Una nación de mancos

Imagen de Fernando Santiago, del Diario de Cádiz

Érase una vez una comunidad formada por ambidiestros, que convivían en armonía con personas diestras. Utilizaban ambas manos con igual destreza y las alternaban de forma inconsciente. Si, por ejemplo, un ambidiestro saludaba a otro ofreciendo su mano izquierda, este respondía alargando, igualmente, su mano izquierda; mientras que, si una persona diestra les tendía su mano derecha, la estrechaban con esa misma mano, como muestra de cortesía, y con la naturalidad de considerar a una mano tan propia como la otra.

Un día, un grupo de ambidiestros fanáticos extendieron la idea de que lo distintivo de su pueblo no era el dominio de ambas manos por igual, sino el ser zurdos, y que el uso de la mano derecha se debía a la imposición de los diestros. Además, aseguraban que estos constituían una amenaza, ya que, por su culpa, se podría perder la costumbre de usar también la mano izquierda. Al principio, dijeron que siempre permitirían el empleo de ambas manos, aunque se debía priorizar la izquierda para evitar que cayera en desuso. Pero, una vez en el poder, impidieron a los ambidiestros usar la mano derecha, y obligaron a los diestros a utilizar su mano izquierda (a pesar del sufrimiento que les ocasionaba), o bien a abandonar la comunidad.

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¡Que viene la bichoburguer!

¡Comer insectos!, qué repugnante y asqueroso resulta escuchar esta expresión y, más aún, si tratan de convencernos de que son saludables, sabrosos y nutritivos. Pero igualmente repulsivo e inusual resulta encontrar productos en los supermercados, bares o restaurantes preparados en base a insectos, algo que nunca hubiésemos llegado a imaginar y que en la última década está causando furor entre algunos forofos de la cocina innovadora. La ingesta de invertebrados está creciendo a un ritmo vertiginoso en países subdesarrollados, pero se está haciendo un hueco en Europa y USA hasta el punto que algunas hamburgueserías están empezado a elaborar y vender la “bichoburger”.

El consumo de artrópodos (hormigas, moscas, mosquitos, escarabajos, arañas, escorpiones, cucarachas, avispas, hormigas, ciempiés, milpiés, grillos, gusanos, etc.), sobre todo los que poseen exoesqueleto, constituye para muchos habitantes de Asia, África, Suramérica y Oriente Medio, un auténtico manjar gastronómico. Aunque no hace falta irse tan lejos en la geografía, pues en el famoso mercado de La Boquería de Barcelona ya podemos encontrar piruletas de escorpión, hormigas caramelizadas, gusanos macerados o saltamontes braseados, como productos culinarios para gourmets o con supuestas propiedades terapéuticas o afrodisiacas.

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La trampa del peón

Muchos psicólogos se han planteado si se puede ser una persona normal y cometer crímenes horrendos, o si es posible ser una buena persona y colaborar por acción u omisión con la injusticia y la maldad. Como puso de manifiesto la filósofa Hanna Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén, subtitulado La banalidad del mal, sí se puede. Y como demostraron numerosos experimentos (como el de Milgran o el de Zimbardo) este comportamiento es, de hecho, el más habitual.

Eichmann fue un militar de las SS condenado a muerte por su colaboración en el genocidio judío durante el régimen nazi. Pero, al contrario de lo que cabría esperar, este sujeto no era una mente perturbada que disfrutara con el sufrimiento ajeno. Ni siquiera se consideraba antisemita. Simplemente, fue un eficaz cumplidor de su deber; un capataz que cumplía órdenes con gran eficacia, sin cuestionarse la validez ética de las mismas. Pero sin llegar a tal extremo, es fácil comprobar que muy pocas personas se cuestionan la validez ética de sus acciones, y que una gran mayoría estaría dispuesta a colaborar con una injusticia, amparándose en la coartada psicológica de que ellos no son los responsables, sino meros cumplidores de las órdenes de sus superiores (lo que en psicología social se denomina “la trampa del peón”).

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Pájaros nacionalistas

Variantes dialectales principales de «els països catalans», según Tabarnia.org

El folclore de los campamentos de leñadores del norte de los Estados Unidos está lleno de extrañas criaturas que rivalizan con las que pueblan los bestiarios medievales europeos. Una de ellas es el pájaro goofus, un ave singular que, en palabras de Borges, “construye el nido al revés y vuela para atrás, porque no le importa adónde va, sino dónde estuvo”. Por eso el goofus es un pájaro nacionalista. Porque nada interesa más al nacionalismo que volver a unos orígenes siempre míticos e irreales en lugar de avanzar realmente. Lo estamos viendo estos días con la imposición por parte del PSOE, Compromís-Podemos y el PNV, nada menos que en la Mesa del Senado, de la ficción histórica de los “países catalanes”, un inexistente ente político que reemplaza la histórica Corona de Aragón con una entelequia lingüística, étnica y cultural que apesta a Europa de los años treinta con ruido de desfile al paso de la oca de fondo.

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Una ILP con truco

Conozco personas inteligentes, formadas intelectualmente y sensibles a los retos medioambientales de nuestro tiempo y de nuestra Región que han prestado su firma a la iniciativa de la Plataforma SOS Mar Menor para que éste tenga personalidad jurídica propia, como conozco a otras que también lo han hecho después de una vida esparciendo voluntaria y conscientemente colillas y latas de cerveza por sus playas y parajes. Creo, aceptando que pueden existir tantas motivaciones como personas firmantes, que a todos ellos les une una misma cosa: la rabia y la indignación tras años de desidia, promesas incumplidas e impostura de tantos responsables políticos. La cuestión es si ese estado de ánimo es el mejor consejero a la hora de otorgar semejante poder a sus promotores, a los que cabe reconocer una capacidad de trabajo y organización encomiables para llevar adelante su propuesta, que recién cumple su primera etapa con la presentación de más de medio millón de firmas que ahora hay que comprobar y depurar.

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