Hablemos de cosas importantes

La ciudadanía moderna necesita sus propias papillitas.

Como el resto de españoles, llevo más de un mes enclaustrado y, al margen de muchas meditaciones sobre encerrados literarios (las hijas de Bernarda Alba, el príncipe Segismundo de Polonia, Gregor Samsa o el conde de Montecristo), no dejo de pensar en qué cosas tan importantes tenía nuestro Gobierno que hacer durante el primer trimestre del año que le impedían comprar como si no hubiese mañana guantes, mascarillas, pantallas protectoras, antisépticos y todo tipo de material cuya escasez, especialmente entre el propio personal sanitario, ha ayudado a que miles de compatriotas hayan caído como ratas. Tiro de hemeroteca y veo que el Presidente y sus miles de vicepresidentes, ministros, secretarios y subsecretarios de Estado discutían, entre otros asuntos de importancia (como la regulación legal del piropo) el encargo de un informe sobre usos racistas, xenófobos y segregacionistas del lenguaje.

Un servidor, que es filólogo, es incapaz de sustraerse a la curiosidad de ver cómo los políticos incursionan en un área que desconocen (otra de las muchas áreas que desconocen; la ignorancia de nuestra clase política es enciclopédica, porque abarca casi todas las parcelas del saber), así que me pongo a investigar para descubrir qué usos del lenguaje son tan perniciosos y requieren la atención de nuestros próceres. Y sí, es terrible: timar a alguien es “engañarlo como a un chino” (y una mentira destinada a embaucar es un “cuento chino”), tener una conducta salvaje es “hacer el indio”, carecer de modales es “ser un cafre”, jugar una mala pasada es “hacer una judiada”, no cuidar la higiene y el aspecto es “ir hecho un gitano”, realizar un sobreesfuerzo laboral es “trabajar como un negro”, (una situación extremadamente confusa y ruidosa es una “merienda de negros”, y qué decir del mercado negro, el dinero negro, las ovejas negras o los negros literarios…), manifestar actitudes extremadamente machistas es “ser un moro” (y la ausencia de amenazas es “no haber moros en la costa”), acarrear con las culpas ajenas es “ser cabeza de turco”…

Uno puede entender que, caído el Telón de Acero a finales de los ochenta, y al comprobarse que los paraísos socialistas de Europa Oriental eran ruinosas cárceles gigantescas y mataderos humanos, las izquierdas de Occidente tuvieron que reciclarse y abrazar causas que hasta ese momento le habían traído sin cuidado como el ecologismo, el feminismo, el animalismo o la lucha contra la xenofobia y el racismo. Pero resulta curioso que la comentada preocupación por el uso no racista del lenguaje es en realidad una actitud profundamente racista. Las expresiones arriba reseñadas, junto a algunas más, se citan siempre como ejemplos de un empleo pernicioso del lenguaje que hay que erradicar, pero curiosamente no indigna que desentenderse de un asunto sea “hacerse el sueco”, marcharse sin decir adiós sea “despedirse a la francesa” o regalar algo que supone un quebradero de cabeza sea un “presente griego”. Suecos, franceses o griegos no necesitan que sus gentilicios se eliminen de expresiones con connotaciones negativas, pero sí las “minorías” (es difícil entender cómo chinos, indios o negros, cientos de millones de habitantes, pueden ser minoría, pero bueno), que la izquierda, con un etnocentrismo blanco disfrazado de paternalismo, considera incapaces de defenderse solas porque precisamente no son como franceses, suecos o griegos. O sea, porque no son blancos. ¿Cabe mayor contradicción que defender la eliminación de unos usos racistas del lenguaje porque se niega a esos grupos raciales agraviados la capacidad de defenderse por sí mismos por vaya usted a saber qué motivos? ¿Dónde acaba la solidaria y filantrópica conciencia social y empieza el supremacismo racial de esta izquierda inane e incompetente que ha convertido al lenguaje en su patio de recreo? Pensemos, pensemos sobre esto. Será por tiempo…

Publicado en La Opinión de Murcia

Alberto Hernández

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