Pandemia o «plandemia»

El coronavirus, ese peligroso y contagioso virus, conocido científicamente como SARS-CoV2, ha traído consigo muchos problemas, amenazas y desafíos a nuestras vidas. La pandemia o “plandemia” (en terminología contraria) ha escindido radical y paradójicamente a la ciudadanía mundial, hasta el punto de que se han creado dos bloques identitarios con visiones divergentes: el de los covidianos y el de los anticovidianos. Los primeros, aferrados a la evidencia del cientifismo y obsesionados por la prevención e inmunización provacunal contra el Covid-19, actúan subyugados al cumplimiento de las normas y protocolos sanitarios impuestos por los gobiernos (confinamientos domiciliarios, mascarillas faciales, distancia social, pasaporte sanitario, toques de queda nocturnos, limitación de desplazamientos, etc.). Los segundos, también llamados negacionistas, posicionados en la teoría conspiranoica basada en el espeluznante argumento de que una supuesta organización secreta, que opera en la sombra de un gobierno mundial, ha planificado esta falsa “plandemia” con el objetivo de diezmar y someter a la sociedad, actúan negando la existencia del fatídico virus y mostrando su rechazo total a lo que ellos llaman vacunas experimentales.

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Adicción a la teleficción

La televisión ocupa un papel esencial en nuestros hogares. Forma parte del imaginario doméstico y hasta se ha convertido en el rey de la casa. Pantalla prodigiosa que reproduce todo cuanto puede ser captado y permite tele-evadirnos y tele-transportarnos a lugares, situaciones o personas que interpelan la distinción entre la ficción y la genuina realidad.

Vivimos en la era de la comunicación (o de la incomunicación, según se mire), en la aldea global de la sobreinformación (o de la desinformación) donde las imágenes se han convertido en un bien de uso y consumo, en un producto que nos permite estar interrelacionados e interconectados con cualquier asunto de cualquier lugar.

Consumimos televisión de manera compulsiva, ya sea para distraernos, sentirnos acompañados o satisfacer nuestros egos, sin cuestionarnos apenas la veracidad de lo que vemos y la finalidad ideológica de los magacines, reality show, talk show o series que se emiten, muchas veces dirigidos por políticas televisivas sensacionalistas dependientes de índices morbosos de audiencia.

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Covidcaricias

Parece que los trigales sí podemos acariciarlos sin peligro…

Habitamos en un mundo cada vez más interconectado e interdependiente, con gente muy diversa por su procedencia y manera de vivir, por lo que estamos obligados a relacionarnos, a entendernos y a tratar de convivir, unos con otros, de la mejor manera posible y de eso, hoy más que nunca, hemos adquirido una clara conciencia. De la salubridad de unos depende la de los otros, sin diferencias de ningún tipo, vivas donde vivas. Ahora bien, las relacionas humanas han sufrido un cambio vertiginoso en las últimas décadas, motivadas por el avance de las tecnologías de la comunicación y por factores de desarrollo socioeconómico que, unido al problema del coronavirus, hacen que el gesto comunicativo del contacto entre humanos se haya deteriorado o esté perdiendo su auténtica esencia.

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Un futuro incierto

Son muchas las amenazas que se ciernen sobre la humanidad, algunas como consecuencia directa de nuestras acciones en el mundo y, otras muchas, fruto del puro azar. Al respecto, estas últimas semanas estamos asistiendo a un espectáculo sin precedentes debido a la pandemia provocada por el virus denominado Coronavirus (COVID-19), que está causando estragos considerables en la población mundial y provocando incertidumbres, temores y desasosiegos sobre cuál es su origen y qué efectos tendrá en nuestro futuro. Esta amenaza, junto a otras muchas, nos lleva a reconsiderar la necesidad de asumir, de manera urgente y compartida, la responsabilidad ética de proteger la vida en todas sus dimensiones (humana, animal y vegetal) y de atender con cuidado extremo los problemas de degradación, contaminación y deterioro del medio que habitamos (aire, tierra y agua), adoptando medidas educativas, económicas y sanitarias que permitan nuestra supervivencia y la viabilidad de las generaciones venideras.

El mundo de hoy, el que nos ha tocado vivir, atraviesa momentos difíciles y complejos. Las incesantes alteraciones en el ecosistema y los continuos cambios en la economía mundial, unidos a situaciones como la pandemia coronavírica que estamos padeciendo, están suscitando en muchos de nosotros la idea de un futuro incierto, incitándonos incluso a pensar que pudieran existir, por parte de algunas oligarquías o corporaciones transnacionales, oscuros intereses o planes ideológicos perfectamente trazados para el futuro de la humanidad.

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Políticos al poder

Políticos ollando.

Asistimos en las últimas décadas a un baile constante de políticos, a una pasarela de caras nuevas en gobiernos nuevos, a un desfile incesante de gentes que quieren o deciden dedicarse a lo público, no tanto para servir a lo público, sino para vivir de lo público. Hasta tal punto ha llegado la pasión por la política que en nuestro país la cifra de personas que viven de la política y para la política superan el medio millón. Esta proliferación numérica, que para muchos puede parecer alarmante y para otros necesaria, hace pensar que la política es algo que atrae y seduce a muchos, no sólo por lo que representa de ostentación social, sino por lo que entraña de poder económico y personal.

Tanto es así que poder y política suelen ser conceptos convergentes. De hecho, cuando hablamos de poder a muchos les viene inmediatamente a la mente la idea del poder político y, más en concreto, del poder de quienes representan al Estado o ejercen el gobierno en los distintos estamentos (presidente, vicepresidentes, ministros, diputados, senadores, alcaldes, concejales, consejeros, órganos de gobierno de la administración central y autonómica, puestos de libre designación, etc.). Este poder político, que a muchos ennoblece y a otros corrompe y envilece, puede emplearse para hacer o deshacer, para construir o destruir, para unir o desunir, para servicio de uno mismo o de los demás, pero sobre todo se utiliza para el gobierno o desgobierno de los bienes, recursos y servicios de los ciudadanos.

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