El pésimo tributario

Una verdad absoluta ahorra muchos quebraderos de cabeza. Quizá por eso proliferan hoy quienes quieren imponer sus opiniones como si fuesen verdades absolutas evitándonos así la funesta manía de pensar.

Ya me hubiera gustado a mí saber todo lo necesario para hacer precisos análisis de la prima de riesgo allá por 2012. Por entonces eran comunes los comentarios a pie de calle sobre “la prima” y sobre las necesarias políticas gubernamentales que debían emprenderse para corregir el diferencial relativo con el bono alemán. Qué tiempos aquellos. O, más recientemente, saber si la acción gubernamental y empresarial (vacunas) frente a la COVID ha sido la adecuada.

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El único exceso saludable

Retos virales sobre desaparecer sin dejar rastro 48 horas, cócteles molotov caseros en la mochila, autolisis en los aseos escolares y wifidependencia las 24 horas del día. Definitivamente, una de las grandes afectadas de esta pandemia está siendo nuestra salud mental. Adolescentes cada vez más nomofóbicos y con la autoestima entre algodones nos demuestran que esto de lo mental no es solo cuestión de adultos. Nadie está a salvo. El número de casos de entre 12 y 18 años que acuden a consulta con indicadores de depresión o ansiedad se ha triplicado en comparación con aquellos maravillosos y lejanos días preCovid.

Con tanta incertidumbre y estrés, entre mascarillas y pasaportes Covid, es normal que en algún momento hayan salido trastabillados. Muchos expertos han hablado de cómo ayudarles a recuperar el equilibrio y, ya de paso, el control de sus vidas. En definitiva, de cómo encontrar esa felicidad perdida: nuevos hábitos y rutinas, deporte y vida sana, comunicación y confianza, centrarse en el presente y aderezarlo todo con un poco de mindfulness. Hay soluciones de todos los tipos y tamaños.

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Seven

En la exitosa película “Seven”, un asesino en serie sigue un patrón: los siete pecados capitales. Cada víctima sucumbe por su propio pecado capital perdiendo su libertad, condenando su vida. El asesino simplemente materializa el destino implacable de sus víctimas. Sin opción al arrepentimiento ni redención. Finalmente, el protagonista, el detective Mills, acaba condenado por su ira y el asesino, por su envidia. Carecen de poder para librarse de su destino. “Seven” en realidad nos habla del poder; y la clave del poder no reside en ejercerlo sino en ser obedecido. Mills, cegado de dolor e ira, acaba obedeciendo al asesino completando el puzzle de condenación. El asesino vence porque su poder se manifiesta en la obediencia del protagonista.

Desde antiguo, preocupaba cómo los impulsos humanos podían devenir en limitaciones de la libertad. En el s.IV, Evagrio Póntico estudió ocho pasiones humanas, que Casiano limitaría a siete y, en el s.VI, el Papa Gregorio las llamaría pecados capitales. Durante siglos, el catolicismo abordó el pecado centrándose en la conducta individual obviando quizás la colectiva al considerarla por simple agregación. Pero en el s. XIX proliferaron los fenómenos de masas: desde las revoluciones, como la francesa, hasta la industrial y, actualmente, la digital. En 1895, Gustave Lebon estudió la divergencia entre la moral individual y la psicología de la masa como ente sugestionable, irracional y que diluye responsabilidades en el anonimato. Denunciaba que en la masa no predomina la necesidad de libertad sino de servidumbre y sometimiento a quien se declare su amo. En 1930, Ortega y Gasset describía, como el acontecimiento más importante de la vida pública europea, el advenimiento de las masas. Durante el siglo XX, mientras el catolicismo se centraba en escrutar conductas individuales, el alma de la masa ocupaba todos los espacios.

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La maldición de Elena de Paz y la niña de Rajoy

El pasado sábado 22 de enero pasó por el Romea la obra “Malvivir”, con Aitana Sánchez-Gijón y Marta Poveda, un montaje muy bien armado a partir de las novelas de pícaras del siglo XVII. En una hora y tres cuartos que pasaron sin sentir, con un ritmo trepidante cuajado de gracietas, tensiones y dramas, se levantó un retrato de aquella época, aquellas circunstancias y aquellas mujeres a través de las andanzas y hechuras de la figura de Elena de Paz, «libre, rebelde, ladrona, ingeniosa, embustera y fugitiva”, y otra docena de personajes en un magistral ñaque que tejieron sin casi respirar sus dos protagonistas actrices, haciendo un ejercicio de interpretación soberbio.

La obra no oculta lo disoluto de la vida de la pícara, pero tampoco renuncia a reivindicar su vitalidad. Da igual de donde nazca. Sean cuales sean las injusticias estas no detendrán el camino de una mujer libre. Ese es el blasón del pícaro: vida y libertad. La cosa, como era de esperar, no acaba bien para Elena de Paz. Pero, ¿qué vida le esperaba a una mujer sin nombre, sin familia, sin hacienda, sin iglesia, sin educación y sin oficio? Es muy comprensible que Elenita maldijera amargamente a la nación en la que nació varias veces a lo largo de la obra.

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Una nación de mancos

Imagen de Fernando Santiago, del Diario de Cádiz

Érase una vez una comunidad formada por ambidiestros, que convivían en armonía con personas diestras. Utilizaban ambas manos con igual destreza y las alternaban de forma inconsciente. Si, por ejemplo, un ambidiestro saludaba a otro ofreciendo su mano izquierda, este respondía alargando, igualmente, su mano izquierda; mientras que, si una persona diestra les tendía su mano derecha, la estrechaban con esa misma mano, como muestra de cortesía, y con la naturalidad de considerar a una mano tan propia como la otra.

Un día, un grupo de ambidiestros fanáticos extendieron la idea de que lo distintivo de su pueblo no era el dominio de ambas manos por igual, sino el ser zurdos, y que el uso de la mano derecha se debía a la imposición de los diestros. Además, aseguraban que estos constituían una amenaza, ya que, por su culpa, se podría perder la costumbre de usar también la mano izquierda. Al principio, dijeron que siempre permitirían el empleo de ambas manos, aunque se debía priorizar la izquierda para evitar que cayera en desuso. Pero, una vez en el poder, impidieron a los ambidiestros usar la mano derecha, y obligaron a los diestros a utilizar su mano izquierda (a pesar del sufrimiento que les ocasionaba), o bien a abandonar la comunidad.

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