El privilegio como exigencia

La tiranía de las minorías. (Pushing Time — Image by © Images.com)

Que en las decisiones humanas intervienen no solo factores racionales, es algo de lo que no cabe duda. Pensemos en el siguiente dilema: en un concurso, Usted dispone de 100.000€ que puede repartir como estime oportuno con otro concursante: puede dárselo todo, o la mayor parte, a él; puede repartirlo en proporciones iguales; o bien puede quedárselo todo, o la mayor parte, Usted. El problema es que, una vez realice su oferta, ya no podrá modificarla, y entonces será el otro participante el que decida si la acepta o no. En caso de no aceptarla, ambos se quedarán sin nada. ¿Qué cantidad ofrecería al otro concursante? Está claro que lo más sensato es ofrecerle una cifra lo suficientemente sustanciosa para que no pueda rechazarla, pero que le garantice a Usted el máximo beneficio. No obstante, si su oponente fuera una inteligencia artificial, está claro lo que debería hacer para asegurarse la máxima ganancia: ofrecerle 1€ y quedarse Usted el resto. Analizada la oferta desde un punto de vista estrictamente racional, un ordenador llegaría a la conclusión de que 1€ es mejor que nada, por lo tanto, la aceptaría sin dudarlo; es pura matemática: 1>0. Pero si le ofreciera dicho trato a un contrincante humano, se quedaría sin un céntimo.

Las personas basamos muchas de nuestras decisiones en aspectos emocionales y no solo racionales. Si a una persona le ofrecen un reparto tan desigual, se sentirá ofendido y preferirá rechazarlo antes que sentirse insultado de esa manera. En este caso, la cuestión se dirime en un plano emocional: un trato tan injusto solo puede provenir de una mala persona o de un enemigo. Si el otro es mi enemigo, el análisis deja de realizarse en un plano de ganancias y pasa a estimarse en el de pérdidas: negándome a aceptar su oferta, él pierde más que yo; así de sencillo. Prefiero quedarme sin nada, si el que me cae mal pierde aún más. Este tipo de cálculos podría poner en evidencia, de forma mucho más grotesca, la miserable condición de la naturaleza humana. Pensemos en el siguiente trato: por cada bofetada que alguien se pegue a sí mismo, su mayor enemigo recibirá tres. ¿Se imagina cuánta gente se golpearía hasta perder el conocimiento?

Otros factores a considerar tienen que ver con la cifra en juego. Cuanta menor sea la cantidad para repartir, más justa ha de ser su oferta, si no quiere perderlo todo. Y la razón es la siguiente: por 25.000€, mucha gente estaría dispuesta a dejarse insultar por un adversario que se quedara con 75.000€. Pero por 25€, son muchos más los dispuestos a no llevarse nada, con tal de que su tacaño oponente pierda 75€. Otro ejemplo de comportamiento irracional.

Curiosamente, los experimentos con primates demuestran que este tipo de cálculos no son exclusivos de los seres humanos, lo que pone de manifiesto la naturaleza innata de gran parte de las emociones que subyacen en los comportamientos sociales. Si se obsequia a un mono con algo que le gusta, como un cacahuete, por realizar una determinada tarea, este aceptará, hasta que observe que a otros congéneres se les premia con un manjar más suculento, como pueda ser una uva, por realizar la misma labor; en ese momento, se negará a seguir colaborando. Este experimento demuestra que los monos son capaces de ponerse en huelga ante un trato que consideran injusto o discriminatorio.

Ahora traslademos este análisis al campo de la política. Si un colectivo considera que merece un trato ventajoso respecto a otros miembros de la comunidad, no se conformará con obtener un beneficio sustancial en sus demandas, si esta ventaja es compartida con otros miembros del grupo. Porque la cuestión no es cuánto consigamos, sino cuánto obtengamos más que los demás. Y hasta preferirán un trato peor, si este garantiza su singularidad respecto al resto. Es un cálculo que se realiza desde el plano emocional y, por lo tanto, ideológico; no racional.

Pensemos, por ejemplo, en la reclamación de una determinada Comunidad Autónoma que exige mejoras económicas o mayores cuotas de autonomía, pero que, sobre todo, lo que demanda es un trato diferencial respecto al resto de territorios. Si se le ofrece la mejora solicitada, haciéndola extensiva a las demás autonomías, le parecerá insuficiente; mientras que una concesión exclusiva, aunque sea mucho más modesta, se valorará como un gran triunfo.

Otro ejemplo: si un partido político exige un trato diferenciado que, supuestamente, beneficie a las mujeres, será considerado por la mayoría de la población como más feminista que otro partido que proponga medidas que sean objetivamente más favorable para ellas, pero que, al mismo tiempo, las haga extensivas a otros colectivos necesitados de protección, como puedan ser ancianos, niños u hombres más débiles que sus esposas. Concretando más: lo que se considera feminista es una ley que sitúe la palabra de una mujer por encima de la de un hombre, aunque con ello se destruya el principio de presunción de inocencia, que es uno de los pilares fundamentales en todo estado de derecho. Porque de lo que se trata es de establecer la feminidad como intrínseca y moralmente superior a la masculinidad. Da igual si ese mismo partido propone penas mucho menos duras que otros, para los maltratadores o para los que asesinan a sus mujeres. Es una cuestión de ideología, no de lógica. A fin de cuentas, quién no prefiere un cacahuete, disfrutado como privilegio, a un racimo de suculentas uvas compartido con otros.

Publicado en La Opinión de Murcia.

Alfonso González

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