Larga vida a Casado

Hubo una moción de censura no hace mucho tiempo. Para censurar al gobierno, a Sánchez, a su mismidad y su banda.

El sentir mayoritario de los medios de comunicación es rotundo: Pablo Casado ha mostrado un talante moderado, centrado, moderno. Ha cuajado, entre aplausos de propios y ajenos, como un líder indiscutible. ¿Abascal?, un idiota.

Líder e idiota son etiquetas. Por palabras no va a quedar. Sugiero que, en vez de repetir palabras, miremos los hechos.

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Partido a partido

A punto de ganar, como siempre…

Hace ya un tiempo que tomé la decisión de no encender el televisor para ver informativos. Cuando hablan de fallecidos por coronavirus dicen: “fallecimientos de personas con síntomas compatibles con covid19”. Poesía en estado puro. Con este tipo de discursos no es de extrañar que se pueda dar cabida a todo tipo de ocurrencias y teorías. Los políticos no dejan nada claro.

Como cuando escuchas decir a un político eso de “partido a partido”, expresión puesta de moda por un entrenador de fútbol que llega a disputar finales pero que no las gana. No debería estar permitido que los políticos vayan partido a partido porque de una u otra forma nuestro presente y futuro está directamente ligado a sus decisiones. Se supo que el Presidente de la Región de Murcia guardó cuarentena, de quince días, dado que, pese a dar negativo, había en su entorno cercano un infectado por la dichosa enfermedad. Me parece bien como bien me parecería que esas recomendaciones que hacen desde las autoridades sanitarias estuvieran avaladas por el boletín oficial. Si un niño en el cole da positivo desde la autoridad sanitaria te recomiendan cuarentena para sus familiares y allegados, en cambio, si llamas al teléfono de información te dicen que los hermanitos pueden ir al cole perfectamente y en el trabajo o llevas la prueba positiva o tienes que ir a trabajar. Sí señor, es lo que hay. Existen trabajos en los que algunos pueden permitirse ser precavidos y teletrabajar, pero la mayoría tiene que presentarse en su puesto de trabajo salvo que presenten parte como infectado. Se dicen unas cosas y se legislan otras y esto genera inseguridad y con inseguridad ni se invierte ni se crea.

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La coleta de un chino

El maestro Ortega advertía en 1937 que “Europa no despertará hasta que no vea asomar la coleta de un chino por encima de los Urales”.

Podemos decir que Ortega era consciente entonces de dos cosas, al menos. Una, de que una Europa enfrascada en una espiral fratricida acabaría desangrándose y perdiendo su vitalidad, cercenando su propio porvenir. Dos, que existía un “peligro amarillo” y que éste sería una especie de revulsivo, de advertencia, de factor unificador. La “coleta del chino” era una señal de peligro, pero también abría la posibilidad a una esperanza. Es muy difícil quitarle la razón en lo primero. Pero, ¿y en lo segundo? ¿qué hay hoy de todo aquello? Preguntarse esto en 2021 da risa. Europa, la Europa de la mercadotecnoburocracia, convertida en un gigantesco parque temático para viajes del Imserso y en el Tinder de las becas “Orgasmus”, enfangada, envejecida y destartalada, en estado de shock continuo, cada vez más cerca del fallo multiorgánico, frente a todo y frente a todos, se yergue con dignidad yaciente en medio de un mar de aguas sucias y apestosas, como Venecia, mientras por sus canales se van acumulando las ratas, la suciedad, las casas abandonadas y las ventanas desvencijadas. Europa, la Europa de papel, no ha reaccionado ante ninguna coleta china, asomase esta por los Urales o por los Andes, aunque estuviera llena de piojos.

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Ad limitem

Hace diecinueve años, el atentado de las Torres Gemelas cambió cómo entendíamos el mundo en el cauce de la globalización. La humanidad se congregaba como espectador común ante la retransmisión de un acontecimiento que ponía en evidencia la vulnerabilidad. Mientras cientos de personas se precipitaban al vacío entre los colosos del comercio mundial, se desmoronaba la esperanza de un nuevo siglo sin las masacres del anterior. Nuestra aparente sensación de seguridad se evaporaba tan rápido como en la película Funny Games de Haneke. Un límite a nuestro mundo cambiaba nuestra forma de entenderlo y de relacionarnos. No sólo en lo geopolítico, también en lo individual. Todos pasamos a ser potenciales terroristas a los que cachear al subir a un avión.

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La generación burbuja

Tarjeta roja «burbuja».

Tras meses de parón obligado parece que volvemos a la “nueva normalidad” académica. Aunque de normalidad tiene más bien poco, por no decir nada.

Esta pandemia de la covid 19 está haciendo saltar por los aires costumbres y estilos de vida que formaban parte de nuestra cultura y nos están llevando a un nuevo concepto de sociedad en el que quizá no prevalecen los valores que considerábamos apropiados anteriormente.

Han sido meses de incertidumbre, de dolor, de miedo y, tanto el Gobierno central como los autonómicos, han contribuido a incrementar esa sensación de caos, de abandono, de ineptitud. Al fin y al cabo no hay más que ver cómo estamos de lleno en esta segunda oleada.

Llegan incensantemente unos datos alarmantes y cabe plantearse si se están dando de la manera más confusa posible para que parezca mucho más terrible de lo que es para intensificar esa sensación de miedo y mantenernos paralizados porque una sociedad atemorizada es muy fácil de manejar.

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