Alarma de lo cotidiano

«Cuando despertó, el dragón chino todavía estaba allí».

Terminó el estado de alarma en el Boletín Oficial del Estado, pero millones de españoles seguimos en vilo y alarmados por muchas cosas de la salud, del comer y del vivir en comunidad. Hay quien se alarma de la previsible algarabía de novillos y becerras a los que después de meses de toque de queda les dan la suelta nocturna un sábado de primavera, con su sangre alterada, su luna, sus estrellas y su dehesa que son los botellones sin control, mientras que por toda España permanecían cerrados entornos controlados como bares y restaurantes, y con ellos, miles de esperanzas de vida autónoma. Me pregunto por qué los cuerpos de seguridad del Estado no han vigilado preventivamente zonas de ocio que son de alto riesgo a determinadas horas de la noche para evitar desmadres, y sin embargo nuestros mandamases los han destacado durante meses en las líneas divisorias entre municipios y comunidades autónomas para recetar 600 euros a los Peláez, que eso de irse un viernes a Torre de la Horadada a hacer nada en su segunda residencia, lo mismo que en Murcia, debía ser pecado de leso negacionismo.

En esta rutina infame con mascarilla que dura catorce meses y su consiguiente sucesión de despropósitos ciudadanos y políticos, lo que debería encender todas nuestras alarmas son esas situaciones cotidianas que antes no pasaban de molestas y ahora desnudan el discurso oficial de la responsabilidad con el que nos atorran desde las administraciones y medios de comunicación. Por ejemplo, cabe preguntarnos porqué ese tipo se atreve a cruzarse conmigo a boca y nariz descubierta mientras corretea en pantalón corto por las aceras o porqué aquella zanguanga se sabe con impunidad para prescindir de la mascarilla en la bici de paseo mientras circula por dirección prohibida, con los auriculares puestos, mirando el móvil y sonriendo al policía municipal, quien simula no verla.

También me alarma que antes de la pandemia no reparaba tanto en la cantidad de personas que exhalan el humo del cigarro en la cara de otros, ni me importaba que los autónomos fuésemos los olvidados de cualquier política económica, pues aún teníamos más ilusión y esperanza que recursos, pero algo teníamos. Alarma nuestra España descosida y generadora de brechas insostenibles. Como esa brecha que consiste en que una mujer que trabaja fuera de casa en Navarra o País Vasco gana de media un 25% más que cualquier hombre en la Región de Murcia, que las brechas de la opinión publicada tienen menos de sexistas que de ideología y fronteras administrativas. O esa otra promovida por los poderes públicos para cerrar edificios de la administración durante meses abonando puntualmente gasto corriente y nóminas a quien no trabajó en todo ese tiempo e impidió a multitud de empresas privadas ejercer su actividad sin hacerse cargo de todas sus obligaciones, en justa correspondencia.

Y si de seguridad y vida hablamos, ahora me alarma que esta pandemia ha sido aprovechada por delincuentes de todo pelaje para ir todos los pasos más allá que les permitimos con nuestra indolencia y nuestro papanatismo, como ese suceso de Jumilla en el que guardia civil y policía municipal no pueden, no saben o no quieren desenfundar su arma reglamentaria y disparar al aire como penúltimo recurso para evitar el asesinato de un joven. Pero qué podíamos esperar cuando desde hace años resulta más frecuente que sea el delincuente quien pega y agrede a la policía y no ésta quien usa la fuerza legítima.

Preparémonos entonces para el día después. Porque cuando las vacunas lo permitan despertaremos, y nos daremos cuenta, como escribía Monterroso, que todos los dinosaurios chinos siguen allí, engordando y creciendo al 18% anual. Convencido como estoy de la procedencia fabril de este virus a falta de otras explicaciones o pruebas concluyentes, no sé si estar agradecido a la ciencia por el esfuerzo realizado para conseguir vacunas y tratamientos o ciscarme en esa otra ciencia profunda y oscura que puede traernos este y otros virus. No sé a qué esperan para rebautizar el pasado 2020 como ‘el año del murciélago de humo’. Y para ambientar, que repongan Fu Manchú.

José María Riquelme

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