. Más ancianos y más situaciones de dependencia harán necesaria una mayor cualificación de quienes tengan que asumir esos cuidados tanto de un modo formal cuanto informal, ya sean cuidadores familiares o profesionales, servicios privados o públicos. En definitiva, si bien este senior boom es un gran logro histórico, político y social no es menos cierto que supone muchos desafíos y ciertas complicaciones.

Ahí tenemos, sin ir más lejos, la cuestión de las pensiones. Se dice que está en peligro el sistema público de pensiones. Hemos asistido a lo largo de los últimos años a diversas reivindicaciones a favor de un sistema público digno, protestas dirigidas a defender la obligación constitucional de mantener el poder adquisitivo real de las pensiones y su revalorización automática para no dejar al albur del gobierno de turno la posibilidad de tocar, recortar, privatizar o minorar las pensiones presente y futuras de nuestros mayores. Continuar leyendo «El ocaso de las pensiones»