Sostenibilidad

Lo que unos llaman democracia otros lo llaman demagogia. Y es que hemos entrado en una dinámica tal que, sea lo que fuere y el uno por el otro, la casa se queda sin barrer. Entre todos la mataron y ella sola se murió, como el Mar Menor se está muriendo. Esta época pasará a la Historia, y si no, al tiempo.

Lejos de entrar a valorar técnicamente tanto las causas como las posibles soluciones que devuelvan al Mar Menor su esplendor de otras épocas, cosa que me atrevo a hacer por mi falta de conocimiento al respecto, sí puedo aprovechar para poner sobre la mesa un concepto que, no exclusivamente por el estado del nuestro mar, pero además de ello, está siendo llevado en boca por muchos como otrora lo fueron conceptos tales como por ejemplo lo fue la prima de riesgo. Me refiero al concepto de sostenibilidad. Ahora tenemos que ser sostenibles, a saber, ser capaces de satisfacer necesidades actuales sin comprometer las capacidades del futuro. ¿Acaso no lo hemos sido anteriormente? ¿En qué momento dejamos de serlo? Y si no lo hemos sido ¿Por qué tenemos que serlo ahora?

Me cuesta trabajo pensar que alguien actúe de forma consciente y deliberada en contra de algo y aún más cuando ese algo es, al menos en parte, suyo propio también. No creo que encontremos muchos empresarios a los que se les ofrezca la oportunidad de producir mejor, más eficientemente, y más sosteniblemente y se niegue a hacerlo. Sobre todo, si tiene hijos, nietos o, simplemente, familias a su cargo. Y es que ese concepto de sostenibilidad, como otras muchas cosas, ha pasado de ser un medio a constituir un fin y, como esas mismas otras muchas cosas, normalmente tergiversadas de forma interesada.

El concepto de sostenibilidad se basa en una triple dimensión. Por supuesto, el respeto al medio ambiente es uno de esos pilares, pero no son menos importantes los otros dos. El primero de los pilares de la sostenibilidad, y digo el primero, es la economía, el crecimiento, la generación de riqueza o como quieran llamarlo. Si no hay pan que echarse a la boca, y medios económicos que garanticen la capacidad para adquirirlo, difícilmente vamos a ser capaces de pensar en generaciones futuras cuando no vamos a ser capaces ni de alimentarnos a nosotros mismos. Si no hay economía y crecimiento no hay sostenibilidad. El tercero de los pilares es el bienestar social. Y aquí es donde viene la madre del cordero. Es muy fácil medir si se está creciendo o no y es también relativamente fácil (sobre todo hoy en día gracias a la ciencia) observar la incidencia de la actividad humana sobre el medio ambiente. Ya tenemos dos polos que pueden ser manipulados y enfrentados y, en consecuencia, ya podemos practicar el deporte nacional: opinar justo lo contrario de lo que dice el adversario. Diga lo que diga hay que oponerse.

Pero algo debemos hacer y establecer en relación al bienestar social. Y he utilizado estos dos términos a conciencia: Bienestar y Social. El bienestar social debe situarse a la misma altura que los otros dos, no contradiciéndolos, sino reforzándolos. Podemos pensar, tal vez, que eso del bienestar social es algo así como sacrificarse por los demás, como la abeja obrera que se sacrifica por la reina, como los soldados nacional socialistas lo hacían por el Führer, nada más lejos de la realidad. Podemos pensar que ese bienestar social se consigue pensando sólo y exclusivamente en uno mismo, y que la mano invisible situará cada cosa en su sitio y a cada cual en su lugar. También le falta algo al argumento. Y es que vivimos en una sociedad en la que se ha renegado de la moral y sin ella ni sostenibilidad, ni medio ambiente, ni generaciones futuras ni flautas.

En una sociedad, como la actual, donde más que moral hay moralinas, donde sólo es válido un argumento si ataca y contradice lo que “los otros” dan por bueno, en la que o bien se piensa que todos tenemos que trabajar para el Estado (del bienestar) o que cada uno tiene que mirar por su propia causa, por sí mismo, como fin único de la existencia, en una sociedad en la que los que saben algo ocupan su hueco, cual Pelagio, e intentan intoxicar desde la más burda pasividad cualquier cosa o causa que ocurra, poco sostenibles vamos a ser.

En una sociedad en la que el aborto se promueve a golpe de expresiones como “mi cuerpo es mío” (Por cierto, ¿existe el concepto de aborto sostenible?) donde se reniega de la tradición y donde no está claro ni el fin ni los medios ni nada por el estilo, no se puede ser sostenible.

En definitiva, en una sociedad en la que se ha eliminado el concepto filosófico de bien común poco o nada podemos hacer. Ni por el Mar Menor, ni por las futuras generaciones ni por “nuestros niños”, los menas, ni por el tema principal que me ha llevado a escribir este artículo, Europa. En días pasados el Tribunal de Justicia Europeo sentenció aquello de la inmunidad para los catalinizidas Puigdemont, Comín y alguno más. Esa sentencia va a suponer un antes y un después en el concepto y proyecto llamado Unión Europea. Un proyecto más que razonable, económicamente necesario y con ambiciosos fines necesariamente compartidos. Un proyecto que, gracias a no tener claras las ideas, tiene los días contados ¿Es la UE sostenible? Al tiempo.

Publicado en La Opinión de Murcia.

Rubén Martínez

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