Una vacuna contra el idealismo

Explicar la Capilla Sixtina a quien nunca la ha visto tiene que ser complicado. Algo así ocurre cuando se lleva a la clase de Bachillerato al Quijote, una obra que, a diferencia de hace un par de décadas, a los alumnos no se les hace leer, que los alumnos probablemente ya no son capaces de leer, y que muchos de sus profesores tampoco han leído.

En los institutos, el Quijote es una especie de enorme y engorroso esqueleto de dinosaurio que se ha convertido en un estorbo en un museo de Ciencias Naturales. Y su explicación, en la reiteración de tópicos heredados de las interpretaciones decimonónicas de la obra, la paráfrasis de unas cuantas viñetas icónicas y descontextualizadas, y la exposición arqueológica de una reliquia del pasado que debe admirarse sin precisar en ningún momento por qué, como si fuese un ídolo de piedra.

Es complicado abordarlo, así que cuando enfrento a esta obra con mi treintena de alumnos de Primero de Bachillerato (como me ocurrió la semana pasada), procuro mostrarles lo que tiene de lección vital, de enseñanza tan valiosa que la hace digna de ser leída, desmontando el mito de don Quijote que durante décadas ha circulado en las aulas y que, sorprendentemente, aún sigue escrito en esa lacra que yo me niego a utilizar y que son los libros de textos.

Este mito se basa en presentar al protagonista como el último caballero andante, el estertor de unos tiempos nobles y justos en los que los ideales lo guiaban todo, desde el amor a la guerra. En una época mezquina y materialista como el comienzo del reinado de los Austrias Menores, don Quijote representaría lo que de puro y virtuoso tuvo el hombre en el pasado, y que perdió para siempre. Y eso no es así. Ni el planteamiento que acabo de exponer, ni la intención de Cervantes.

Yo les decía a mis alumnos que don Quijote es, ciertamente, un idealista, pero eso no tiene por qué ser necesariamente bueno. Es más, los idealistas suelen ser tipos peligrosos, que si disponen del poder necesario, plasman sus principios en totalitarismos monstruosos. El ideal de la comunidad nacional acabó en los campos de exterminio nazis, y el de la igualdad universal, en los gulags soviéticos.

Don Quijote es una anacronismo viviente, alguien que quiere aplicar unos usos sociales y políticos pre-estatales y medievales en el peor sentido del término, en un mundo en el que desde hacía un siglo se había creado el Estado moderno. En una España con instituciones jurídicas y legales, con tribunales de justicia y con la Santa Hermandad, don Quijote, por ejemplo, libera a los galeotes condenados a remar a causa de todo tipo de delitos y crímenes, y afirma: “Allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo, que no se descuida de castigar al malo ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en ello”. Una declaración tradicionalmente interpretada como un noble alegato de la libertad, que en realidad es una defensa de la barbarie y de la anomia. ¿Este es el paradigma de ejemplaridad que hay que mostrar a nuestros alumnos? ¿Un loco violento que agrede a desconocidos, arremete contra animales y libera a delincuentes juzgados y condenados? No es lo que quiso Cervantes, que aunque simpatizase con Alonso Quijano como personaje, no pretendió mostrarlo como modelo.

El autor viene a decirnos que los ideales de amor, lealtad, virtud, honor, amistad u honradez son algo noble pero libresco, que no existían ni en el momento de la escritura de su libro, ni en la Edad Media romántica retratada por las novelas de caballerías, ni en nuestro presente.

El Quijote es una advertencia, una lección sobre la irrealidad de los ideales y el peligro de ponerlos en práctica; peligro para el propio sujeto (que enloquece y se convierte en un dictador totalitario en potencia), y peligro para quienes lo rodean (sus también reales o potenciales víctimas).

El Quijote es una obra literaria sublime, actual como pocas, única a irrepetible, pero su lección vital ha sido diluida por siglos de malos intérpretes, y es necesario llevarla a las aulas por el bien de los alumnos. Espero que los míos, a los que dedico estas líneas, la hayan entendido.

Publicado en La Opinión de Murcia.

Alberto Hernández

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