Agenda 2030, ya en cines

Si muchos tiranos muertos y enterrados pudieran darse una vuelta por nuestras sociedades de hoy quedarían maravillados ante los últimos avances de su especialidad. Resulta que no hacía falta reprimir, oprimir ni suprimir la libertad de sus paisanos. Lo que hacía falta era pregonarla como valor absoluto. Tampoco era necesario usar el casposo recurso del “amor a la patria” y los valores que encarnaba tu raza, tu tradición y tu cultura. Era mucho mejor idolatrar al individuo, colocarlo en un pedestal, reconocer que no había nada por encima ni de éste ni de su libertad y entonar juntitos de la mano loas a grito “pelao” por el progreso, la fraternidad y la multiculturalidad. ¿Que a dónde voy a parar? Comprueben ustedes mismos.

Resulta que las legislaciones de las sociedades más avanzadas protegen contra viento y marea los derechos individuales. Sin embargo, nadie osa oponerse al “bien común” cuando este los pisotea (aunque la expresión “bien común” encierra no pocos galimatías y sirve como pretexto las más de las veces en que se usa) ni a los “derechos colectivos que establecen discriminaciones positivas. Hubimos de conocer los horrores de la experimentación con humanos en la Segunda Guerra Mundial para dar lugar a toda una serie de recomendaciones (Nuremberg, Helsinki, Oviedo…) y legislaciones nacionales e internacionales que protegieran los derechos de los usuarios de los servicios de salud a ser informados, decidir y dar su consentimiento antes de todo procedimiento para que ahora nos obliguen a recibir sin preguntarnos terapias y medicamentos meramente experimentales.

Normal que esta revolución haya tardado tanto en llegar. Ningún tirano de toda la vida sería capaz de soportar la lectura de un texto como la sección 1ª, sobre los derechos fundamentales y las libertades públicas, contenidos en la Carta Magna de una sociedad política como España. Nadie puede culparles por ello. Esta Carta está cuajada de libertad y de defensa de los individuos. Sale por todas partes. Podría decirse que está bañada en estos valores como un borracho, uno de esos riquísimos bizcochos. Pero los administradores piden a los ciudadanos que se estén quietecitos en sus casas y nadie se mueve, aunque no se haya declarado ni el estado de excepción ni el estado de sitio. 

Será que, como decía Chesterton, no hay mayor esclavitud que la de ser hijo de tu tiempo, pues así también lucen los tiempos. Nunca antes como en las llamadas “sociedades abiertas” se había pregonado con tanto apasionamiento las bondades de la libertad de pensamiento, expresión, opinión e ideología, precisamente en las mismas en las que se ha dado lugar a la cultura de la cancelación por cualquier medio y de la forma más inmisericorde contra todo discrepante. Si nos damos cuenta, era necesario implicar a toda la maquinaria del Estado para proteger algo tan básico como la libertad de prensa e información para que toda ella quedara en manos de los cuatro amigos que administran su flujo a nivel mundial. La multiculturalidad, dicen, es la gran riqueza de aquellas sociedades pero, eso sí, mientras nadie discuta la asimilación de una “cultura global”, aunque esta ponga en peligro otros valores culturales. Vemos que tenía que llegar la época de la post verdad para que de una vez por todas pudieran reconocerse aquellos dogmas indiscutibles con los que se nos asaetea noche y día. En fin, está claro que era necesario proteger al máximo nivel el derecho a la vida de todas las personas, usurpando el sagrado derecho del tirano a la pena capital, para que la ONU y la OMS promocionen y fomenten el aborto y la eutanasia en todo rincón del orbe. Por no hablar de lo importante que era declarar el genoma humano como patrimonio de la humanidad para preservar su intocabilidad en infinidad de documentos a fin de poder defender la necesidad del transhumanismo, que dejará en ridículo las aspiraciones eugenésicas del nazi más acérrimo.  Y así…

¿Cómo no iba a tardar en llegar esta revolución? Aviso a navegantes: la ONU ya está preparando su Index. Por si alguien quiere tener el honor de aparecer en él.

Publicado en La Verdad de Murcia (26/02/2021)

Marco A. Oma

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