El perro de Maluma

La llamada clase política no goza de buena prensa. Es frecuente hablar de ellos en términos despectivos, como una panda de rascaboinas. No digo que sea verdad. Digo que a veces se detecta esa opinión, a sabiendas de que la opinión (por pública que sea) no tiene por qué coincidir con la verdad.

Sorprende, por eso, que cuando los políticos se ponen de acuerdo, entonces empiezan a tener más que buena prensa: los medios de comunicación les hacen la ola. Que es como si un acuerdo entre mafiosos fuera, sólo por haberlo pactado, digno del Nobel de la paz. La sabiduría popular, tan certera como puñetera, va por otro lado cuando sentencia aquello de reunión de pastores, oveja muerta.

Y así ocurre que los denostados cuatro partidos que integran la Asamblea han pactado el nuevo Estatuto que pondrá a Murcia en la Champions League de las autonomías. Y sólo por eso, los rascaboinas se transforman en “sus señorías”. Si no, miren la prensa estos días. Comprobarán que nadie (nadie que cuente, se entiende; ninguno de los nuestros, claro) nadie escatima alabanzas al pacto. Y así le andan, felices los cuatro, legislando tó el rato, a ritmo de Maluma baby. Y es que este pacto estatutario, a estas alturas, podría dar la impresión de que el mismo perro de Maluma ha marcado el territorio y que los cuatro son tal para cual, Maluma dixit.

Por eso, propongo mirar cuál es el contenido del pacto. Hay asuntos varios pero destaca una cuestión hidrológica y algunas ideológicas. Veamos.

El agua. ¿Es que el Trasvase dejará de estar amenazado si entre nosotros acordamos algo? Si las dificultades en esta materia dependían de un pacto entre los cuatro, ¿a qué esperaban? ¿no lo sabían, no lo querían? También puede ser que no dependa para nada de lo que ellos pacten y pongan en el Estatuto, ¿por qué lo ponen, entonces? Claro que estos días se pasea por aquí Pedro Sánchez y lo aclara: el tema está resuelto; de hecho, es un apéndice no muy conocido de su Tesis. Tenemos, pues, en términos dialécticos, que la tesis resuelve todo, sin matices, sin oposición ni resistencia, sin antítesis ni, por tanto, síntesis que solucione el problema. Y ahí lo dejo porque todo el mundo sabe que el agua que, como esta, no has de beber, lo suyo es dejarla correr.

Otro logro epocal es la cuestión de la “memoria democrática”. Con esto ¿el aeropuerto podrá llamarse “Juan de la Cierva”? Otra genialidad que, si buscamos bien, también está resuelta en la tesis aquella, asumida mansamente, sin antítesis.

La cuestión del género es otro asunto que se ha sacado en procesión estos días. Tema sensible donde los haya porque quien se atreve a sugerir que quizá, podría ser, que a lo mejor, alguna coma no esté bien puesta en estas leyes y estás prácticas, se puede preparar a recibir todo el repertorio de insultos del pensamiento único (sinónimo simple de ausencia de pensamiento).

Consciente de que me aventuro en zona peligrosa, he de comenzar poniéndome la venda y diciendo que asumo como un logro indiscutible de los tiempos modernos que las personas sean tratadas en igualdad de derechos al margen de su condición, orientación o preferencia sexual. Dicho eso, vamos a los textos mismos.

Tenemos ya desde hace años una Ley que regula la igualdad social LGTB y las políticas contra la discriminación por orientación sexual. ¿Y qué dice esa ley? ¿Dónde está el problema, si es que hay problema?

Tal como lo veo, el meollo del asunto es que, según sentencia la ley, lo que determina qué es cada uno no es aquello que estudiamos en biología (lo de XX y XY) y las tendencias psicoafectivas vinculadas con el sustrato genético sino los sentimientos o, por atenernos a la letra de la Ley, no el sexo biológico ni siquiera el «constructo cultural de género» sino «el sexo sentido» (art. 25.4).

La ley prescribe que todo el mundo debe ser tratado tal como él diga que se siente. La ley ampara a las personas que, según los criterios anteriores, eran estigmatizadas como LGTB. Porque sí, porque tienen todo el derecho a sentirse y organizar su vida así. Y concreta, por ejemplo, que en los colegios ha de garantizarse «el acceso y uso de las instalaciones del centro de acuerdo con su identidad de género, incluyendo los aseos y los vestuarios» (Art. 25.4.d). Para entendernos, si una persona a la que la naturaleza ha provisto de pene afirmase sentirse mujer, usará el vestuario y los aseos de las chicas. Porque la ley lo ampara. Pero ¿concede igualdad de trato a una chica que pudiera experimentar un eventual sentimiento adverso?

Es decir, al articular el asunto sobre los sentimientos, ¿no genera también la distinción entre sentimientos fetén y sentimientos puritanos, zafios y fóbicos? ¿No se ataca de raíz la igualdad de trato precisamente en función de cómo se sienta la gente? ¿No se dota de libertad de movimiento, pensamiento y sentimiento a personas de nobles sentimientos a quienes ampara, al mismo tiempo que pone una mordaza a la chusma prejuiciosa a la que hay que reeducar mediante ingeniería social? ¿Es este el territorio que, en el Estatuto, el perro de Maluma está por marcar, para blindar el asunto?

Nada nuevo pues, como todo el mundo sabe, también esto está en la tesis, madre de todas las tesis. Y el acuerdo entre estos políticos evidencia no sólo que, como dice la canción, ahí le andan, tal para cual, felices los cuatro, legislando tó el rato que les queda hasta las elecciones. Y uno se pregunta si en las elecciones, además de su tesis, la de cualquiera de las cuatro patas del perro (que son tal para cual), también estará la antítesis, los que no son de los nuestros, que también votan.

Publicado en La Opinión de Murcia.

Manuel Ballester

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