Caminan entre nosotros

Al igual que ya hicieran en su momento ese puente de Londres o Las Ramblas de Barcelona, la cueva de Tham Luang se ha convertido estos días en otro escenario que nos ha vuelto a recordar eso que a veces olvidamos: los héroes sí existen. No esos que llevan capa y tienen súper poderes, ni tampoco esos millonarios y famosos que mitificamos a diario gracias a la prensa rosa y a la televisión. Me refiero a los otros. Los de verdad. Esos héroes anónimos, humildes, con cicatrices y con preocupaciones cotidianas que bien pueden parecerse a las nuestras.

Esos héroes, que son muchos, están entre nosotros. Más cerca de lo que pensamos. Seguro que conocemos a alguno. Son esos padres que se desviven para que sus hijos sean felices, esos abuelos que siempre están ahí, esos jóvenes que ceden su asiento en el bus o que ayudan a llevar las bolsas de la compra o esos niños que ayudan a sus compañeros de patio a levantarse si se caen. Personas que piensan en los demás, que ayudan a los demás y que, en algunos casos, no dudarían en jugarse la vida por los demás sin esperar nada a cambio. Esos son los verdaderos héroes.

Irónicamente parece que en la naturaleza del ser humano está el valorar sólo lo que ya no tenemos o el reconocer la importancia de los nuestros cuando ya no están, por eso detrás de cada verdadero héroe hay una tragedia. Esas tragedias sacan lo mejor de nosotros: solidaridad, sacrificio, cooperación… nos ayudan a volver a tener confianza en el ser humano y a valorar lo más importante: las buenas personas.

Y es que al final se trata de eso. Habrá otros ingredientes como la determinación, el altruismo o la temeridad, muchos más seguro, sin embargo, el sustrato, el denominador común de nuestros verdaderos héroes se encuentra en que hay bondad en sus actos heroicos. Ya sea defendiendo a otra persona con un monopatín, llevando botellas de oxígeno en una cueva, escalando cuatro pisos sin arnés para salvar a un niño o al volante de un bus escolar cuyo conductor ha perdido el conocimiento.

Sobre la virtud de la bondad se ha escrito mucho. Para mí, ni los lobos de Hobbes ni el ser buenos de serie de Rousseau. Yo soy más de George Lucas. O de Dostoievski, para los que no sean frikies de Star Wars, y su “todos somos buenos y malos”. Como jóvenes padawans (aprendices), emprendemos el viaje a nuestra Ítaca particular antes incluso de saber caminar y es en esta larga travesía donde aprenderemos a ser más buenos que malos, o viceversa.

Al final vuelve a ser una cuestión de aprendizaje. En palabras de Mario Bunge: “si nos preparamos para la guerra, terminaremos haciéndola; si nos preparamos para la paz, la tendremos y seremos un poco más buenos que malos”. Lo que aprendemos de las enseñanzas de quienes nos educan y de lo que observamos a nuestro alrededor resulta fundamental.

Ejemplos hay muchos. Kees Keizer realizó un experimento basado en la “Teoría de las ventanas rotas”. En un primer lugar se limitó a dejar folletos publicitarios en vehículos estacionados en el parking de un supermercado y vio que sólo el 20% lo tiraba al suelo. El siguiente paso fue “degradar” ese parking con graffitis, papeles en el suelo, carritos de la compra y otros elementos desordenados. En esa ocasión el porcentaje aumentó hasta el 50% de las personas.

Más gráfico y viral ha sido el ejemplo del equipo y la afición de Japón en el reciente Mundial de fútbol sobre cómo lo que nos enseñan y lo que observamos influye en nuestros actos. Gradas y vestuarios impolutos demostrando un orden y un civismo mayúsculo. El mismo que viven la gran mayoría de niños japoneses en sus casas, colegios y ciudades.

Los héroes sí existen. Son buena gente. En ocasiones sólo en el fondo, pero lo son. Humildes, trabajadores y luchadores. Sin embargo, con la misma celeridad con la que aparecen se diluyen. Como la efervescencia del Codorniu. De forma que a medida que el eco de las tragedias que los ha traído se desvanece nuestros verdaderos héroes caen en el olvido y volvemos a rescatar a esos otros perfectos, con éxito y respuestas para todo, de alfombras rojas y celebridad fácil, de vidas lujosas y Dom Perignon.

Gestas como la de Ignacio Echeverría no tiene que caer nunca en el olvido, deben servir de ejemplo, al igual que el reconocimiento a tantas y tantas personas a nuestro alrededor que se esfuerzan por hacernos la vida mejor y más sencilla. Los homenajes están bien, pero poder dar un abrazo y las gracias en persona mucho mejor.

Publicado en La Opinión de Murcia.

Javier Berrio de Haro

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