El triunfo de la mediocridad

En el espléndido final de la película Amadeus, un Salieri encerrado en un manicomio (al que le ha llevado la locura desatada por el odio que siente al saberse un mediocre, frente a la genialidad de Mozart) pronuncia estas palabras: “Mediocres de todo el mundo, yo os absuelvo…”. En realidad, precisamente por saberse inferior, Salieri no podía ser un mediocre, sino una persona de gran talento, capaz de reconocer la diferencia entre él y el genio de Salzburgo. En otra película, El indomable Will Hunting, encontramos un caso parecido: el insigne profesor de matemáticas atormentado por los desaires que le prodiga su joven y brillante alumno le dice: “Tú me desprecias…, pero apenas hay en todo el mundo un puñado de personas capaces de apreciar la diferencia entre tú y yo; y yo soy una de ellas…”.

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La boda que acabó en funeral

Mucho se ha escrito ya sobre la responsabilidad del gobierno en la propagación de la epidemia del coronavirus, y no solo por los errores, dilaciones y extralimitaciones en la gestión de la crisis, sino por haber permitido y animado a participar en las manifestaciones del 8M, cuando ya había indicios suficientes y advertencias de organismos internacionales sobre lo que se nos venía encima, y tan solo 24 horas antes de reconocer la urgente necesidad de tomar medidas excepcionales para evitar la propagación de la epidemia.

El gobierno tiene una responsabilidad política evidente por aquella actuación. Pero no pienso que actuara así por anteponer sus intereses políticos a la vida de las personas. Más bien creo que se produjo una negligente falta de previsión, que llevó a minusvalorar la gravedad de la pandemia, porque el éxito de las manifestaciones del 8M era algo de vital importancia para el gobierno. Y voy a aventurar una posible explicación a esta falta de sentido de la realidad, que ha contribuido a que la crisis sanitaria haya sido mucho más grave en España que en el resto de los países europeos.

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Europa y los cisnes negros

La reciente victoria de Boris Johnson en las elecciones británicas no solo vino a refrendar la decisión del Brexit, sino que puede llegar a desencadenar la ruptura del Reino Unido tras un posible plebiscito de independencia en Escocia, mayoritariamente partidaria de su permanencia en la Unión Europea. Pero, además, supone un duro golpe a la idea misma de la Unión Europea y a la pretensión de que sea posible lograr y mantener, alguna vez, una Europa políticamente unida, capaz de ejercer alguna influencia en el nuevo orden internacional que presumiblemente será liderado por China. Si a la desunión política unimos el hecho insólito de que las naciones europeas parecen haber decidido suicidarse demográfica y culturalmente, podemos preguntarnos si no nos encontramos ante el declive mismo de la civilización occidental, habida cuenta de que sus raíces y valores culturales también están siendo cuestionados en Norteamérica.

Este es un ejemplo de lo difícil que resulta realizar predicciones fiables en el ámbito de las ciencias sociales. ¿Quién habría podido presagiar, hace 20 años, que el proyecto de construcción europeo podía terminar en un estruendoso fracaso? ¿Alguien dudaba, tras la caída del Muro de Berlín, de que el triunfo de las democracias liberales terminaría por imponerse definitivamente en todo el mundo, como único modelo posible de organización política? ¿Y quién habría imaginado a comienzos del siglo XX que Europa se vería, en menos de 100 años, relegada de su posición de primacía y en riesgo de caer en la más absoluta irrelevancia en el tablero político mundial?

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Más contenidos y menos ideología

Esto sí son recortes…

Anda la comunidad educativa, y la política también, revuelta a causa del llamado pin parental, que es una herramienta que permite decidir a los padres si quieren que sus hijos asistan a determinadas charlas que tratan temas extracurriculares, a menudo controvertidos, y que son impartidas por personas ajenas a las plantillas docentes de los centros educativos. El actual gobierno de España considera que esta herramienta constituye una ilegítima intromisión de los padres en la planificación de las actividades complementarias realizadas por los colegios, y ha recurrido a los tribunales para intentar que se retire en los pocos sitios en los que, como la Región de Murcia, ha sido implantado recientemente.

Es una nueva batalla por decidir si prevalece el derecho de los padres a que sus hijos sean educados de acuerdo con sus convicciones morales, o se impone la potestad de los poderes públicos para decidir la forma más conveniente de instruir a los niños y jóvenes. Pero a este problema de fondo se añade el hecho controvertido de que este tipo de charlas son impartidas, a menudo, por asociaciones que viven de difundir su ideología gracias a las subvenciones públicas.

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Fines que justifican medios

Resulta que Alfonso Guerra se ha atrevido a decir que el rey estaba desnudo, y toda la izquierda se ha desgarrado las vestiduras ante semejante traición. ¡Quién podía imaginarse que el vicesecretario del partido socialista durante los años gloriosos del socialismo era, en realidad, un fascista camuflado y un machista partidario de la violencia contra las mujeres!

Por supuesto, la reacción no ha sido tan virulenta como lo ha sido con otros que se han atrevido a decir lo mismo (a fin de cuentas, Guerra es “uno de los nuestros”). Pero los colectivos más próximos a su ideología se han escandalizado porque uno de los suyos haya cuestionado uno de los dogmas oficiales de la izquierda.

¿Cómo se atreve uno de los líderes históricos de un partido de izquierdas, que presume de ser progresista y feminista, a decir que la Ley Integral de Violencia de Género es anticonstitucional? Muy sencillo: porque lo es. Lo saben los líderes del PSOE, de Podemos y de los demás partidos políticos, lo sabe el Tribunal Constitucional, lo saben todos los periodistas y lo saben las organizaciones feministas. Lo sabe, de hecho, cualquier persona con un mínimo de formación. Pero hay que fingir que no, para evitar ser señalados con el iracundo dedo delator de fascistas.

Pero si es algo tan obvio, ¿por qué extraña razón se ha logrado un consenso tan amplio que abarca desde Podemos al PP, pasando por el PSOE y Ciudadanos, y por casi todos los medios de comunicación y asociaciones de todo tipo para fingir que no lo es?

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