El único exceso saludable

Retos virales sobre desaparecer sin dejar rastro 48 horas, cócteles molotov caseros en la mochila, autolisis en los aseos escolares y wifidependencia las 24 horas del día. Definitivamente, una de las grandes afectadas de esta pandemia está siendo nuestra salud mental. Adolescentes cada vez más nomofóbicos y con la autoestima entre algodones nos demuestran que esto de lo mental no es solo cuestión de adultos. Nadie está a salvo. El número de casos de entre 12 y 18 años que acuden a consulta con indicadores de depresión o ansiedad se ha triplicado en comparación con aquellos maravillosos y lejanos días preCovid.

Con tanta incertidumbre y estrés, entre mascarillas y pasaportes Covid, es normal que en algún momento hayan salido trastabillados. Muchos expertos han hablado de cómo ayudarles a recuperar el equilibrio y, ya de paso, el control de sus vidas. En definitiva, de cómo encontrar esa felicidad perdida: nuevos hábitos y rutinas, deporte y vida sana, comunicación y confianza, centrarse en el presente y aderezarlo todo con un poco de mindfulness. Hay soluciones de todos los tipos y tamaños.

Pero, ¿y si la solución se encontrase en únicamente abrir más los ojos y fijarse más en lo positivo que nos ha dado la vida? Observar más detalladamente y valorar las pequeñas cosas. En una época plagada de dramas, pérdidas y enfermedades, quienes tenemos la maravillosa fortuna de no haber sufrido eso de cerca no tenemos derecho a vivir instalados en la queja. No tenemos derecho a perder la ilusión. Hay quien ya no puede abrazar a su padre. Quien no tiene la posibilidad de jugar con su hijo. Quien día tras día cena solo ante el televisor. O quien vive sin saber si llegará a fin de mes.

Los tiempos han cambiado. Y las reglas del juego también. Ante el masivo bombardeo de información, la constante sobreexposición, esa falsa sensación de perfección que espera a la vuelta de la esquina y la constante necesidad de lo inmediato que parece envolver a los adolescentes, el valorar más lo que tenemos que de lo que carecemos ha de ser parte importante de esa receta que nos devuelva la felicidad.

Si queremos que nuestros hijos valoren lo que tienen, cuanto antes empecemos, mejor.  No les demos todo lo que quieran y sí lo que necesiten, mostrémosles el esfuerzo que supone conseguir las cosas pero, sobre todo, enseñémosles a ser agradecidos.  Numerosos estudios actuales han demostrado que existe un vínculo muy  significativo entre la gratitud y muchos aspectos relacionados con la felicidad como el bienestar y la calidad de vida. Por ejemplo, la Universidad de California concluyó que ser agradecido está relacionado con la disminución de los niveles de estrés y depresión. También la revista especializada Journal of School Psychology explicaba que los niños que habitualmente daban las gracias se encontraban más satisfechos y felices en el entorno escolar y familiar. Y, centrándonos en la adolescencia, otro estudio publicado en Psychological Assessment defendía que cuanto más agradecidos son, más mejoraba su autoestima y la valoración que daban de sus vidas.

Felicidad y ser agradecido. No piensen que es algo nuevo. Jean de la Bruyère ya nos advirtió que la gratitud era el único exceso recomendable en el mundo. Nunca está de más. Aunque la estadística nos muestra que usamos la palabra “gracias” unas veinte veces al día, no debemos confundir el decir “gracias” con ser agradecido. Lo primero, si no se acompañan por gestos, son solo palabras. Lo segundo, el ser agradecido, una actitud. Una manera de entender y valorar la vida que nos permite sentirnos bien sin necesidad de nada especial. Las gracias no se dicen, se dan. Pequeños hábitos como empezar cada día agradeciendo algo que nos haga felices, escribir una vez a la semana una nota de agradecimiento a alguien cercano o tener algún gesto que denote gratitud sin decir “gracias” son solo algunas formas de invertir en nuestra felicidad. Merece la pena. Es sencillo y no requiere formación ni mucho menos permiso. Y, con lo caro que está el mundo, no encontraremos algo tan catártico y terapéutico a ese precio.

Publicado en La Verdad de Murcia (25/02/2022)

Javier Berrio de Haro

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