«Ipad» para todos, bajadas de impuestos y más subvenciones: «default»

Ay, Boabdil, Boabdil…

No son pocos los que me preguntan si es verdad que se atisba en el horizonte otra crisis económica y si esta va a ser aún más dura que la anterior. Ya hemos sacado a Franco del Valle de los Caídos y todos nuestros problemas han quedado resueltos. Podemos afirmar que, venga o no venga crisis, los españoles somos felices, ya no tenemos problemas.

Visto desde una perspectiva más estrictamente económica, hablar de felicidad se torna ciertamente difícil. Existen varias formas de analizar la felicidad, y si no me creen, piensen en cómo están enseñando a sus hijos a ser felices: uno puede buscar que sus hijos sean felices dándoles todos los caprichos que se le pasen por la cabeza o bien pueden procurar que sean felices con lo que tienen enseñándoles a esforzarse por conseguir cuantas metas quieran conseguir. Y entre una y otra opción, las que se le ocurran a cada uno. Por esta razón, dado lo relativo del término, a los economistas nos gusta más hablar de bienestar.

Cuando hablamos de bienestar el asunto ya puede restringirse un poco más. Si por ejemplo contraponemos malestar a bienestar, pudiendo alcanzar lo uno y lo otro de diversas formas, unas más lícitas que otras, ya parece que nos aproximamos al concepto generalizado que queremos poner en cuestión. Pero aquí surge un nuevo problema que ya anunció el arzobispo que inventó el término: no podemos hablar de Estado del Bienestar porque la expresión invita a pensar que el bienestar depende del Estado y ese es el error más grave que podemos cometer y que estamos cometiendo, dando pábulo al sostenimiento de irrealizables ideologías. Es, en el Estado del Bienestar, donde hemos aceptado el paso desde una perspectiva que partía de la premisa de ayudar a quien lo necesitara a otra que parte de tener derecho a cualquier ocurrencia y, además, que sea el Estado el obligado a proveerla. Si a esto le unimos el mercadeo en el que se ha convertido la política actualmente, prometiendo todo lo habido y por haber, efectivamente, pintan bastos en nuestro futuro económico.

¿Cómo puede ser que tengamos un gobierno, en funciones, sí, pero gobierno, que sin haber aprobado unos presupuestos acordes con el escenario económico, se las vayan dando de ser los más sociales y vayan prometiendo incrementos de subvenciones a cascoporro? ¿Cómo puede ser que se prometan bajadas de impuestos sin plantear siquiera una redefinición de la estructura de la administración que permita controlar el déficit y la deuda? Las cuentas públicas no lo aguantan todo y puede que por ahí venga la próxima crisis. Cada día el Estado asume más obligaciones y los números no parecen acompañar.

Debemos casi el 100% de lo que producimos, el gasto parece no tener fin y en España cada vez nos cuesta más trabajo llegar a final de mes. Actualmente más de seis millones y medio de personas tienen carencias materiales severas, que se dice pronto, y más de dos millones y medio viven en absoluta pobreza. Viva el Estado del Bienestar.

A este ritmo y con el desolador escenario político que se atisba, plagado de promesas irrealizables y de incapacidad de gestión, tenemos la obligación de repensar el Estado de bienestar de los ciudadanos y la forma de obtenerlo, siempre a costa del Estado.

Puede llegar un momento en que los mercados decidan no seguir prestando dinero a gobiernos que lo único que demuestran es su incapacidad para gestionar y su experiencia en malgastar ¿Qué pasaría entonces? Nos subirían los impuestos sin contemplación (ruina) pero como esto no sería suficiente, se retrasarían los pagos a los proveedores (más ruina). Estos se verán obligados a despedir personal y cerrar empresas, por lo que el gasto social aún se incrementaría más. Se suspenderán pagos de determinadas prestaciones poniendo en riesgo la subsistencia de muchas familias y, al final, incluso habrá alguna comunidad autónoma de esas que están sobre endeudadas y en permanente déficit incontrolado que no podrán pagar los salarios a los empleados públicos. Cuando llegue ese momento, en el que ni los empleados públicos tengan asegurada la percepción de sus emolumentos nos lamentaremos. Eso sí, ipad y iphone para todos los Señores Diputados que no falten.

Se torna necesario repensar la configuración de nuestro Estado. Es urgente y necesario, no sólo por razones de urgencia sociopolítica sino por necesidad económica ante la incapacidad de los que han mandado hasta ahora. Si llegara a darse una situación de default en nuestro país, ni desenterrando a los Reyes Católicos serán capaces de anestesiar la cruda realidad de vernos obligados a pasar hambre y sólo nos quedará, como dijo Aixa, llorar como mujer lo que no supimos defender como hombres.

Publicado en La Opinión de Murcia

Rubén Martínez

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