Democracia para entusiastas

Si preguntáramos a un número suficiente de personas sobre la importancia de expresar libremente pluralidad de ideas y opiniones como uno de los principales sustentos del sistema político que llamamos democracia, estoy seguro de que una inmensa mayoría daría por bueno el aserto. Y si convenimos que no sólo es cierto sino determinante porque toda persona tiene derecho a expresar su opinión en los términos que marcan las leyes, el civismo y la educación estaríamos apelando a la idea que Max Weber defendía sobre la ética de la responsabilidad como principio rector en la construcción del pluralismo.

Por desgracia, la otra ética, la de las convicciones personales que puede llevarnos a la dictadura de lo políticamente correcto, es el síntoma que revela que estamos muy lejos de alcanzar ese estado consciente de responsabilidad social. Presumimos de sociedades abiertas y tolerantes sin caer en la cuenta de que en nombre de esa tolerancia imponemos una atmósfera asfixiante no ya para quien discrepa abiertamente sobre asuntos de actualidad social o informativa que se presentan de manera uniforme, sino para quien se atreve siquiera a matizar cuestiones dominadas por determinados grupos de presión.

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Su talento es nuestro prestigio

Nadal gana el Roland Garros en 2019… otra vez.

No hace ni dos semanas que Nadal ganó su duodécima Ensaladera en París. Si es grande como deportista, mayor es como persona. En 2007 creó la Fundación Rafa Nadal con el objetivo de atender a jóvenes con discapacidad intelectual, la integración social de menores vulnerables y la promoción del talento deportivo.

Es sabido que se inició con los primeros golpes de raqueta a los tres años; a los ocho ganó su primer título sub-12 y a los doce su familia se tomó en serio su formación, dejando otros deportes como el fútbol para dedicarse de lleno al tenis. Fue su tío quien creó un grupo de confianza para proyectar su carrera, con personas como su médico que le impuso el rigor y la disciplina necesaria para ser un deportista de élite. ¿Habría tenido el mismo éxito si en lugar de comenzar con tres años hubiera comenzado con diecisiete? Probablemente no.

Justo mientras Nadal ganaba el Roland Garros me topo con un artículo de Maggie Fergusson en The Economist sobre el talento intelectual. Maggie habla de niños como Tomás que, con tan solo cinco años, tiene en su cabeza teorías sobre los agujeros negros, quiere ser astrofísico y siente la necesidad de aprender matemáticas para fundamentar sus teorías.

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¿Saben las mujeres lo que les conviene?

El gobierno regional va a destinar 3,5 millones de euros a promocionar las carreras de ingenierías entre las chicas ya que las mujeres se empeñan, mayoritariamente, en elegir Grados como Enfermería, Magisterio, Veterinaria o Farmacia (en los que representan entre un 65 y un 80% de los estudiantes). Los chicos, por el contrario, se decantan en mayor medida por las Ingenierías, Ciencias del Deporte o Informática (donde son entre el 75 y el 85%). Curiosamente, a nadie se le ha ocurrido aumentar la presencia masculina en la Universidad, ya que los hombres constituyen el 40% de los estudiantes. La premisa de la que parten los responsables del gobierno es que estas diferencias no pueden deberse a las preferencias naturales de unas y otros, sino que se debe a los condicionamientos culturales. Y así como algunas feministas proponen imponer a las mujeres determinadas cuestiones, asumiendo que si se les deja elegir optarán por lo que menos les conviene, los políticos han decidido abrir los ojos, con nuestro dinero, a tantas chicas que eligen erróneamente lo que quieren estudiar.

El problema de fondo consiste en creer que el ser humano es una página en blanco cuando viene al mundo, y que su personalidad se configura, únicamente, a partir de la influencia cultural del entorno en el que crece, negando que exista ninguna diferencia biológica entre los comportamientos masculino y femenino. Consideran que si las niñas eligen jugar con muñecas y los niños con coches es porque están sometidos, desde que nacieron, a la presión de una sociedad machista que tiene decidido de antemano aquello en lo que deben convertirse. Y cuando son mayores, si una chica elige estudiar Medicina o Filología, o se decanta por realizar un módulo de peluquería o de guardería, y un chico opta por matricularse en Ingeniería Industrial o Informática, o decide hacerse militar o policía, o cursar un módulo de mecánica, no es porque lo quieran así; simplemente, responden al lavado de cerebro al que les han sometido desde que nacieron. Aquellas chicas que inician un Grado en telecomunicaciones son heroínas que se han rebelado contra el opresor sistema; los niños que se hacen peluqueros son errores de la maquinaria de modelado de conducta que no ha conseguido transformarlos, de manera efectiva, en amantes de la grasa en el mono azul o de la programación de ordenadores.

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Regreso a Orán

Ilustración: Blek le Rat, Invansion Of Rats (1985)

La afluencia de series de zombis en la última década deja en evidencia el terrible gusto humano por los escenarios apocalípticos. Desde su inicio en 2009 hasta hoy, The Walking Dead cuenta ya con nueve temporadas.

Los zombis ganan de nuevo. Asómense a cualquier centro comercial y verán hordas caminando entre los pasillos o rondando cerca de la sección de electrónica. Cuentan los clientes habituales que todavía se atisban zombis ilustrados ojeando revistas y libros en secciones colindantes.

La victoria de los zombis ha hecho que la cepa sea cada vez más virulenta facilitando así su contagio y siendo cada vez más difícil establecer diferencias entre los portadores y no portadores del virus. Los modos de organización humana son más limpios y asépticos que los improvisados en las hordas, sirva como ejemplo, el vertiginoso ritmo con el que nacen grupos de WhatsApp, espacios donde diluir los conflictos desencadenados por la convivencia entre zombis y humanos. Este punto de vista no deja de ser una idea peregrina, por más que los zombis reclamen su derecho al voto (como bien nos mostró Joe Dante en El regreso), no hay posibilidad de reconciliación alguna entre ellos y nosotros.

La peste como ya advirtió Albert Camus, ha vuelto y no solo en forma de horda. Las ratas tan eficaces como un sistema de mensajería, golpean las puertas de nuestros hogares dejando variantes de las cepas clásicas.

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«¡Oh, capitán, mi capitán!»

La paternidad es una etapa única, maravillosa. Pero, como casi todo, también tiene sus daños colaterales. Inevitablemente nos va a cambiar. ¿El matrimonio? No tiene por qué. ¿Ser padre? Definitivamente, sí. Más o menos. A mejor o a peor. Antes o después. Pero nos va a hacer diferentes de aquel cada vez más desconocido y lejano “yo sin hijos”.

Aunque mi pequeño Javier me sirve para engañarme e intentar justificar esas canas y kilos que han aparecido por arte de magia, el cambio, como la procesión, se lleva por dentro. Ahora, entre pañal y biberón, siesta y paseo, lavadora y recoger la casa, a veces, cuando me queda batería (y ganas), hago un poco de introspección y me doy cuenta que desde que firmé este contrato indefinido mi vida ha cambiado mucho.

Mi nuevo yo se siente afortunado cuando duerme más de cuatro horas seguidas. Ya no padece de envidia sana cuando ve un deportivo de lujo, sino que automáticamente piensa en el espacio del maletero. Ya no busca Estrellas Michelín, sino restaurantes con zona infantil y sufre de atención selectiva involuntaria para encontrar 2X1, segunda unidad al 70% u otras ofertas de la categoría “cosas de bebé”.

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