Demasiada ironía para ser mentira

“Ha regresado Torquemada” se podía escuchar hace pocas fechas en el Congreso de los diputados. En relación a la susodicha frasecita, habría que iniciar un proceso reflexivo en relación a si, efectivamente, Torquemada ha regresado o acaso nunca ha dejado de estar presente.

El mencionado inquisidor ha pasado a la Historia de España como el más fanático y cruel de los inquisidores persiguiendo a los judíos para echarlos de España. Pero Torquemada no estaba solo. Si fue posible su obra es porque mantuvo colaboradores y estos no le iban a la zaga: Se dice de dos de ellos, Alonso de Espina y Alfonso de Cartagena, que eran tanto o más fanáticos que él.

¿Y qué tenían en común Torquemada, Espina y Cartagena además del mencionado fanatismo? Pues que siendo los más fervientes perseguidores de los herejes judíos, todos procedían de familias judías reconvertidas al cristianismo. Menuda ironía, vital, ¿verdad? Y eso sí que tiene plena actualidad en el panorama político actual.

Los más independentistas de entre los independentistas catalanes tienen el común denominador de ser hijos de andaluces y murcianos. Los más fervientes defensores del comunismo y la lucha de clases se compran chaletes de “a seiscientos mil euros”. Presentan mociones de censura los que elecciones tras elecciones ven caer en picado el apoyo recibido por los ciudadanos. Hay más: Los más defensores de España tienen cuentas en paraísos fiscales; los que se las dan de ir defendiendo la huerta de Murcia, talan árboles en la huerta para construirse casoplones con piscinas sin registrar. Todos los políticos que anuncian ser liberales inundan las redes sociales vanagloriándose del ingente reparto de ridículas subvenciones improductivas destinadas a malgastar el dinero de todos y a consolidar el Estado Benefactor cuando es su partido el que las reparte y, por supuesto, hablando de liberales, me vienen a la cabeza varios casos concretos que reclaman ayudas públicas sin límite, cuando son ellos mismos los beneficiarios.

Publicado en La Opinión de Murcia

Dos nociones huecas

Decía hace poco Álex Grijelmo que probablemente la principal aportación que Podemos ha hecho al panorama político español es la creación de un peculiar idiolecto que, ciertamente, ha hecho fortuna: “casta”, “confluencias”, “gente”, “círculos”, “vieja política”, “régimen del 78”… Y últimamente Iglesias y Echenique frecuentan mucho la expresión “bloque monárquico” para referirse de manera peyorativa al PP, el PSOE y Ciudadanos, y oponerles una supuesta visión republicana que no termina de entenderse. Se insiste así machaconamente en abrir el debate entre monarquía y república, cuando tal debate ni existe en España ni puede en realidad existir, ya que ambos son conceptos tan vacíos de contenido que no es posible afiliarlos a posiciones ideológicas.

Si partimos de la definición de monarquía (forma de estado en la que la jefatura se obtiene y se transmite de manera hereditaria), llegamos a la consideración de que cualquier otra forma de estado no ligada a una sucesión dinástica es una república. Con una caracterización tan vaga, ¿puede armarse un debate político serio y no simplista? Nadie sensato se consideraría republicano o monárquico sin una contextualización espacial y temporal precisas; nadie, con dos dedos de frente, preferiría vivir en la republicana Sudán antes que en la monárquica Dinamarca. O en la monárquica Arabia Saudí antes que en la republicana Italia. Y es que deberíamos empezar a desprender a ambos conceptos de las pátinas que se les presuponen (la república como un régimen democrático, la monarquía como una pervivencia de oscuras épocas pasadas), y a asumir que hay monarquías parlamentarias, pero también autoritarias (Marruecos) o absolutas (Catar), del mismo modo que hay repúblicas democráticas, de partido único (China) o teocráticas (Irán). Hay incluso repúblicas monárquicas, o monarquías republicanas, en las que las dinastías de tiranos se suceden en el poder (los Castro en Cuba, los Kim en Corea del Norte, los al-Ásad en Siria…). Tiranos sin corona y cetro, pero con más poder que cualquier soberano europeo.

En España no hay debate no sólo porque se trata de dos términos huecos; también porque nos hemos convertido en una sociedad pragmática que acepta lo que funciona, o más bien rechaza lo que no funciona, y las experiencias republicanas en nuestro país no inspiran más que a una minoría nostálgica de un pasado que ignora. Hemos asumido que, al igual que una nación tiene símbolos como el himno o la bandera, también la Jefatura del Estado puede ser simbólica y ligada a una dinastía histórica. Habrá quien piense que es absurdo que la genética sea quien designe la primera magistratura de la nación, pero podríamos objetar que no es menos absurdo organizar elecciones para un cargo igualmente simbólico y vacío de poder como es el de presidente de una república parlamentaria en la mayoría de países que tienen esa forma de estado. Tan decorativo y carente de poder es un monarca constitucional como el presidente de Italia, Alemania, Portugal o Israel, repúblicas en las que se vota un cargo sin funciones reales. Está además el hecho, como dijimos, de que la forma de estado republicana no garantiza que una dinastía no acabe perpetuada en el poder. Y sin acudir a los ejemplos citados de repúblicas dictatoriales como Cuba, Siria o Corea del Norte. Los Gandhi en la India, los Kirchner en Argentina, los Aquino en Filipinas o los Bush en los Estados Unidos han repetido presidencias democráticamente elegidas, pero impulsadas, qué duda cabe, por el peso de los apellidos.

