Doscientos mil millones de bulos

“Las promesas de hoy son los impuestos de mañana”.

William L. Mackenzie.

Soy autónomo. Esta característica, como todas las que me acompañan (de sexo, raza o estado civil) no me otorga condición social de víctima o vulnerabilidad en grado preventivo. Más aún, ese conjunto de caracteres son determinantes en clave política para que mi cuota de autónomo que he pagado en marzo, abril y mayo sin obtener ganancia alguna y las de otros cientos de miles sufrague parte de los gastos corrientes de un Estado que con ellas abona nóminas, pensiones y subsidios y ayudas sociales indispensables para que España siga funcionando y otras que quizá no lo sean tanto, como las nóminas de decenas de miles de personas ocupadas en el sector público o amparadas por él en situación de empleo activo que llevan dos meses sin trabajar (ni teletrabajar) pero que los días 1 de cada mes tienen su dinerito en la cuenta del banco. Por decirlo de otro modo: en este partido de fútbol en el que se mezclan profesionales y aficionados soy de los que llevan el botijo al árbitro para que éste reparta el agua a su conveniencia. Quizá deba ser así.

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Ahora toca ahorrar

La principal diferencia entre los mejores y el resto está en la capacidad de ahorro y en la gestión del mismo. Si ahorras tendrás éxito en la vida y como no ahorres, como tengas los bolsillos llenos de agujeros, lo vas a pasar verdaderamente mal, independientemente del nivel retributivo y estatus que puedas llegar a alcanzar con tu puesto de trabajo.

La covid-19 ha provocado que las tasas de ahorro hayan crecido exponencialmente tanto en España como en el resto de países y, según las previsiones, podríamos llegar a cerrar el año con tasas de ahorro en torno al 20%.

En España se ahorra poco en comparación con los países con los que pretendemos compararnos y a los que muchos ponen como ejemplo. Bien es cierto que el ahorro creció en la segunda mitad del año 2019 pero no es menos cierto que tal crecimiento deviene de la incertidumbre generada por la inestabilidad política y ralentización del crecimiento del año pasado.

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La brecha digital

En la gran mayoría, si no en todos, los centros de enseñanza secundaria de nuestro país, hay un tipo de alumnos, que podríamos llamar objetores escolares, cuya única dedicación es no hacer nada, y si hacen algo es casi peor, puesto que no suele ser nada bueno. Actitudes desafiantes hacia el profesorado, conductas inapropiadas hacia sus compañeros, inadaptación a las normas de los centros, desprecio a lo que representa la cultura… son los patrones que se repiten en este tipo de alumnos.

La LOGSE creó los orientadores en los centros para, entre otras cosas, tratar este tipo de conflictos y en la medida de lo posible encauzar a estos alumnos hacia una actitud más positiva. Posteriormente, surgieron los profesores técnicos de servicios a la comunidad, cuya función, entre otras, también es tratar a estos alumnos y, además, desde siempre han existido los servicios sociales de los Ayuntamientos, que también tratan estos temas, puesto que sus familias son, en muchos casos demandantes de estos servicios.

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La boda que acabó en funeral

Mucho se ha escrito ya sobre la responsabilidad del gobierno en la propagación de la epidemia del coronavirus, y no solo por los errores, dilaciones y extralimitaciones en la gestión de la crisis, sino por haber permitido y animado a participar en las manifestaciones del 8M, cuando ya había indicios suficientes y advertencias de organismos internacionales sobre lo que se nos venía encima, y tan solo 24 horas antes de reconocer la urgente necesidad de tomar medidas excepcionales para evitar la propagación de la epidemia.

El gobierno tiene una responsabilidad política evidente por aquella actuación. Pero no pienso que actuara así por anteponer sus intereses políticos a la vida de las personas. Más bien creo que se produjo una negligente falta de previsión, que llevó a minusvalorar la gravedad de la pandemia, porque el éxito de las manifestaciones del 8M era algo de vital importancia para el gobierno. Y voy a aventurar una posible explicación a esta falta de sentido de la realidad, que ha contribuido a que la crisis sanitaria haya sido mucho más grave en España que en el resto de los países europeos.

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Hablemos de cosas importantes

La ciudadanía moderna necesita sus propias papillitas.

Como el resto de españoles, llevo más de un mes enclaustrado y, al margen de muchas meditaciones sobre encerrados literarios (las hijas de Bernarda Alba, el príncipe Segismundo de Polonia, Gregor Samsa o el conde de Montecristo), no dejo de pensar en qué cosas tan importantes tenía nuestro Gobierno que hacer durante el primer trimestre del año que le impedían comprar como si no hubiese mañana guantes, mascarillas, pantallas protectoras, antisépticos y todo tipo de material cuya escasez, especialmente entre el propio personal sanitario, ha ayudado a que miles de compatriotas hayan caído como ratas. Tiro de hemeroteca y veo que el Presidente y sus miles de vicepresidentes, ministros, secretarios y subsecretarios de Estado discutían, entre otros asuntos de importancia (como la regulación legal del piropo) el encargo de un informe sobre usos racistas, xenófobos y segregacionistas del lenguaje.

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