Locus de control

Es curioso lo de la memoria. Con todo esto del coronavirus en más de una ocasión me he acordado de un entrenador de baloncesto que tuve en mi adolescencia. Cuando hacía algo mal y ponía alguna excusa me decía que debía preocuparme de qué podía hacer yo para evitar ese error la próxima vez. Años más tarde, ya estudiando Psicología, entendí que lo que él pretendía no era más que apelar a mi locus de control interno, o lo que es lo mismo, que entendiese que esos sucesos que ocurrían en la pista eran efecto de mis propias acciones.

De la misma forma que tenemos el interno, al otro lado del ring encontramos su antítesis: el locus de control externo. Muy fácil reconocerlo. Ante los errores, suele vestir con respuestas que empiezan con algo similar a un “es que” combinadas con excusas o balones fuera. En definitiva, que todo lo que me ocurre, especialmente lo que percibo como malo o erróneo, es fruto de factores externos como la mala suerte, lo que hacen los demás o el destino.

Con lo que está lloviendo estos días en materia de excusas y balones fuera, entiendo por qué me he acordado de mi entrenador. Libre asociación de ideas lo llaman. “Hay intermediarios que nos ofrecen gangas y luego resulta que no lo son”, explicó nuestra Ministra de Asuntos Exteriores sobre los test fallidos. O “hicimos en todo momento lo que nos dijeron los expertos y autoridades sanitarias”, cortesía de nuestra Ministra de Igualdad sobre la celebración de la manifestación del 8M. O, ya para terminar de rizar el rizo, “hay profesionales que entraron en contacto con el virus a través de familia o amigos y otros que a lo mejor hicieron un viaje”, por la Consejera de Sanidad de Valencia, en la misma línea que su homónimo en Extremadura, sobre los contagios de los sanitarios por la falta de EPIs.

En este punto es importante ajustar las expectativas. Por lo de no llevarse disgustos innecesarios. No esperemos disculpas de quien parece carecer de autocrítica y vive creyéndose sus propias excusas. Y si lo hacemos, menos aún esperemos que sean sinceras. Como esos “lo siento” automáticos de los niños pequeños cuya única motivación es evitar cualquier castigo, en política estas disculpas vacías se dan (cuando se dan) de forma más evolucionada. El concepto de “non-apology apology” o la no disculpa consiste en un “lo siento” sin realmente arrepentirse ni tener la más mínima intención de reparar el agravio. Ana Barceló, tras sus declaraciones en relación con los contagios de sanitarios por la falta de los EPI pedía disculpas a todo el colectivo sanitario con un “mis palabras no han sido afortunadas. Por lo tanto, pido disculpas si han podido molestar u ofender”. Un ejemplo de una no disculpa en toda regla donde no se arrepiente de tratar de evitar responsabilidades en relación con los EPI acusando a sus sanitarios de no cumplir las medidas de protección fuera del hospital, sino que siente que puedan haberse ofendidos.

Se ha convertido en algo muy habitual eso de poner excusas. Lamentablemente, demasiado en política. A veces como acto reflejo, otras como mecanismo de defensa, por costumbre o, sencilla y llanamente, por el “sálvese quien pueda”. El problema es que ese locus de control externo maniata nuestra capacidad de autocrítica, cualquier atisbo de sentir arrepentimiento y nuestra capacidad de sacrificio. Ingredientes todos 100% necesarios si queremos conseguir eso de aprender de nuestros errores y dejar de tropezar con las mismas piedras.

Lo que está claro es que ya no estamos para seguir poniéndonos obstáculos en el camino. Mucho menos para perder más de ese valioso tiempo que ya no sólo es oro, también vidas. Le pese a quien le pese, empezamos mal y tarde. Completamente miopes. Sin poder ni querer ver lo que se nos venía encima hasta que lo hemos tenido justo delante. No fueron suficientes los ejemplos de China e Italia, como tampoco lo fueron las recomendaciones de la OMS o las de nuestros propios sanitarios para cancelar mítines y manifestaciones, para cancelar vuelos y partidos.

Ahora, sin saber aún cuánto falta para llegar a la meta es el momento de saber si queremos seguir poniendo excusas o, como tantas personas, convertirnos en héroes. Sí, héroes con mayúsculas. Padres preocupados por dar normalidad en este caos a sus hijos, cientos y cientos de voluntarios cosiendo y reciclando materiales para fabricar equipos de protección, taxistas ofreciendo llevar a los sanitarios, músicos y cantantes animando el confinamiento de sus vecinos, profesores reconvertidos en youtubers para seguir dando clase, además de muchas, muchísimas más personas que, desde sus posibilidades, tal y como dicta la R.A.E, realizan acciones muy abnegadas en beneficio de una causa noble. Tan abnegada y noble como vencer al Coronavirus. Y entre todas ellas, los sanitarios. ¿Estos? Superhéroes. Más allá de homenajes y reconocimientos, cuando esto pase no nos olvidemos de su gran labor.

Porque pasará. Saldremos de ésta. Seguro. Si antes o después, si mal o peor dependerá de muchos factores. Por eso apelemos a nuestro locus de control interno, centrémonos en qué podemos hacer nosotros para mejorar y ayudar en esta causa noble y seguro que saldremos antes y mejor. No es tiempo de excusas. Sí de héroes.

Publicado en La Opinión de Murcia

Javier Berrio de Haro

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