El respiracionismo y sus enemigos

Él también ha descubierto que es respiracionista.

Soy respiracionista.

No lo sabía. Lo descubrí el otro día. Fue así: iba en el tranvía, con la mascarilla calada. Al bajar en mi parada, me quité la careta. Sentí la brisa. Disfruté respirando a todo pulmón. Ahí caí en la cuenta: soy respiracionista.

Esto es lo que los pensadores finos llaman “concepto” o “idea” para referirse a un conjunto de cualidades comunes: unos constructos mentales que nos permiten comprender las cosas. Los conceptos no hacen que las rosas huelan bien ni nos permiten gozar de su colorido. Sirven para entender o incluir en un mismo grupo a las rosas. Y, como diría el poeta, bastante hay con entender, dejémosla, que así es la rosa.

De modo que dar el nombre de respiracionista a quien goza de respirar sin trabas permite entender a distintas personas según ese preciso rasgo común. Es, por tanto, algo trivial, normal. Ya saben: pensando se entiende la gente.

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Hablando del lenguaje

El genial pueblo griego es la matriz de nuestra civilización. Allí cuajó la idea de que el hombre es un ser vivo dotado de logos.

El logos, gran cosa. Lo ponemos como apellido de casi todo lo que hacemos con seriedad y rigor, ya sea uno un bió-logo o un psicó-logo y hasta un politó-logo o un teó-logo. El hombre es un ser vivo pero si en esa vida falta el logos, ya no es tan humana.

El logos tiene que ver con el pensar y el decir, con el sentir y expresar las cosas al modo humano. Por eso el logos es lenguaje. Es más, por supuesto, pero también lenguaje. El hombre es un ser que necesita a otros humanos: de ellos recibe el lenguaje y con ellos habla. El lenguaje nos humaniza.

El lenguaje es asunto colaborativo; tanto como la humanización.

Nací en el milenio pasado. No había entonces nada de esa cacharrería electrónica que hoy nos inunda. Un buen día apareció un aparato cuyo nombre sonaba algo así como “Kompiuter” y se españolizó como “computador” y “ordenador”, indistintamente. Cada uno lo llamó como le dio la realísima gana, sin tener que justificar su elección. Y así, cada hablante un voto, se ha ido decantando. Sin impedir que nadie, por las razones o sinrazones que cada uno considere oportunas, use otro término.

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Larga vida a Casado

Hubo una moción de censura no hace mucho tiempo. Para censurar al gobierno, a Sánchez, a su mismidad y su banda.

El sentir mayoritario de los medios de comunicación es rotundo: Pablo Casado ha mostrado un talante moderado, centrado, moderno. Ha cuajado, entre aplausos de propios y ajenos, como un líder indiscutible. ¿Abascal?, un idiota.

Líder e idiota son etiquetas. Por palabras no va a quedar. Sugiero que, en vez de repetir palabras, miremos los hechos.

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Giges, un mito para entendernos

Cuando la tentación aprieta…

Cuando los ojos de los hombres aún miraban el mundo con asombro y los dioses se paseaban entre nosotros, ocurrieron hechos que aún hoy suscitan nuestra admiración. Y dan qué pensar, que es de lo que se trata.

Corría el siglo VII aC cuando Giges mató y sucedió al rey Candaules inaugurando una dinastía que gobernaría el reino de Lidia durante más de cien años.

Dos siglos después Heródoto escribió la crónica. Sostiene el historiador que Candaules, “como enamorado, creía firmemente tener la mujer más bella del mundo” y logró convencer a Giges para que la viese desnuda y pudiese así constatar la verdad del asunto. Giges fue descubierto y la mujer le hizo elegir entre matar al rey o ser denunciado por ella y morir: matar o morir, no había más salida.

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El abuelo en chándal

Si ojeamos un libro de historia no será raro que nos encontremos pinturas de ilustres varones con su peluca, maquillaje, medias y tacones. Y cada complemento tiene su razón de ser.

Voy a centrarme en la peluca y el maquillaje. Se ha señalado que la incipiente calvicie del Rey Sol le animó a cubrirse y el efecto de la imitación de su graciosa majestad extendió la costumbre entre sus distinguidos súbditos. Podría ser.

Pero las pelucas pueden ser de diferentes colores. Hay un momento de la historia en que se impone el blanco, haciendo conjunto con el maquillaje que aclara el tono del rostro. El color blanco del pelo es, sin más, el propio de las canas. Ocurre que hay un esfuerzo en los hombres de esa época para aparentar vejez.

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