¿Revolución fiscal?

Estoy a favor de bajar los impuestos bajo cualquier circunstancia, por cualquier excusa y por cualquier razón, siempre que sea posible. Y es posible bajar impuestos manteniendo e incluso incrementando el grado de bienestar.

Como saben, la idea es del Nobel de Economía Milton Friedman. Y yo la suscribo. Pero antes de hacer un breve repaso a las condiciones de posibilidad de la afirmación anterior permítanme centrar el debate. Bajar, o subir, impuestos no es revolucionario, por lo tanto el anuncio de bajar impuestos, aunque se refiera a bajar absolutamente todos los impuestos, no debe catalogarse como “revolución fiscal”. El concepto escogido para anunciar la bajada de impuestos, a mi modo de ver, es un error mayúsculo por parte de quienes lo acuñaron, primero porque bajar impuestos no constituye tal revolución si no viene acompañado de otras cosas y, en segundo lugar, porque revolución significa algo así como “cambio brusco” y, por lo tanto, estás dando la oportunidad a los de enfrente para que esgriman todo tipo de calificativos asociados a ese cambio, tales como peligroso, suicida, injusto, etc.

Es posible bajar impuestos en el entorno económico actual, si bien habrá que atender de forma necesaria al rediseño de los elementos subjetivos de cada uno de los impuestos que existen y o bien cambiarlos diametralmente o bien diseñar otros nuevos que suplan de forma adecuada el necesario precepto de ser justos a la hora de recaudar y quitar a cada uno lo estrictamente necesario y no más. Por ejemplo el IRPF: teniendo en cuenta que es uno de los impuestos que más ingresos genera a las administraciones públicas, fijándonos en lo que hizo el país más eficiente del mundo, fiscalmente hablando, deberíamos simplificarlo, hacerlo sencillito y, teniendo en cuenta quienes son los que verdaderamente lo pagan, podríamos plantear diseños de tipo único generalizado que gravara las rentas del trabajo, dejando exentas las del capital, haciendo que mucha gente que hoy paga o bien deje de pagar o pague menos pero, por otro lado, que otros, que tienen más posibles, puedan contribuir a que la administración mantenga los niveles de recaudación previos a la reforma. Revolución fiscal debería ser cambiar y simplificar los impuestos, no sólo bajarlos.

La finalidad de la bajada de impuestos es algo que no debe dejarse de la mano de Dios. Si bajas los impuestos debe ser con un motivo claro y determinado de política económica. Si no lo haces así, además de anular el efecto del anuncio conseguirás que los que entienden, especulen de forma interesada sobre los efectos de tal decisión tributaria. Suelen decir: “Para que el dinero esté en el bolsillo de la gente” y ese no es motivo ni justificación de política económica. Qué hacer con ese dinero será lo que deba centrar las explicaciones de los políticos que pretendan bajar los impuestos que, unido a la puesta en marcha de otras medidas económicas, permitan conseguir el efecto deseado. A mi modo de ver, no se debe fomentar el consumo para que este fomente el crecimiento e incremente la recaudación. El escenario de tipos de interés y los anunciados estímulos de política monetaria no están consiguiendo el efecto deseado, por lo que no puedo ser tan optimista como de costumbre.

A mi modo de ver, los tipos de interés, tan bajos, están llevando a tomar decisiones erróneas a los individuos: amortizamos hipoteca porque la tenemos a tipos de interés más altos que los actuales cuando el escenario de largo plazo es bien distinto; se fomenta la inversión de escasa productividad y, lo que es peor, está permitiendo que los gobiernos financien holgadamente todo tipo de dislates y mamandurrias sin ningún tipo de priorización por razón de oportunidad. Por cierto, puesto que he citado el término productividad, en un escenario como el fomentado poco se pueden incrementar los salarios, una pena.

Hay que fomentar el ahorro y la Administración debe dar ejemplo. En los últimos cuatro años venimos gastando una media, de 525 millones de euros más de lo que teníamos (déficit) cada año. Los incrementos de deuda están evolucionando a un ritmo medio de 600 millones anuales y el presupuesto anual se suele incrementar en torno a 250 millones. Si tuviéramos en cuenta una bajada generalizada de la recaudación por IRPF del 5% y elimináramos por completo el impuesto de sucesiones y donaciones estaríamos dejando de ingresar aproximadamente unos 115 millones. A buen entendedor… Y todo ello sin tener en cuenta cambios en el diseño de los impuestos que permitiría recaudar más.

Por lo tanto, lejos de incrementos presupuestarios que no justifican incrementos de bienestar sino, más bien, suponen hipotecar su consolidación, hay que gestionar mejor. Reducir gastos ineficientes y, tal y como afirma la AIReF, controlar la eficiencia de las partidas de gasto en subvenciones y mamandurrias.

Concluyo, como empecé, parafraseando a Milton Friedman: si queremos reducir el tamaño del gobierno, no queda otra, hay que bajar impuestos.

Publicado en La Opinión de Murcia.

Rubén Martínez

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