¿»Quo vadis», transhumanismo?

Bebé transhumano (imagen generada con Stable Diffusion Demo 1)

El ideal de la perfección, al igual que el de inmortalidad, ha fascinado a los hombres de todos los tiempos, pero especialmente está resultando apasionante para el homo contemporáneo, que sueña -a través de la revolución quimérica del transhumanismo- con superar todas las vulnerabilidades y debilidades de su condición natural para mejorar exponencialmente sus capacidades físicas y psíquicas hasta límites inimaginables.

En este primer cuarto del siglo XXI estamos asistiendo a importantes desafíos geopolíticos y biotecnológicos, movidos por ideologías filantrópicas estratégicamente planificadas, que nos invitan a deliberar sobre la cuestión dilemática entre seguir siendo lo que somos, seres humanos imperfectos y mortales, o, por el contrario, transformarnos, mediante la ciencia, la bionanotecnología, la robótica y la inteligencia artificial, en seres transhumanos más perfectos y duraderos. Esto nos conduce a una visión antagónica entre los partidarios del conservadurismo tecnofóbico y los defensores del progresismo tecnofílico.

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Una analogía futbolística

Imaginemos un hincha de un equipo de fútbol de esos que están secularmente enfrentados con el otro de la misma ciudad (puede ser Sevilla, Buenos Aires o Milán, tanto da). Imaginemos que su club quiebra y un empresario compra el estadio para traer un nuevo equipo con distinto nombre, uniforme y plantilla. El hincha se adscribirá a él, no tanto por apego (inexistente) al club recién llegado, como por su rechazo a abrazar los colores del odiado rival.

Algo similar le ocurrió al marginal comunismo español cuando la Unión Soviética y sus satélites desaparecieron y sus espacios fueron ocupados por siniestros nacionalistas ultraconservadores: había que alinearse con los nuevos señores porque cualquier cosa era preferible a renunciar a la inquina intrínseca hacia Occidente y la OTAN. Por eso en abril de 1999, en el punto álgido de su relevancia política (con veintiún diputados en las Cortes) y también de su chifladura (apenas se diferenciaba de su caricatura en los guiñoles de Canal Plus), Julio Anguita se despachó así la intervención militar de la OTAN en Yugoslavia ante la limpieza étnica que Serbia estaba realizando sobre la población albanesa de la provincia de Kosovo: “Milosevic tiene el defecto de ser de izquierdas, y por eso hay que acabar con él”. Si a alguien le quedaban dudas de la cordura de Anguita, las aclaró con la memorable frase: Izquierda Unida perdió trece escaños en las siguientes elecciones generales, apenas dos años después. El papelón que Unidas Podemos está desempeñando estos días blanqueando a Putin, haciendo desplantes a Zelenski, igualando a agresor y agredido y negando a Ucrania armas con las que ejercer su legítima defensa, es muy similar.

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Invertir en defensa para ser más libres

La invasión de Ucrania por parte de Rusia, pero sobre todo los falaces argumentos esgrimidos por Putin para tal suceso traen a la memoria acontecimientos que hace poco más de ochenta años convirtieron Europa en campo de batalla cruenta y también ideológica. Conviene rescatar de la memoria a filósofos como Oswald Spengler, admirador del carácter cesáreo del socialista y fundador del fascismo Benito Mussolini, al que despreció después, como despreció el nacional socialismo de Hitler al sufrir la deriva, primero ideológica y después criminal que terminó alumbrando la tristemente famosa ‘noche de los cristales rotos’, suceso que le hizo romper definitivamente con el régimen alemán. El autor de ‘La decadencia de Occidente’, que durante los años veinte porfió de forma autoritaria contra la República de Weimar, dejó para la posteridad una frase definitiva que estos días adquiere más vigencia que nunca: “En el último momento, será un pelotón de soldados el que salve la civilización y la democracia.”

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La profecía autocumplida

Quejarse es algo muy humano, muy nuestro. Un vicio difícil de tratar convertido en deporte nacional. Según algunos estudios, útil a la hora de liberar estrés, aligerar preocupaciones y conectar con quienes comparten nuestros mismos sinsabores, pero a la vez, como todo lo que invita a pecar, muy perjudicial para nuestra salud. Política, el tiempo, aquel que siempre llega tarde, la comida sin fuste de ese restaurante, este artículo de opinión, el vecino que no paga las cuotas de la comunidad o incluso, paradojas de la vida, ése que tanto se queja. Cualquier tema en la boca adecuada, aderezado con una pizca de ingenio y algo de mala leche, puede convertirse en una buena queja en potencia.

Entre las más recurrentes, sobre todo cuando vemos alejarse nuestra juventud por el retrovisor, están las críticas a los adolescentes. Blanco fácil. No es nada nuevo que generación tras generación, como discos rayados, caigamos en los mismos tópicos de siempre: que si los adolescentes de hoy en día no tienen educación, que cada vez van a peor, que no respetan ni a los adultos o que, sin duda, nosotros no éramos así.

“Los jóvenes de hoy no tienen control y están siempre de mal humor. Han perdido el respeto por los mayores, no saben lo que es la educación y carecen de toda moral”. Estas palabras que bien podríamos suscribir hoy en día no son nuestras. Tampoco de nuestros padres. Ni siquiera de nuestros abuelos. Aristóteles ya se quejaba de esto hace 2000 años. Y seguro que  sus padres también lo hacían: “Aristóteles, hoy estás insoportable. No hay quien te aguante”.

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Cuentos de ayer para entendernos hoy

Entender lo que pasa, saber lo que nos ocurre, no siempre es fácil.

Estaba estudiando un día en la facultad. De pronto me sentí bloqueado, mareado, con sudor… Síntomas evidentes pero, por ir a nuestro asunto, no entendía qué me pasaba. Que una cosa son los síntomas y otra el diagnóstico. Entender algo es dar con una organización coherente de los datos: lo que viene siendo un buen relato.

Viendo lo que nos pasa estos días, me vienen a la cabeza un par de relatos. Por si interesan.

Ahí va el primero. Es un relato básico, fundamental. De hecho lo encontramos en el libro del Génesis y se refiere a una de las primeras cosas que hay que saber para andar por la vida. Podíamos denominarlo “el relato de las lentejas”.

Recordarán que en un aprieto, un momento de necesidad… Podíamos decir también “Había una vez un lugar muy muy lejano donde algunos pasaban estrecheces (qué se yo, por el precio de la luz, gasolina, impuestos…)” pero no: lo dejamos en que el hermano mayor, destinado a heredar todo, estaba necesitado, hambriento. Y hay que comer, claro: las lentejas son las lentejas. Y eso pensó el astuto hermano menor quien le preparó un plato de lentejas, se lo puso delante. Esaú, que así se llamaba el heredero, se hartó de lentejas. Y perdió todo. ¡Pobre Esaú!

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