El triunfo de la mediocridad

En el espléndido final de la película Amadeus, un Salieri encerrado en un manicomio (al que le ha llevado la locura desatada por el odio que siente al saberse un mediocre, frente a la genialidad de Mozart) pronuncia estas palabras: “Mediocres de todo el mundo, yo os absuelvo…”. En realidad, precisamente por saberse inferior, Salieri no podía ser un mediocre, sino una persona de gran talento, capaz de reconocer la diferencia entre él y el genio de Salzburgo. En otra película, El indomable Will Hunting, encontramos un caso parecido: el insigne profesor de matemáticas atormentado por los desaires que le prodiga su joven y brillante alumno le dice: “Tú me desprecias…, pero apenas hay en todo el mundo un puñado de personas capaces de apreciar la diferencia entre tú y yo; y yo soy una de ellas…”.

Las capacidades humanas siguen una distribución normal (o campana de Gauss), de tal forma que una mayoría de la población presenta valores intermedios, mientras que las puntuaciones superiores e inferiores son progresivamente menos frecuentes. Por este motivo, tal y como establece la Teoría del sándwich mixto, la mayoría de las personas desempeñan su trabajo con una apabullante mediocridad. No son trabajadores absolutamente inútiles, sino simplemente mediocres. Algo así como lo que representa el conocido emparedado de jamón y queso a la gastronomía mundial. A casi nadie le disgusta y a casi nadie le entusiasma.

Sin embargo, la enorme cantidad de incompetentes que nos encontramos cada día puede hacernos dudar de esta teoría. Esto fue lo que llevó al psicólogo Laurence J. Peter a formular el conocido Principio de Peter: “todo trabajador tiende a ascender en su empresa hasta lograr su nivel óptimo de incompetencia”. Este principio podría explicar la sobreabundancia de trabajadores ineptos: cuando un empleado es mínimamente competente, es ascendido a un puesto de mayor responsabilidad, para el que se encuentra perfectamente incapacitado y en el que, por lo tanto, tiende a permanecer el resto de su vida laboral. Pero aún hay otra posible explicación a la sobrerrepresentación de la ineptitud: la falta de alicientes para ser competente. En muchas ocasiones, los incentivos para que un trabajador siga formándose y se esfuerce por desempeñar su labor con brillantez son escasos; lo haga mejor o peor va a cobrar lo mismo y basta con que no sea un completo inútil para conservar su trabajo. Por otro lado, la mediocridad que nos rodea se ha encargado se sepultar cualquier atisbo de meritocracia: resulta mucho más efectivo para medrar poseer otras habilidades al margen de la valía intelectual, como la fidelidad servil al poderoso o la ausencia de ética para pisar a quien haga falta. No hay más que ver la mediocridad, con honrosas excepciones, de nuestros gobernantes.

Otro ejemplo lo hallamos en los numerosos incidentes ocurridos en la reciente convocatoria de la EBAU, por los errores cometidos en la redacción de las preguntas. No se trata de simple erratas, lo cual ya sería bastante grave, sino de errores conceptuales que harían bajar ostensiblemente la nota a los alumnos que los cometieran, a pesar de que estas pruebas son confeccionadas por profesores especialistas en la materia (muchos de ellos incapaces de aprobar un examen de cualquier asignatura que no fuera la suya).

¿Cómo es posible que un experto en una materia, con la responsabilidad de elaborar el examen con el que se juegan su porvenir miles de jóvenes, no posea los conocimientos para hacerlo sin cometer graves equivocaciones y tenga, además, la poca vergüenza de no verificarlo (o contrastarlo con otros colegas) una y mil veces para asegurarse de que los enunciados sean correctos? La respuesta es que no importa demasiado. Su incapacidad no supondrá asumir una responsabilidad que vaya más allá de una simple disculpa, matizada por la costumbre de restar importancia a la gravedad de los fallos cometidos. La ineptitud no se castiga en exceso, porque se tiene más que asumida; es el triunfo de la mediocridad. Y los ineptos no enloquecerán, como Salieri, porque jamás comprenderán la magnitud de su propia incompetencia, además de su miseria moral por no esforzarse en hacer su trabajo a la altura de un sencillo sándwich mixto.

Publicado en La Verdad de Murcia (17 de julio de 2020)

Alfonso González

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