¿Qué sentido tiene entonces insistir en un debate imposible al carecer los términos debatidos de un contenido completo? En España llenamos su vacuidad con nostalgias de pasados no vividos (ser republicano aquí se suele entender como republicano en el sentido de 1931 a 1933, o mejor de 1936 a 1939, y así no hay quien haga un debate político serio). Debe imponerse el pragmatismo y defender simplemente lo que es más beneficioso para cada nación. En la nuestra padecemos problemas de cohesión territorial no pequeños, y si la forma de estado monárquica contribuye a la estabilidad, con su carácter apolítico y su valor de símbolo de unidad y pervivencia históricas, no fomentemos tensiones y bandos (como el “bloque monárquico” cuya existencia postula Podemos) y trabajemos para hacer del nuestro un país más soportable.

Publicado en La Opinión de Murcia

Atrévete a pensar

Navegando por Internet me encuentro un artículo donde se habla sobre la serie Black Mirror. Su autor defiende que en realidad la tecnología no ha hecho que perdamos nuestro lado humano, sino que más bien ha sacado a la luz la parte más humana (y no por ello buena) del hombre, la de la pesadilla desquiciada por el espejo tecnológico. El ciberespacio es un lugar donde podemos liberar nuestras inconfesables pasiones vetadas en la realidad cotidiana, o como diría Freud, donde nuestro ello campa a sus anchas, un lugar seguro sin acceso para el superyó. Jamás había pensado en estos términos pero tal vez esta apreciación sea la pieza necesaria para dar sentido al puzle.

Existe una idea roussoniana más o menos generalizada, de que la pérdida del contacto con la naturaleza nos vuelve seres tristes y violentos, pero también se habla de la necesidad de esta pérdida, para así vivir de manera civilizada, en sociedad. El espacio natural se va perdiendo poco a poco y salvo honrosas excepciones es difícil recuperarlo. La mayoría de los hombres se sienten reconfortados cuando están lejos del mundo civilizado, pero esta sensación no dura mucho tiempo.

Los hombres se mueven entre dos tensiones existentes. Por un lado, el deseo de formar parte de la Sociedad Civil, teniendo así en ella un lugar, y por otro lado, el deseo de vivir sin ataduras, a merced de los instintos. Es aquí donde acaba lo idílico, los instintos nos conducen a áreas recónditas de nuestros ser, a las zonas oscuras, a lugares donde los sueños se descontrolan, donde las pesadillas no tienen límites. La paranoia y la violencia se convierten en acompañamientos frecuentes.

Si el Estado de Naturaleza es un estado donde impera nuestro lado más caótico y siniestro, donde cada cual puede hacer uso de sus instintos más bajos (sin dar explicaciones ni recibir reproches), tal vez el desarrollo tecnológico nos esté regalando una nueva Edad Dorada, tal vez la Dark web no sea otra cosa que una versión sofisticada del Estado de Naturaleza, de hecho, cuando veo películas sobre hackers y ciberdelicuentes, éstos se mueven en una especie de jungla binaria donde existe cierto gusto por las máscaras de animales, una visión grotesca y tenebrosa del Conejo Blanco de Alicia que ahora ya tiene wifi.

¿Dónde queda la Sociedad Civil? La sociedad civil ha sido engullida, carece de ciudadanos, hay consumidores, agregados y usuarios. Desde un punto de vista evolutivo nos hemos adaptado contra-evolucionando. En el nuevo contrato social hemos cedido pequeños espacios de libertad para conseguir bienestar, confort y sensación tanto de seguridad como de control, pero las pequeñas concesiones se han ido realizando durante períodos muy largos de tiempo, de manera que al final esas pequeñas sumas (como si de un plan de ahorro se tratara) han generado grandes concesiones.

  Si en su día la gran pretensión de Internet era ser una ventana hacia el mundo exterior, ahora esa ventana es cada vez más pequeña. Regalamos nuestras experiencias a otros usuarios para así nutrirnos unos con las experiencias de los otros pero poco a poco generamos un espacio discursivo donde la vanidad reina. El diálogo muere, la oposición muere, el conflicto muere, los zombis viven y buscan más cerebros que engullir. De vez en cuando, se levantan voces contra este sistema de vigilancia que en silencio estamos construyendo y consistiendo entre todos. Y cuando esas voces hablan, no faltan quienes se ocupan de atacar de manera maliciosa a aquellos que representan los últimos vestigios del viejo mundo. Un mundo donde todavía tenían sentido los códigos morales del Western, donde todavía tenía sentido actuar así por deber, porque a veces un hombre tenía que hacer lo que un hombre tenía que hacer, sin ninguna otra necesidad.

