¿Revolución fiscal?

Estoy a favor de bajar los impuestos bajo cualquier circunstancia, por cualquier excusa y por cualquier razón, siempre que sea posible. Y es posible bajar impuestos manteniendo e incluso incrementando el grado de bienestar.

Como saben, la idea es del Nobel de Economía Milton Friedman. Y yo la suscribo. Pero antes de hacer un breve repaso a las condiciones de posibilidad de la afirmación anterior permítanme centrar el debate. Bajar, o subir, impuestos no es revolucionario, por lo tanto el anuncio de bajar impuestos, aunque se refiera a bajar absolutamente todos los impuestos, no debe catalogarse como “revolución fiscal”. El concepto escogido para anunciar la bajada de impuestos, a mi modo de ver, es un error mayúsculo por parte de quienes lo acuñaron, primero porque bajar impuestos no constituye tal revolución si no viene acompañado de otras cosas y, en segundo lugar, porque revolución significa algo así como “cambio brusco” y, por lo tanto, estás dando la oportunidad a los de enfrente para que esgriman todo tipo de calificativos asociados a ese cambio, tales como peligroso, suicida, injusto, etc.

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El próximo esclavejío

Apunten la fecha: primavera de 2021. La próxima crisis vendrá causada por la mala planificación fiscal de los gobiernos. Y existe una alta probabilidad de que los gobiernos tomen malas decisiones de política fiscal, dada la corriente populista que invade el ADN de los todos los partidos políticos. Bajadas de impuestos, incremento de subvenciones, ocultación de déficits, mantenimiento de redes clientelares y errores en políticas sectoriales van a derivar en un tsunami de cuidado, así que mucho ojo con las promesas electorales. Y los bancos centrales sin subir los tipos de interés.

No seré yo quien se niegue a bajar los impuestos, es más, todos estamos de acuerdo en que cuanto menos nos quiten mejor, si bien entiendo que para que esto suceda se deben asumir determinados compromisos. Desde hace algunos años el protocolo de elaboración de los presupuestos públicos ha adquirido una dinámica preocupante. Con la justificación del establecimiento del Estado del Bienestar y la necesidad de financiar los gastos que esto conlleva hemos pasado de procurar disponer de fondos para su consolidación a hacer de los presupuestos públicos una suerte de saco financiador de ocurrencias y disparates. De ahí que se necesiten ingentes cantidades de dinero, que sale de nuestros bolsillos, hasta el punto que ya no se prevé la consolidación de un modelo de Estado que provea determinados servicios sino que se consolida, a toda costa, la premisa de mantener al Estado, sean cuales sean (cuantos más mejor) los servicios que presta. Ni qué decir tiene que este modelo consolidado incluye subvenciones a cascoporro que mantienen redes clientelares y perjudican las ganancias de productividad de la economía. Esto, aunque vestido de legalidad, se llama corrupción y la corrupción lastra el crecimiento.

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Evidencias

El matrimonio es la primera causa de divorcio. Evidente. Como evidente es que el problema social más importante actualmente es un problema de seguridad. La inseguridad nos pone nerviosos, el nerviosismo se contagia, el rebaño se revoluciona y puede llegar a pasar lo que inevitablemente pasará, según ya nos ha mostrado en reiteradas veces la historia.

La inseguridad por el mantenimiento de nuestra forma de vida, de nuestra cultura, vivir tal y como nos han enseñado, es la causa y razón básica por la que aparecen nuevos partidos políticos, lo cual no es ni bueno ni malo, si bien los actuales dirigentes deberían hacérselo ver. Y es que por muy acostumbrados que estemos a que nos pregonen cientos de promesas a los cuatro vientos que luego no se cumplen, es en estos tiempos actuales cuando a eso se une la puesta en peligro de nuestra forma de vida. Continuar leyendo «Evidencias»

Hagan juego, señores

Los políticos nos están fallando y lo saben. Son demasiado egoístas y sólo miran por sus propios intereses. ¿Y no es acaso lícito pensar en uno mismo? El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Constituye un argumento insultantemente superficial relacionar las elevadas dosis de egoísmo imperantes en nuestra sociedad con el orden social liberal instaurado en nuestras democracias. Además, a la vista de las declaraciones de unos y otros, resulta que o todos son liberales, cuando de sus propias ideas se trata o, en cambio, hablamos de acabar con ese ‘liberalismo de amiguetes’ cuando nos referimos a las ideas o prácticas de otros que no son los míos. Relacionar egoísmo con liberalismo a través del individualismo podría llevarnos a defender regímenes que hoy por hoy han quedado obsoletos. Por nadie pase.

Y es que, como todo en la vida, los medios no justifican el fin ¿o era al revés? No es lo mismo ser egoísta pensando en acaudalar riquezas a cualquier precio, alcanzar prestigio pasando por encima de cualquiera que pretenda cruzarse en el camino, que ser egoísta cuando tu propósito pasa por hacer el bien a los demás, por procurar poner toda la razón y sabiduría al servicio de los otros, llegando incluso a procurar el bien del otro antes que el propio. Y aquí ya es donde se va reduciendo el espectro de liberales. Continuar leyendo «Hagan juego, señores»

Demasiada ironía para ser mentira

“Ha regresado Torquemada” se podía escuchar hace pocas fechas en el Congreso de los diputados. En relación a la susodicha frasecita, habría que iniciar un proceso reflexivo en relación a si, efectivamente, Torquemada ha regresado o acaso nunca ha dejado de estar presente.

El mencionado inquisidor ha pasado a la Historia de España como el más fanático y cruel de los inquisidores persiguiendo a los judíos para echarlos de España. Pero Torquemada no estaba solo. Si fue posible su obra es porque mantuvo colaboradores y estos no le iban a la zaga: Se dice de dos de ellos, Alonso de Espina y Alfonso de Cartagena, que eran tanto o más fanáticos que él.

¿Y qué tenían en común Torquemada, Espina y Cartagena además del mencionado fanatismo? Pues que siendo los más fervientes perseguidores de los herejes judíos, todos procedían de familias judías reconvertidas al cristianismo. Menuda ironía, vital, ¿verdad? Y eso sí que tiene plena actualidad en el panorama político actual.

Los más independentistas de entre los independentistas catalanes tienen el común denominador de ser hijos de andaluces y murcianos. Los más fervientes defensores del comunismo y la lucha de clases se compran chaletes de “a seiscientos mil euros”. Presentan mociones de censura los que elecciones tras elecciones ven caer en picado el apoyo recibido por los ciudadanos. Hay más: Los más defensores de España tienen cuentas en paraísos fiscales; los que se las dan de ir defendiendo la huerta de Murcia, talan árboles en la huerta para construirse casoplones con piscinas sin registrar. Todos los políticos que anuncian ser liberales inundan las redes sociales vanagloriándose del ingente reparto de ridículas subvenciones improductivas destinadas a malgastar el dinero de todos y a consolidar el Estado Benefactor cuando es su partido el que las reparte y, por supuesto, hablando de liberales, me vienen a la cabeza varios casos concretos que reclaman ayudas públicas sin límite, cuando son ellos mismos los beneficiarios.

Publicado en La Opinión de Murcia