Cortesía o traición

Diversos acontecimientos recientes me han hecho pensar sobre la cortesía. Cuando está presente, agrada sin apenas notarse y su ausencia chirría.

Sólo la palabra ya dice mucho. Remite directamente a “usos de la corte”. El término francés para cortesía es “politesse”, es decir, “usos de la polis o de la ciudad” y, en ese sentido, se parece más al español “urbanidad” o “usos de la urbe o ciudad”.

Hay, en definitiva, una referencia al comportamiento cuando estamos con otras gentes (en la corte, en la ciudad), es decir, un comportamiento que hace posible la convivencia civilizada. Por eso la cortesía remite a un trato tan cordial como formal, tan afectuoso con las personas como atento a las reglas (de urbanidad, tacto, elegancia).

La cortesía hace amable la vida junto a otros, porque la cortesía, más que poner el acento en un conjunto de reglas que dirigen nuestro comportamiento se centra en los demás. Cortesía es, sobre todo, miramiento, respeto, atención a la otra persona. La persona cortés mira a los ojos y sonríe, ¿qué más se puede pedir? Mirar a los ojos, tratar a los demás con miramiento crea, en efecto, el campo de juego que permite que los demás se relajen y haya una apertura mutua, confianza de los unos en los otros, respeto y otros tantos nombres para esa actitud esencial.

A este modo de relacionarse con los demás se oponen, al menos, dos actitudes. Por una parte, quien busca crispar y, aunque no sea tan obvio, el talante “espontáneo” o “natural”.

El espontáneo, el que procede con naturalidad y llaneza, goza de una cierta simpatía. Y es que la mente moderna se ha creído aquello de Rousseau de que lo natural es bueno, como si las todas las enfermedades fueran producidas artificialmente y todas las deformaciones psicológicas o psiquiátricas fueran elaboradas por un pérfido brujo en un oscuro laboratorio. Pero el sujeto espontáneo, el natural es, precisamente, el no cultivado, el que no es apto para vivir en sociedad. Y esto es así porque, al igual que para cultivar la tierra hace falta esfuerzo, sudor y saber qué, cómo y cuándo se puede sembrar, para ser hombre no basta con dejarse llevar por los impulsos naturales.

El hombre librado a su naturaleza no sería capaz de andar erguido, ni de adquirir una lengua: incluso para eso tan trivialmente humano necesita de otros. El hombre necesita de los demás para serlo, para llegar a ser humano o, dicho de otro modo, lo natural en el hombre es la invención, el artificio, la regla que le permite abrirse al otro. En caso contrario será natural pero no será hombre, será espontáneo pero será un bárbaro. Del mismo modo que necesitamos a los demás para nuestro propio desarrollo, necesitamos elaborar un protocolo, un procedimiento, que nos permita relacionarnos con los demás. Y esas reglas, esas fórmulas, reciben el nombre común de cortesía.

De modo que la cortesía potencia nuestra humanidad de un modo noble y se opone a la natural barbarie de quien intenta el antihumano proyecto de “vivir a su aire” como si fuese el único habitante del mundo o, y es lo que se percibe, el único habitante que le importa de ese mundo. Así es como el espontáneo traslada una sensación de desprecio no sólo a las reglas de comportamiento sino a las personas con quienes se relaciona.

Quien procede con esa naturalidad, con ese dejar que fluya lo que le apetece, se enfrenta a los demás como si fuese el único importante. Pero eso es falso, aunque él no lo sienta así. Trata a los demás con falsedad y se planta ante los demás con un insolente egocentrismo, vive y siente el mundo como si todo y todos girasen en torno a él. Y todos los demás ven que eso es muy poco cortés, es decir, no construye lazos de convivencia porque se apoya en la falsedad.

Puede ser peor ya que hay otro modo de atentar contra una sana convivencia que es, como queda dicho, crispar. Comportarse de modo que sí se tenga en cuenta el otro pero sólo para conseguir que se enfade, se irrite. Sin más precisiones, buscar el punto de desunión, de confrontación (por pura pose o como estrategia interesada) es también un modo de provocar división, de evitar lo que busca la cortesía: generar relaciones afables basadas en el respeto a la verdad del otro y la verdad propia.

Tanto el bárbaro espontáneo como el astuto crispador rompen un principio elemental ya que ambos mienten, ya que ambos faltan al respeto a los otros. Y eso pasa factura al falsario, claro.

Lo que acabo de exponer hace poco me habría ganado el calificativo, casi unánime en los medios de sumisión masiva, de facha. ¡Qué risas que nos hemos pegado con este asunto! Porque cuando la prensa se empecina en mentir no sólo atenta a la cortesía al faltar al respeto y a la verdad de lo que son unos cuantos millones de personas sino que, y eso es lo que quería subrayar, se desacredita a sí misma. Así tenemos una prensa cada vez menos fiable, menos veraz, más risible. Ahora ya no hablan de fachas sino de ultraderejajaja, da igual: siguen ahondando en su descrédito, en la distancia entre la opinión publicada y la opinión pública.

Y la gente que quiere informarse busca otras fuentes. Hoy las redes sociales. Si queremos saber qué ha pasado realmente con una visita de Abascal o cualquier otro asunto, no busquemos en la prensa progre. No tienen tiempo para los ultras, y no es que estén demasiando ocupados con el paro, la inmigración ilegal, las niñas prostituidas, las violaciones por extranjeros, el campo, los impuestos, el brutal gasto social, la deuda desbocada. No parece.

Pero si queremos saber, pongamos por caso, que Vox fue el único partido que con motivo de la Navidad invitó a unos turrones a los trabajadores del congreso, hay que ir a las redes sociales.

Publicado en La Opinión de Murcia.

Manuel Ballester

Manuel Ballester ha publicado 16 entradas en este blog.

Deja una respuesta