Informe PISA. Y, ¿ahora qué?

En la primera semana de diciembre se ha publicado el informe PISA, en el que obtenemos unos resultados nefastos, como viene siendo habitual. Ya se ha convertido en tradición el rasgarse las vestiduras cuando se conocen los resultados y no hacer nada más hasta la siguiente publicación, eso sí, dejando todo como está.

Lo lógico sería buscar las causas y obrar en consecuencia. La educación en España funcionó razonablemente bien hasta la LOGSE, una ley que supuso una ruptura con todo lo anterior y que nos ha llevado a este auténtico desastre.

Nuestros políticos se pelean por temas como la educación concertada o los recortes en el gasto educativo, pero parecen no darse cuenta de que el problema es mucho más profundo. ¿Por qué no empezamos por hacer una enmienda a la totalidad a las últimas leyes educativas? ¿Por qué no empezamos por establecer que enseñar es transmitir conocimientos y no configurar actitudes? A lo mejor así, hasta dejaríamos de hacer el ridículo a nivel mundial. Sin ánimo de exhaustividad, señalaría tres aspectos en los que habría que incidir.

En primer término, hay que recuperar la idea de que lo esencial son los contenidos que nuestros alumnos deben conocer al final de cada etapa educativa. Las escuelas e institutos dedican mucho tiempo y energía a impartir charlas y organizar actividades varias cuyo objetivo es puro marketing (branding se llama ahora) para quedar bien con las familias, cuando no para adoctrinar en la ideología de moda, en ocasiones a espaldas e incluso en contra de la educación que los alumnos reciben en sus familias.

Hay que recuperar el aula como el lugar en el que se realiza esa transmisión de conocimientos a través de la interacción entre unos alumnos y unos profesores que están ahí porque son competentes en sus respectivas materias y con ese criterio de excelencia académica han sido seleccionados en las oposiciones (en el caso de la enseñanza pública). Es mucho más importante para alcanzar el fin de la educación aprender en Matemáticas como se resuelven ecuaciones o en Lengua la lectura de nuestros clásicos, que organizar un Carnaval o un Festival fin de curso en Primaria o un viaje para esquiar en Secundaria.

Además de los conocimientos, siempre se transmiten actitudes y valoraciones pero los que un centro educativo debe transmitir para ser ideológicamente neutro, para respetar a todos, son los que se logran a través del ejemplo y no mediante sesiones destinadas específicamente a transmitir “valores”. Me refiero a que hay que conseguir que los centros educativos sean sitios ordenados y limpios, con normas claras y firmes de funcionamiento y en los que se hable con corrección y no se pasen por alto las faltas de educación. Cuidar estos aspectos resulta más efectivo que las charlas que ofrecen muchas asociaciones. Como prueba de ello, todos los alumnos de Secundaria reciben charlas sobre alcohol, drogas y acoso escolar y en ningún momento de nuestra historia hemos tenido más problemas en los centros con estos asuntos.

En segundo lugar, está el tema de la convivencia en las aulas. Debido a la merma de la autoridad del profesor por las leyes tan garantistas con los alumnos, el ambiente no resulta el más adecuado para la enseñanza ni la educación. Recordemos algunos ejemplos.

Para hacer efectivo el derecho a la enseñanza de la mayoría de alumnos, a veces hay que quitarle el derecho de asistencia al centro a algún alumno pero el procedimiento es tan farragoso que muchos centros desisten. De esa manera los políticos y responsables de la Consejería de educación pueden proclamar a los cuatro vientos que se ha reducido la conflictividad.

En la misma línea, podríamos hablar de las reclamaciones contra las calificaciones finales. Una familia enfadada puede reclamar la nota con un procedimiento muy simple, y el centro tiene que contestar con un expediente que puede rondar los 100 folios. ¿A alguien le extraña que algún profesor decida aprobar para evitarse semejante embrollo? Nuevamente, la lectura política es que se ha logrado mejorar el número de aprobados.

Y si aun así, algún profesor osa desviarse más de la cuenta con la media regional, se le manda la Inspección para ponerlo en la picota y se le obliga a devastar media selva amazónica en papeleo. Pero sólo si el desvío es por debajo, que si un profesor aprueba a todos aunque no sepan nada no es problema. Con esas leyes y esas prácticas se ha logrado que lo importante no sea saber sino aprobar.

Ante estas condiciones, es necesario reivindicar la figura del profesor competente en su materia, no como un coordinador de aula o un vigilante de alumnos, sino como el pilar fundamental para que el sistema educativo funcione.

En tercer lugar está la evaluación del sistema educativo. Los mejores sistemas educativos del mundo conjugan la autonomía de los centros con unas evaluaciones externas exigentes y los peores son aquellos que combinan autonomía de los centros con la ausencia de pruebas externas. Es decir, el nuestro.

La experiencia dice que el curso donde más esfuerzo hay de los profesores, alumnos y familias es en 2º de Bachillerato, y es por razones obvias: al final hay una prueba externa con consecuencias académicas, la EBAU.

Si queremos mejorar de verdad parece lógico que apostar por una prueba externa en más momentos de la trayectoria académica de nuestros alumnos. Lo demás es estar fuera de la realidad. Los políticos, los pedagogos y demás personajes que no entran al aula podrán decir lo que quieran, pero como decía aquel niño en el famoso cuento de Hans Cristian Andersen, “el rey está desnudo”.

Publicado en La Opinión de Murcia.

Andrés Nieto

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