¿Subir los salarios?

Los jóvenes que estudian bachillerato prefieren, cada vez más, ser funcionarios (26%) a empresarios (21%). Y en Murcia esa diferencia es seis puntos porcentuales más grande que en la mayoría de provincias españolas.

Dicen que los jóvenes de hoy en día son los más preparados. Discrepo. Tal vez sean los que más títulos universitarios por vivienda tienen colgados en las paredes si bien, a mi juicio, no están más preparados que cualesquiera otros jóvenes de pasadas generaciones para afrontar sus contemporáneos retos. Es muy cierto que el abanico de posibilidades que hoy en día tenemos tanto los jóvenes como los no tan jóvenes, unido al acceso y facilidad para poder desarrollar las capacidades para aprovechar tales posibilidades es mayor hoy en día que en cualquiera otra época más o menos reciente.

Si los jóvenes prefieren ser funcionarios en vez de empresarios es simple y llanamente porque son ‘más listos que el hambre’ y tienen expectativas racionales a la vista de cómo evoluciona nuestra sociedad. Los jóvenes no están fallando, en todo caso, si alguien falla, somos los que hoy por hoy tiramos del carro los que fallamos.

La disyuntiva sobre trabajar en el sector público o en el sector privado ha existido siempre y es que tanto lo uno como lo otro tiene sus cosas buenas y sus cosas menos buenas. Se puede trabajar en el sector público, en todo su ámbito, y ser eficiente, diligente, dinámico, en definitiva, un gran profesional y muy implicado con lo que haces. La diferencia no está ahí. Cuando alguien toma la decisión de acceder a un puesto en el sector público busca, principalmente estabilidad laboral y a cambio está dispuesto a verse sometido a unas condiciones económicas en clara desventaja en relación al que trabaja en el sector privado. Lo ideal sería que cada cual cobrara según genera si bien entiendo y veo con buenos ojos que para un mismo puesto de trabajo se pague lo mismo independientemente de la empresa o sector en que esta desarrolle sus servicios aunque es comprensible y defendible que la incertidumbre que el mercado genera lleve aparejada una remuneración superior para quien está en el sector privado, de la misma forma que debemos entender que el empresario, que es quién se juega los cuartos y además trabaja en la empresa, debe ser el que obtenga mayor rédito por ello.

Pero esto no está sucediendo hoy en día, ocurre justo al revés. El sector privado no está remunerando, para un mismo puesto de trabajo, por encima del sector público y esto, además de preocuparnos, debe llevarnos a hacer alguna que otra reflexión por las enormes repercusiones socioeconómicas negativas que tiene para el funcionamiento de cualquier sociedad.

Para salir de la crisis nos hemos visto obligados a ganar competitividad en el corto plazo a través de la reducción de los costes laborales. Nada se puede hacer sobre lo ya acontecido ni aporta mucho abrir el debate sobre la idoneidad de tanta promoción de autónomos y políticas de exportación indiscriminada, si bien se debe defender que este modelo no perdure mucho en el tiempo porqué nos va a llevar a una nueva crisis, si cabe, más profunda que la anterior.

Es urgente revertir la situación del trabajador por cuenta ajena del sector privado. Se hace necesario que los trabajadores generen tal productividad en las empresas que permitan que éstas puedan competir con el resto del mundo y, a la vez, que se puedan incrementar suficiente y significativamente, de manera generalizada, los salarios en un porcentaje, cuanto menos, de dos cifras para consolidar la verdadera y adecuada salida definitiva de la crisis.

Algunos dirán que la solución pasa por bajar el sueldo a los funcionarios y otros tantos dirán que es necesario subir los salarios para que la gente consuma más y que al consumir más se incrementarán los beneficios empresariales que, a su vez, generarán mayores posibilidades de contratación. Nada más lejos de la realidad.

Si es perverso en pleno siglo XXI vivir por debajo del umbral de pobreza, más perverso es vivir bajo dicho umbral y trabajando ocho horas diarias. Los trabajadores tienen que ganar más para poder vivir bien y ahorrar algo y esos ahorros ya podrán dirigirse a financiar adecuados y rentables proyectos de inversión.

No se están dando las condiciones para que las familias puedan ahorrar. Los tipos de interés están por los suelos y aunque suban ligeramente a finales de este año o principios del siguiente, tal subida no va a suponer el efecto que se necesita ya que si suben mucho se verían muy afectadas las cuentas públicas si atendemos al ingente nivel de endeudamiento del sector público y al dinero que continuamente necesita imprimirse para mantener el statu quo.

No se están acometiendo adecuadamente las políticas que permitan incrementar el valor añadido que los trabajadores aportan a las empresas y seguimos pensando que por el mero hecho de que todo el mundo tenga un título universitario colgado de la pared ya vivimos mejor que antes y lo que es más importante, las políticas públicas y decisiones gubernamentales giran en todo momento en torno a qué hacer para que los estados puedan recaudar más (que siempre lleva a la larga a endeudarse más) cuando deberían centrarse en qué hacer, no ya para molestar lo menos posible, sino para aportar el valor necesario para que cada vez más familias puedan efectivamente, mantener una vida digna.En definitiva, se debe romper esta especie de tregua tóxica concedida que nos ha acomodado en la espiral de gasto descontrolado: mayor gasto público, mayor endeudamiento y más necesidades de mayor recaudación. Qué ya lo dijo Séneca y Churchill y Franklin y hasta aparece en la Biblia: Trabajo y ahorro. Punto.

Publicado en La Opinión de Murcia

Rubén Martínez

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