Covidcaricias

Parece que los trigales sí podemos acariciarlos sin peligro…

Habitamos en un mundo cada vez más interconectado e interdependiente, con gente muy diversa por su procedencia y manera de vivir, por lo que estamos obligados a relacionarnos, a entendernos y a tratar de convivir, unos con otros, de la mejor manera posible y de eso, hoy más que nunca, hemos adquirido una clara conciencia. De la salubridad de unos depende la de los otros, sin diferencias de ningún tipo, vivas donde vivas. Ahora bien, las relacionas humanas han sufrido un cambio vertiginoso en las últimas décadas, motivadas por el avance de las tecnologías de la comunicación y por factores de desarrollo socioeconómico que, unido al problema del coronavirus, hacen que el gesto comunicativo del contacto entre humanos se haya deteriorado o esté perdiendo su auténtica esencia.

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Un futuro incierto

Son muchas las amenazas que se ciernen sobre la humanidad, algunas como consecuencia directa de nuestras acciones en el mundo y, otras muchas, fruto del puro azar. Al respecto, estas últimas semanas estamos asistiendo a un espectáculo sin precedentes debido a la pandemia provocada por el virus denominado Coronavirus (COVID-19), que está causando estragos considerables en la población mundial y provocando incertidumbres, temores y desasosiegos sobre cuál es su origen y qué efectos tendrá en nuestro futuro. Esta amenaza, junto a otras muchas, nos lleva a reconsiderar la necesidad de asumir, de manera urgente y compartida, la responsabilidad ética de proteger la vida en todas sus dimensiones (humana, animal y vegetal) y de atender con cuidado extremo los problemas de degradación, contaminación y deterioro del medio que habitamos (aire, tierra y agua), adoptando medidas educativas, económicas y sanitarias que permitan nuestra supervivencia y la viabilidad de las generaciones venideras.

El mundo de hoy, el que nos ha tocado vivir, atraviesa momentos difíciles y complejos. Las incesantes alteraciones en el ecosistema y los continuos cambios en la economía mundial, unidos a situaciones como la pandemia coronavírica que estamos padeciendo, están suscitando en muchos de nosotros la idea de un futuro incierto, incitándonos incluso a pensar que pudieran existir, por parte de algunas oligarquías o corporaciones transnacionales, oscuros intereses o planes ideológicos perfectamente trazados para el futuro de la humanidad.

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Políticos al poder

Políticos ollando.

Asistimos en las últimas décadas a un baile constante de políticos, a una pasarela de caras nuevas en gobiernos nuevos, a un desfile incesante de gentes que quieren o deciden dedicarse a lo público, no tanto para servir a lo público, sino para vivir de lo público. Hasta tal punto ha llegado la pasión por la política que en nuestro país la cifra de personas que viven de la política y para la política superan el medio millón. Esta proliferación numérica, que para muchos puede parecer alarmante y para otros necesaria, hace pensar que la política es algo que atrae y seduce a muchos, no sólo por lo que representa de ostentación social, sino por lo que entraña de poder económico y personal.

Tanto es así que poder y política suelen ser conceptos convergentes. De hecho, cuando hablamos de poder a muchos les viene inmediatamente a la mente la idea del poder político y, más en concreto, del poder de quienes representan al Estado o ejercen el gobierno en los distintos estamentos (presidente, vicepresidentes, ministros, diputados, senadores, alcaldes, concejales, consejeros, órganos de gobierno de la administración central y autonómica, puestos de libre designación, etc.). Este poder político, que a muchos ennoblece y a otros corrompe y envilece, puede emplearse para hacer o deshacer, para construir o destruir, para unir o desunir, para servicio de uno mismo o de los demás, pero sobre todo se utiliza para el gobierno o desgobierno de los bienes, recursos y servicios de los ciudadanos.

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Maternidad postergada

La maternidad tardía o postergada es un fenómeno en alza gracias a que hemos aumentado nuestra esperanza de vida y a que los avances científicos, médicos y tecnológicos posibilitan gestar a edades cada vez más avanzadas. Sin embargo, la decisión de retrasar al máximo la maternidad, aunque para muchos suponga un gran progreso humano, suele estar condicionada por circunstancias personales o por situaciones de inestabilidad laboral, precariedad económica o estilos de vida que dificultan la concepción y la crianza de hijos. Circunstancias que, unidas a la exigencia de compatibilizar la carrera profesional y la organización laboral con la vida familiar, suponen un serio obstáculo para poder ser madre a edades más tempranas, justamente cuando el reloj biológico marca el nivel de la plenitud, de lo idóneo o de lo funcionalmente recomendable.

Ser madre primeriza por encima de los 40 años, o incluso a edades más elevadas, llegando incluso a estados postmenopáusicos, por encima de los 50 o 60 años, es un reto al que muchas mujeres se enfrentan hoy día. Además de los riesgos obstétricos asociados a la maternidad tardía; diabetes gestacional, hipertensión arterial, anomalías cromosómicas,… Ser madre a partir de esas edades resulta más problemático e incluso traumático cuando se constata que resulta fisiológicamente imposible o cuando se interpreta como un error de planificación cronológica el no haber sido madre antes o, peor aún, cuando se vivencia como un fracaso personal. Tanto es así, que cuando no se logra un embarazo de manera natural, se buscan otras alternativas para la búsqueda del hijo (adopción nacional o internacional, fecundación in vitro, maternidad subrogada o subrogación uterina, etc.) o, sencillamente, por duro que cueste asumirlo, se renuncia a ello.

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Sufrimiento empático

El ser humano está sometido a muchas limitaciones. Nos sabemos frágiles, vulnerables. Y con capacidad de sufrir y de hacer sufrir.

El sufrimiento, personal o ajeno, provoca en nosotros respuestas que van del agobio al estrés pasando por la sensación de impotencia. La actitud con la que nos enfrentamos al sufrimiento es una cuestión que depende fundamentalmente de nuestra personalidad, de nuestra educación cultural y de nuestra libertad.

Hay quienes consideran que se tolera mejor el sufrimiento propio que el de los demás. De hecho, ver a nuestros semejantes padecer algún tipo de dolor físico, emocional o social, puede producir en nosotros una sensación empática de apropiación que nos hace vivir su sufrimiento como si fuera nuestro, sobre todo cuando el que sufre es un ser querido o cuando el otro es, en palabras del filósofo y médico norteamericano Tristam Engelhardt, un cercano moral, que conoces y ves, y no un extraño moral, a quien desconoces o cuya existencia no afecta en nada a la nuestra.

El sufrimiento ajeno nos sitúa en una posición de espectadores que nos invita a reflexionar sobre nuestra acción o inacción ante el mismo. Puede suponer, para nosotros, una recreación de la experiencia que padece el otro que nos haga posicionarnos de manera indolente o doliente frente a dicho mal ajeno. En definitiva, el sufrimiento del otro produce una gran paradoja en nuestro interior. Por una parte irremediablemente nos afecta pero, por otro lado, tenemos la posibilidad de poder gestionar el nivel de afectabilidad que este puede provocar en nosotros.

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