Regreso a Orán

Ilustración: Blek le Rat, Invansion Of Rats (1985)

La afluencia de series de zombis en la última década deja en evidencia el terrible gusto humano por los escenarios apocalípticos. Desde su inicio en 2009 hasta hoy, The Walking Dead cuenta ya con nueve temporadas.

Los zombis ganan de nuevo. Asómense a cualquier centro comercial y verán hordas caminando entre los pasillos o rondando cerca de la sección de electrónica. Cuentan los clientes habituales que todavía se atisban zombis ilustrados ojeando revistas y libros en secciones colindantes.

La victoria de los zombis ha hecho que la cepa sea cada vez más virulenta facilitando así su contagio y siendo cada vez más difícil establecer diferencias entre los portadores y no portadores del virus. Los modos de organización humana son más limpios y asépticos que los improvisados en las hordas, sirva como ejemplo, el vertiginoso ritmo con el que nacen grupos de WhatsApp, espacios donde diluir los conflictos desencadenados por la convivencia entre zombis y humanos. Este punto de vista no deja de ser una idea peregrina, por más que los zombis reclamen su derecho al voto (como bien nos mostró Joe Dante en El regreso), no hay posibilidad de reconciliación alguna entre ellos y nosotros.

La peste como ya advirtió Albert Camus, ha vuelto y no solo en forma de horda. Las ratas tan eficaces como un sistema de mensajería, golpean las puertas de nuestros hogares dejando variantes de las cepas clásicas.

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«¡Oh, capitán, mi capitán!»

La paternidad es una etapa única, maravillosa. Pero, como casi todo, también tiene sus daños colaterales. Inevitablemente nos va a cambiar. ¿El matrimonio? No tiene por qué. ¿Ser padre? Definitivamente, sí. Más o menos. A mejor o a peor. Antes o después. Pero nos va a hacer diferentes de aquel cada vez más desconocido y lejano “yo sin hijos”.

Aunque mi pequeño Javier me sirve para engañarme e intentar justificar esas canas y kilos que han aparecido por arte de magia, el cambio, como la procesión, se lleva por dentro. Ahora, entre pañal y biberón, siesta y paseo, lavadora y recoger la casa, a veces, cuando me queda batería (y ganas), hago un poco de introspección y me doy cuenta que desde que firmé este contrato indefinido mi vida ha cambiado mucho.

Mi nuevo yo se siente afortunado cuando duerme más de cuatro horas seguidas. Ya no padece de envidia sana cuando ve un deportivo de lujo, sino que automáticamente piensa en el espacio del maletero. Ya no busca Estrellas Michelín, sino restaurantes con zona infantil y sufre de atención selectiva involuntaria para encontrar 2X1, segunda unidad al 70% u otras ofertas de la categoría “cosas de bebé”.

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«…las cosas del votar»

Si queremos recoger sandías no conviene sembrar alfalfa. Se recoge lo que se siembra. Luego intervienen muchos factores: el clima, el suelo, los cuidados del agricultor y hasta la buena o mala fortuna. Pero hay un factor que no interviene para nada: la intención del sembrador. Si ha sembrado alfalfa con la intención de recoger sandías, podemos decir no sólo que no tendrá sandías sino que es idiota.

Al margen su intención, quienes han votado socialismo recogerán lo que siempre, inevitablemente, produce la izquierda: miseria económica (repunte del paro, vamos a tributar hasta por los regalos de boda, las empresas huirán y los más pobres perderán sus herencias). Sin irnos a Venezuela o Cuba, en España fue así con Felipe González que dejó la enseñanza iniciando su descenso a los infiernos y un paro brutal. Fue así con Zapatero quien casi quiebra el país (acuérdense de la prima de riesgo). Y será así con Pedro Sánchez. Y cada vez que se apliquen políticas socialistas.

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Sufrimiento empático

El ser humano está sometido a muchas limitaciones. Nos sabemos frágiles, vulnerables. Y con capacidad de sufrir y de hacer sufrir.

El sufrimiento, personal o ajeno, provoca en nosotros respuestas que van del agobio al estrés pasando por la sensación de impotencia. La actitud con la que nos enfrentamos al sufrimiento es una cuestión que depende fundamentalmente de nuestra personalidad, de nuestra educación cultural y de nuestra libertad.

Hay quienes consideran que se tolera mejor el sufrimiento propio que el de los demás. De hecho, ver a nuestros semejantes padecer algún tipo de dolor físico, emocional o social, puede producir en nosotros una sensación empática de apropiación que nos hace vivir su sufrimiento como si fuera nuestro, sobre todo cuando el que sufre es un ser querido o cuando el otro es, en palabras del filósofo y médico norteamericano Tristam Engelhardt, un cercano moral, que conoces y ves, y no un extraño moral, a quien desconoces o cuya existencia no afecta en nada a la nuestra.

El sufrimiento ajeno nos sitúa en una posición de espectadores que nos invita a reflexionar sobre nuestra acción o inacción ante el mismo. Puede suponer, para nosotros, una recreación de la experiencia que padece el otro que nos haga posicionarnos de manera indolente o doliente frente a dicho mal ajeno. En definitiva, el sufrimiento del otro produce una gran paradoja en nuestro interior. Por una parte irremediablemente nos afecta pero, por otro lado, tenemos la posibilidad de poder gestionar el nivel de afectabilidad que este puede provocar en nosotros.

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Se busca mentor

Imagina un frasco, en su interior hay un número determinado de bacterias. Un segundo después, cada bacteria se duplica, y tendremos el doble. Cada una de las bacterias resultantes se vuelve a duplicar en cada segundo, y así sucesivamente. Pasado un minuto, el frasco está lleno. ¿En qué segundo las bacterias ocupan la mitad del frasco?

Este conocido problema, que aparece en el libro de Dimitri Formin, es el que utilizamos en el Círculo Matemático para dar la bienvenida a «los nuevos».

Sí, aquí en nuestra Región tenemos un Círculo Matemático. Empezó en enero y está formado por una constelación de personas fantásticas. Se formó por casualidad en navidades, cuando Fabi comentaba que tenía que recuperar las mates y en la cocina de casa le dimos un buen tute. A partir de ese día, quedábamos de manera informal, y en lugar de repasar currículo, nos pusimos a resolver otro tipo de problemas. Nos reuníamos en casa hasta que decidimos formalizarlo. Ahora el Circulo Matemático se reúne los miércoles en el espacio municipal La Nave en Puente Tocinos y cada uno de los participantes es un diamante que aún no sabe cuánto puede brillar.

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