Modelos

1991. Primavera. Cualquier madrugada del viernes al sábado. Sonaba mi alarma a las 2.30 P.M. Tan sigiloso como un espía infiltrándose en la base enemiga, llegaba al comedor. A partir de ahí, el plan (depurado y perfeccionado al milímetro) estaba claro. Primero encender el televisor tosiendo durante varios segundos para disimular el sonido de arranque. Segundo, sin dejar pasar ni una décima, pulsar el mute en el mando. Tras esto, sin confiarme pese a que lo difícil ya estaba hecho, tocaba reducir el brillo de la pantalla. Y, finalmente, poner TV2. ¡Misión cumplida! A hurtadillas, casi en penumbra y con un silencio sepulcral saboreaba mi recompensa: ver un partido de la NBA.

A principios de los 90 no había ni televisión a la carta ni Youtube. Internet estaba aún en pañales. Si querías ver la mejor liga de baloncesto del mundo, no quedaba más remedio que aplicar esa gran máxima que los locos de la canasta defendíamos a ultranza: “dormir es de cobardes”. Los que no nos conformábamos con las revistas Súper Basket y Gigantes, teníamos una cita con Ramón Trecet y su “Cerca de las estrellas” esos viernes de madrugada. Era algo espectacular. Acostumbrado hasta entonces a disfrutar con los Arcega, Villacampa, Epi y Biriukov, ver a Michael Jordan, Magic Johnson o Larry Bird fue como comparar las lentejas de mi madre con las mías. Otro mundo.

En esa época, varios de mis referentes fueron jugadores de la NBA, aunque si tuviera que destacar sólo a uno, sin duda sería Drazen Petrovic. De él admiraba su competitividad, su determinación, su capacidad de esfuerzo y sacrificio y su pasión por el baloncesto. Le quería imitar en todo. Que decían que él llegaba siempre el primero a entrenar, yo también lo hacía. Que leía que se quedaba hasta meter 100 triples tras el entrenamiento, yo también lo hacía. Que pedía las llaves del pabellón para ir a entrenar cuando quisiera, yo también lo hacía (aunque a mí, para suerte de mis padres, nunca me las daban).

Como me sucedió a mí con Petrovic, los referentes juegan un papel muy importante en nuestras vidas, especialmente en aquellas fases como la infancia y la adolescencia donde sentamos las bases de nuestra personalidad. Queremos ser como ellos y hacer lo que hacen ellos. Son mucho más que el espejo en el que nos miramos. Son fuente de inspiración, de motivación y de aprendizaje de valores y actitudes.

Ahora que soy padre tiendo a comparar lo que viví en esos años 90 en mi infancia y adolescencia con lo se podrá encontrar mi hijo en esas etapas de su vida. El retroceso en cuanto a educación y valores es algo patente. Y no es que hoy en día no haya en España grandes modelos. Los hay. Muchos y muy buenos. Como Nadal o Amancio Ortega. Contamos con grandes ejemplos de carisma, esfuerzo, saber estar, educación o bondad, pero parece que nuestros jóvenes (y no tan jóvenes) prefieren mirarse en otros espejos muy diferentes. Hoy en cualquier ámbito parece primar lo inmediato, el todo vale, el egoísmo y la mala educación.

“¿Qué es lo primero que buscas en tu hombre ideal?”, preguntaba Carlos Sobera a una joven de veintipocos en un programa de citas. “Que tenga muchos tatuajes”, contesta. No sorprende la respuesta si para muchos adolescentes y jóvenes la base para entender las relaciones de pareja se está aprendiendo gracias a tronistas, grandes hermanos y toda la fauna que han encerrado en La isla de las tentaciones en lugar de tomar como referencia lo que han mamado toda la vida en sus hogares gracias a sus padres y abuelos.

Más desalentador aún es el panorama de los que nos gobiernan. El ejemplo que sigue la mayoría no parece ser el de aquel político educado y respetuoso. Quien hace lo que dice y sabe estar cómo y dónde toca. Al contrario, quien llama la atención y sirve para muchos como referente es quien va en camiseta al Congreso, el que constantemente grita, amenaza y falta al respeto, el maleducado, el que saca a relucir los trapos sucios de los otros y justifica (si no puede esconder) los suyos o el que parece olvidar atentados terroristas para negociar y llegar al poder.

El panorama es incierto y algo pesimista. No sabemos qué valores primarán o qué modelos o ejemplos imperarán en la sociedad en un futuro no muy lejano. Y seguramente no tendremos ni voz ni voto cuando nuestros hijos adolescentes elijan esos referentes que les influirán en su desarrollo. Pero sí sabemos que durante un periodo importantísimo de sus vidas, la infancia, nosotros, los padres, somos sus principales referencias, sus modelos. Y que es especialmente ahí, con tiempo, amor, dedicación y paciencia, mucha paciencia, donde tenemos que educar y aportar esos valores y actitudes que les permitirán, llegado el momento, elegir esos referentes que les ayudarán a ser mejores personas.

Publicado en La Opinión de Murcia.

Javier Berrio de Haro

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