La legitimidad humana era la única línea roja, al menos en el viejo Oeste. Ahora, se recurre al desprestigio cuando alguien se levanta contra el sutil panóptico levantado con ladrillos digitales y usando como argamasa cientos de variopintas aplicaciones. El sentido moral se presenta como una desviación del sistema, una conducta disruptiva que carece de eficiencia para sobrevivir en entornos cada vez menos sólidos. Las denuncias realizadas por sentido del deber son tildadas de oportunistas o de esconder tras ellas jugosas prebendas económicas o venganzas consumadas. La conciencia moral se presenta como un elemento propio de frikis o desviados sociales.

Pensamos que nuestras vidas no pueden ser espiadas porque son aburridas y nos tumbamos en el sofá para ver los reality del momento. Pensamos que nuestras vidas no interesan a nadie, pero contamos con mimo las visitas y los “me gusta” de nuestras cuentas. Pensamos que nuestras vidas no interesan a nadie y luego nos indignamos si en la administración nos tratan como un número. Sí ni siquiera somos capaces de percibir cuán importantes son nuestras vidas, ¿cómo podemos protegernos de esta nueva forma de delincuencia? Quizá la humanidad ha alcanzado su mayoría de edad tecnológica y debe atreverse a pensar, quizá ya es el momento de leer condiciones de uso y cuestiones sobre nuestra privacidad cuando instalamos una app o cuando queremos formar parte de una red social. Ya no tiene sentido esconderse en la ignorancia (digital y no digital) somos responsables de ella. La ignorancia nos privará de la felicidad y pasaremos de ser felices usuarios a infelices víctimas de ciberdelicuentes.

Las viejas enseñanzas no pasan de moda. Nadie sale de casa sin cerrar la puerta pero alguien sabe cuántas puertas tiene su casa, alguien sabe dónde dejó cada juego de llaves.

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El ocaso de las pensiones

La realidad sociológica y demográfica nos dice que estamos viviendo un incremento notable del número de ancianos en nuestro país, en Europa y en el resto del mundo. Cada vez se vive más y ello comporta una gran preocupación en nuestras sociedades por las enormes demandas en servicios sociales y en prestaciones asistenciales que nuestros mayores precisan o van a precisar, máxime si sufren o son proclives a padecer procesos crónicos, invalidantes e incapacitantes de su persona o su salud.

El envejecimiento poblacional es y será una realidad a la que habrá que prestar la suficiente atención desde todos los frentes posibles y que obligará a grandes reformas en el sistema. Más ancianos y más situaciones de dependencia harán necesaria una mayor cualificación de quienes tengan que asumir esos cuidados tanto de un modo formal cuanto informal, ya sean cuidadores familiares o profesionales, servicios privados o públicos. En definitiva, si bien este senior boom es un gran logro histórico, político y social no es menos cierto que supone muchos desafíos y ciertas complicaciones.

Ahí tenemos, sin ir más lejos, la cuestión de las pensiones. Se dice que está en peligro el sistema público de pensiones. Hemos asistido a lo largo de los últimos años a diversas reivindicaciones a favor de un sistema público digno, protestas dirigidas a defender la obligación constitucional de mantener el poder adquisitivo real de las pensiones y su revalorización automática para no dejar al albur del gobierno de turno la posibilidad de tocar, recortar, privatizar o minorar las pensiones presente y futuras de nuestros mayores. Continuar leyendo «El ocaso de las pensiones»

El talento y la pura suerte

Cuando aquel tímido chaval de ocho años andaba todo el día dando balonazos frente al bar de su abuelo, por las calles del pueblo de la Mancha o en el colegio en sus ratos libres, tuvimos suerte de que sus padres, humildes y trabajadores, resolvieran inscribirlo en las pruebas de selección de las categorías inferiores del Albacete Balompié. Vieron su pasión y potencial y creyeron en él. Podían haberse echado atrás, por si le quitaba tiempo de estudio y deberes. Pero no.  Y tuvimos suerte.

A los doce años, compaginando colegio y fútbol a 44km de casa, un ojeador de un club de primera le ofreció un proyecto deportivo y escolar adaptado para que pudiera mejorar su rendimiento y estudiar. Tan joven, temeroso y no sin sacrificio personal optó por ese proyecto que huía de la uniformidad del sistema educativo para  seguir un camino que no sabía adónde le iba a llevar. Y tuvimos suerte de que así fuera.

Cuando en los momentos más duros de soledad del chaval, en una ciudad diferente, un sistema diferente, alejado de su familia, su tenacidad le permitió persistir. Y todos los españoles tuvimos mucha suerte.

Ese chaval, con alta capacidad deportiva e inteligencia futbolística, se convirtió en uno de los jugadores más brillantes de nuestro fútbol coronando su carrera no sólo con múltiples títulos para el equipo que lo fichó, sino también con el gol de la final de la Copa del Mundo un 11 de julio de 2010. Continuar leyendo «El talento y la pura suerte»