Adicción a la teleficción

La televisión ocupa un papel esencial en nuestros hogares. Forma parte del imaginario doméstico y hasta se ha convertido en el rey de la casa. Pantalla prodigiosa que reproduce todo cuanto puede ser captado y permite tele-evadirnos y tele-transportarnos a lugares, situaciones o personas que interpelan la distinción entre la ficción y la genuina realidad.

Vivimos en la era de la comunicación (o de la incomunicación, según se mire), en la aldea global de la sobreinformación (o de la desinformación) donde las imágenes se han convertido en un bien de uso y consumo, en un producto que nos permite estar interrelacionados e interconectados con cualquier asunto de cualquier lugar.

Consumimos televisión de manera compulsiva, ya sea para distraernos, sentirnos acompañados o satisfacer nuestros egos, sin cuestionarnos apenas la veracidad de lo que vemos y la finalidad ideológica de los magacines, reality show, talk show o series que se emiten, muchas veces dirigidos por políticas televisivas sensacionalistas dependientes de índices morbosos de audiencia.

El medio televisivo es utilizado como herramienta de mercadotecnia para captar adeptos o embaucar a multitudes acríticas. Algunos de sus programas, sobre todo los dedicados a la “telebasura”, la “telerrealidad” o la “prensa rosa”, dirigidos claramente a determinados colectivos etarios y demográficos, están provocando actitudes sociales de auténtica teledependencia. Estos programas, diseñados para entontecer y adocenar a miles de telespectadores adictos a los asuntos de los demás y a la desprivatización de las vidas ajenas, están sometidos a la demanda social hasta el punto de que siguen el patrón de dar a la gente lo que la gente quiere; y está visto que algunos prefieren fidelizar su ocio y ocupar sus mentes en estar tele-ausentes.

La televisión, con su cohorte de canales y plataformas (Netflix, Prime video, HBO, Rakuten, Filmin, etc.) es un medio de comunicación de masas que provoca efectos catárticos, habituación, dispersión y cierta dependencia mental, sobre todo, en televidentes infantiles y en adultos con necesidad de narcotización, diversión o pasatiempo trivial. Pero cabría preguntarse, ¿hasta qué punto todo cuanto sale por la caja tonta de la televisión es verdad? ¿hasta qué punto merecen credibilidad los chismes, las intimidades de ciertas personas, el descrédito del honor y las patrañas zafias de muchos inmerecedores de fama? Las imágenes de la televisión, al igual que las del interior de la caverna platónica, pueden deformar la realidad, falsear la verdad, manipular las conciencias y atolondrar a los sujetos humanos cuyas vidas se centran, por triste que parezca, en estar al tanto de asuntos banales. Pero, lo que es peor, este medio puede desnaturalizar la realidad o convertir esta en una mera ficción sujeta a la teleadicción.

Esta adicción a la ficción televisiva, cuando es convertida en una fábrica de desvergüenzas y sensacionalismos, en un espectáculo morboso y pseudorreal, genera teledependencia para algunos y alienación para otros, por la farsa de ciertos personajes o celebrities que lejos de culturizar a la ciudadanía, muestran y acercan, con el aireo constante de las intimidades y la superficialidad de sus desdichas, al lado más irracional, vergonzoso, degradante o irrisorio de la vida humana.

Como dijo el economista Galbraith en su libro La era de la incertidumbre, los medios de comunicación son los que, en las sociedades de consumo, educan los gustos de los consumidores de la manera que más favorezca la comercialización de sus productos. Somos consumidores de imágenes, de opiniones, de publicidad, etc., hasta de deseos, de falsas necesidades o de gustos que otros heterónomamente quieren proponer mediáticamente a la masa de televidentes crédulos como felicitantes o válidos para sus vidas. Esta adicción o lobotomización de muchos a la ficción y al morbo de la telerrealidad nos hace pensar si tenemos la televisión que queremos o la que merecemos… Me gustaría pensar que lo primero, pero la vulgaridad, las excentricidades y los exhibicionismos de algunos zoológicos humanos que vemos en muchas parrillas televisivas a diario nos hacen apuntar más a lo segundo. Ojalá el hombre unidimensional de Marcuse en el que muchos se han convertido abandone la opresión de vivir desde el pensamiento único de la teleficción al pensamiento divergente de la auténtica realidad.

Publicado en La Verdad de Murcia (12/2/2021)

José García Férez

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