«…las cosas del votar»

Si queremos recoger sandías no conviene sembrar alfalfa. Se recoge lo que se siembra. Luego intervienen muchos factores: el clima, el suelo, los cuidados del agricultor y hasta la buena o mala fortuna. Pero hay un factor que no interviene para nada: la intención del sembrador. Si ha sembrado alfalfa con la intención de recoger sandías, podemos decir no sólo que no tendrá sandías sino que es idiota.

Al margen su intención, quienes han votado socialismo recogerán lo que siempre, inevitablemente, produce la izquierda: miseria económica (repunte del paro, vamos a tributar hasta por los regalos de boda, las empresas huirán y los más pobres perderán sus herencias). Sin irnos a Venezuela o Cuba, en España fue así con Felipe González que dejó la enseñanza iniciando su descenso a los infiernos y un paro brutal. Fue así con Zapatero quien casi quiebra el país (acuérdense de la prima de riesgo). Y será así con Pedro Sánchez. Y cada vez que se apliquen políticas socialistas.

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El perro de Maluma

La llamada clase política no goza de buena prensa. Es frecuente hablar de ellos en términos despectivos, como una panda de rascaboinas. No digo que sea verdad. Digo que a veces se detecta esa opinión, a sabiendas de que la opinión (por pública que sea) no tiene por qué coincidir con la verdad.

Sorprende, por eso, que cuando los políticos se ponen de acuerdo, entonces empiezan a tener más que buena prensa: los medios de comunicación les hacen la ola. Que es como si un acuerdo entre mafiosos fuera, sólo por haberlo pactado, digno del Nobel de la paz. La sabiduría popular, tan certera como puñetera, va por otro lado cuando sentencia aquello de reunión de pastores, oveja muerta.

Y así ocurre que los denostados cuatro partidos que integran la Asamblea han pactado el nuevo Estatuto que pondrá a Murcia en la Champions League de las autonomías. Y sólo por eso, los rascaboinas se transforman en “sus señorías”. Si no, miren la prensa estos días. Comprobarán que nadie (nadie que cuente, se entiende; ninguno de los nuestros, claro) nadie escatima alabanzas al pacto. Y así le andan, felices los cuatro, legislando tó el rato, a ritmo de Maluma baby. Y es que este pacto estatutario, a estas alturas, podría dar la impresión de que el mismo perro de Maluma ha marcado el territorio y que los cuatro son tal para cual, Maluma dixit.

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La lengua, a la larga

Estamos ya en plena vorágine electoral. Es un periodo en el que lo mismo se anuncia el cambio del sistema productivo y laboral o la solución al cambio climático que se inaugura una curva o se tuerce una recta: lo importante es la foto, hacer ver que se hace para convencer al votante de que uno tiene la clave del progreso. Y todo son prisas a la caza del eslogan, de la ocurrencia pegadiza que quepa en un tweet.

Impera el comprensible cortoplacismo. El riesgo es no llegar nunca a proyectos de largo alcance. Quiero señalar uno que me parece de interés. Me refiero a la cuestión de la lengua. A la española, esa lengua que antaño extendió el Reino de España por el mundo y hoy es la segunda lengua materna (tras el chino mandarín y por delante del inglés) a nivel mundial.

En el año 2000 el español superó al inglés en número de hablantes. Y va a más: se estima que para el año 2030 el español será el segundo idioma más hablado del mundo y el primero allá por el 2045. Ya sé que 2030 está muy lejos para los cortoplacistas y que quedan unas cuantas legislaturas aún. Pero a lo mejor alguien podría tener visión a largo plazo en este asunto.

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La Navidad y el lado oscuro

Escribir hoy sobre no importa qué distinto al consejo de ministros parece una osadía condenada al fracaso. Lo concreto, lo que está en el candelero, tiene tirón y pegada. Luce y su brillo deslumbra y deja en penumbra todo lo demás.

Es el juego de luz y sombras, de noche y día, que se da en tantos ámbitos. La luz, cuanto más brilla, con más severidad traza el contorno de las sombras.

Basta fijarse en cómo brillan nuestras ciudades estas noches. Porque los días de Navidad son, sobre todo, noches. El simbolismo tiene eso: para que la luz brille, tiene que irrumpir en medio de la oscuridad; cuanto más negro sea el asunto, más poderío muestra la llama.

Y por eso mismo, quien perdió a un ser querido o no se acaba de llevar con el cuñao plasta, no se ve asaltado por la morriña ante un mojito en pleno agosto mediterráneo; no, la melancolía y el disgusto se ceban más bien en el ánimo navideño. Porque en estos tiempos el lado oscuro de nuestra vida es más oscuro. Y eso no acaba de gustar. Somos más del rutinario mojito que de la ruin rutina de comprar regalos, comer con los del trabajo, cenar con los primos y volver a comer con los de la promoción del instituto: comer como si no hubiese un mañana y beber y beber como los peces en el río. Continuar leyendo «La Navidad y el lado oscuro»

Cultura abierta o gregarismo

Hasta los individualistas más entusiastas saben que el hombre vive en colectividades. Sea para solventar las necesidades de la vida, que diría Aristóteles, sea para irse de parranda.

Y no deja de ser curioso que esa enorme ganancia cultural que es la individualidad y, por tanto, la subjetividad, la libertad o la autonomía individuales tenga que trenzarse con la sociabilidad. Porque ambos aspectos resuenan positivamente pero, al mismo tiempo, se intuye que son piezas de difícil encaje.

El modo en que los individuos se relacionan para construir una estructura social no es inocuo. Ahí tenemos a hormigas, abejas, ovejas y demás ganado: todos individuos integrando sociedades que funcionan como la seda. Diríamos que cada individuo se limita a ser un engranaje del mecanismo o, lo que es lo mismo, cada individuo es prescindible, sólo interesa por la función que desempeñan en su sociedad. Bergson, al hablar de este tipo de agrupaciones, las denomina sociedades cerradas. Continuar leyendo «Cultura abierta o gregarismo»