El cráneo de Hamlet, los bufones y los «followers»

 Ante la muerte de su padre, el príncipe Hamlet vuelve a una Dinamarca que olía a podrido. La corte tiene nuevo rey y una realidad escondida. Su tío, el nuevo regente, había asesinado al predecesor conspirando con su amada reina. En el cementerio, Hamlet, en una de las escenas más simbólicas de la obra, llora la ausencia de su fallecido amigo Yorick, bufón de la Corte, sosteniendo su cráneo entre las manos. “Nadie se ríe ahora de tus muecas” suspira.

Con este pasaje, Shakespeare no sólo evocaba la melancolía de la infancia de Hamlet sino que, sobre todo, reivindicaba la importante figura del bufón en la corte. Como describía mi admirado amigo Higinio Marín en su artículo “Estar a la altura“, hay que desconfiar de toda épica que no soporte la comedia. En una corte sin bufón que haga el contrapunto necesario al rey, difícilmente se evitará que el poder se enquiste y que el aire estancado acabe pudriéndose, tornándose irrespirable. Aunque no sin riesgo, el bufón emplea el humor para cantarle las verdades al regente. Tomás Moro, de inteligencia probada pero probablemente sin dotes para el humor, le cantó las verdades a Enrique VIII con el nefasto resultado conocido: perdió la cabeza. Literalmente.

Hamlet llega a una corte que ya no ríe. Sin oídos para voces discordantes, nadie se encuentra en disposición de discutir el relato forjado desde el poder Continuar leyendo «El cráneo de Hamlet, los bufones y los «followers»»

Zipi y Zape por Navidad

Una habitación infantil. Estanterías repletas de coches, muñecos y algún marco con fotos. Una mesita donde duerme la videoconsola de turno junto al pequeño televisor. Debajo, una torre de Pisa de videojuegos a punto de desplomarse. Al fondo, en su escritorio, tan concentrado como sobreexcitado, un niño armado con rotulador desafía todos los principios de la ergonomía, haciendo círculos frenéticamente sobre los juguetes deseados de esa guía introductoria al consumismo para jóvenes: el catálogo de juguetes. Esa Biblia que para muchos niños supone el inicio de la cuenta atrás hasta la Navidad.

La escena anterior ya ha sucedido. Se repite. Es cíclica. Como la Navidad. Como tantas cosas de la vida. Como ese niño el día de Reyes empachado de tanto regalo y papel de envolver que, a partir del cuarto juguete, ha dejado de disfrutar y, en modo piloto automático, abre compulsivamente unos presentes que quedarán olvidados en algún rincón de su cuarto. Perdón. Ya no caben. En algún rincón de su casa. Continuar leyendo «Zipi y Zape por Navidad»

La autoridad perdida

Cuando Montesquieu, hace varios siglos, propuso uno de los principios esenciales en los que se basan nuestros sistemas democráticos actuales, como es la separación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial del Estado, tenía un problema muy diferente al actual. En aquella época el poder ejecutivo, detentado por monarcas absolutos, invadía las competencias de los otros dos. Pero en la época actual el problema es el contrario, legislar e impartir justicia resulta sencillo, puesto que con escribirlo en un papel es suficiente.

Ahora lo que resulta realmente complicado es que la autoridad se ejerza. Los ejemplos son numerosos, uno de ellos es Cataluña, donde el Gobierno ha sido finalmente arrastrado a aplicar el artículo 155 de la Constitución a regañadientes y casi pidiendo perdón por ello, además de la impunidad con la que ha contado el Gobierno catalán los últimos años para incumplir sistemáticamente las leyes de todo tipo sin que ningún poder del Estado actuara. Otro ejemplo del problema es el tema de la llegada del AVE a Murcia, donde una turba minoritaria es capaz de paralizar unas obras de vital importancia para Murcia y obligar a sentarse a dialogar al Gobierno, so pena de ser calificado de autoritario y poco dialogante, palabras que en la jerga progresista son el mayor pecado que se pueda cometer. La lista de casos sería interminable. Continuar leyendo «La autoridad perdida»

La mediocridad nos hará iguales

«Un profesor puede tener en Tercero de ESO una clase con más de treinta alumnos, dos de ellos con una ACS, dos de altas capacidades, cuatro con TDAH, tres con problemas de desestructuración familiar y unos cuantos más, simplemente, sin ningún interés por el estudio y varios años de desfase curricular»

Imagínese que usted es un entrenador profesional y lo contratan para entrenar a un equipo ciclista. En su equipo tiene al ganador del último Tour de Francia, a un grupo de jóvenes (uno de los cuales no sabe montar en bici, otro padece un trastorno que le ocasiona fobia a las bicicletas y los otros son ciclistas aficionados, no especialmente dotados; uno de ellos, además, no sabe español), también tiene en su equipo a una persona a la que le falta una pierna y a otra de 80 años, enferma del corazón. Usted le plantea al presidente de su club ciclista si sería posible que la persona a la que le falta una pierna participara en los juegos paralímpicos, la persona anciana en un campeonato para la tercera edad, los jóvenes en un campeonato amateur y el deportista de élite en la Vuelta Ciclista a España.
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De Gila al caganer

Cuando algo sale mal, buscamos culpables.

Aquello de Gila de que “alguien ha matado a alguien” tiene su gracia porque rompe lo que esperamos saber: quién es el asesino.

Parafraseando a Gila podríamos decir que, en el asunto de Cataluña, alguien ha elevado a categoría cósmica el caganer, esa entrañable e idiosincrática aportación de Cataluña a la cultura universal. Lo que varía es a quién se le endilga la responsabilidad. Repasemos algunos candidatos. Continuar leyendo «De Gila al caganer»