A cada uno, lo suyo

Casi todo ha cambiado en muy poco tiempo. Otra cosa muy distinta son nuestras estrategias de adaptación a los cambios, que no cambian: nuestro parloteo, nuestra crítica acrítica y nuestra ferocidad lenguaraz siguen incólumes.

No podemos quejarnos del alarmismo de nuestro gobierno, ni mucho menos, que teniendo bien presente lo que estaba pasando en Italia, Irán o China ha desperdiciado un par de semanas, como poco, en demorar una respuesta lo suficientemente contundente para “aplanar la curva” de contagios, evitar muertes y el colapso de las camas de UCI, aunque ahora lloriquee. Pero tan extremados son los bandazos del Gobierno de España como los de los gobernados.

Antes del 8M todo el que torcía la mirada ante la inacción de las autoridades y veía con preocupación las noticias de la China era inmediatamente tachado de vocinglero alarmista sin fuste. “No es más que una gripe, y vale ya”, venían a decir, cual Olga Sánchez. Y ahora, a dos semanas escasas de una situación de alarma y de un confinamiento sin precedentes, unas circunstancias del todo excepcionales, resulta que las autoridades públicas, es fama, tenían que tenerlo todo ya visto, previsto, planeado y pensado. Vamos, que tenían que haber desarrollado la vacuna antes de que apareciera el bicho, hombre, que qué poca anticipación a los hechos, si todo el mundo lo veía venir, cojines.

Así somos. Por la mañana llamamos a una manifestación en las calles a los 46 millones y medio de españoles y por la noche los confinamos en sus casas a punta de multazo. Todo el que no fuera a la manifestación era poco menos que un facha en decorticación; todo el que osa asomar el hocico más allá del umbral de la ventana de su casa hoy es un criminal, un demente o un inconsciente en descerebración.

Y esa peculiar idiosincrasia nuestra se manifiesta aún más agudamente, cómo no, en el asunto educativo, ahora que muchas casas se han vuelto un poco más populosas. Hablemos del “cole”, de los “profes” y de los “alus” en tiempos coronavíricos.

Preguntémonos: ¿cuánto tiempo sería razonable invertir en una transición total y completa del modelo de escuela actual (“decimonónico”, según muchos de sus detractores) a un modelo “on line”, virtual, digital y hologramático? ¿Qué plazos habría que tener en cuenta para que dicha transición disminuya o no aumente las desigualdades de acceso a la educación y de oportunidades, para que “atienda a la diversidad”, satisfaga a todos y cada uno de los estándares legales, dé cumplida cuenta del logro de las competencias previstas? ¿Cuántas reuniones de autoridades educativas de toda laya, de profesores, de maestros, de inspectores, de directores, de asesores, de consejeros, de bedeles, de rectores, de padres, de madres, de estudiantes, de sindicatos, de representantes de la sociedad civil  -defensores del burro cordobés, amigos de la tortuga mora, apóstoles del Tetraclinis articulata, etc…- habría que convocar? ¿Cuántas manifestaciones, cuántas protestas por la educación, cuántas caceroladas a la hora de cenar, cuántos abajofirmantes y cuántos manifiestos habría que apoyar, soslayar, encarar, capotear, arrostrar, omitir o enfrentar? ¿Cuántos expertos, cuántos pedagogos, cuántos catedráticos, cuántos filósofos y cuántos gurús de “la nueva educación” habría que oír? ¿Cuántas cifras de Pisa lanzadas a degüello, cuántas comparaciones con Escandinavia, con Singapur y con Suazilandia? ¿Cuántos nacionalistas venderían su apoyo al Caín de turno para descoser un modelo nacional, apenas hubiera sido pespunteado, con el que seguir echando pienso al pesebre en el que hociqueen sus adláteres? ¿Cuántos hombres, mujeres, entes cis, entes trans, animalistas, veganos, ecologistas, animistas, monoteístas, ateos, laicistas, terraplanistas y adoradores de la Tetera Cósmica tendrían que intervenir? [Nota, si alguien nota cierto tono irónico y empieza a albergar la sospecha de que tal vez el plumilla no acepte todas las voces como igualmente válidas en la cosa educativa, que no dé pábulo a sospechas infundadas.]

Si por cambios mucho más superficiales (por retoques menores y ligerísimos en la única ley educativa reinante en España desde 1990, la LOGSE, pues no otra cosa son todas y cada una de las leyes que se han aprobado con posterioridad) se ha armado la de Dios es Cristo, da miedo pensar a qué nos enfrentaríamos si alguna vez los políticos quisieran verdaderamente proponer un cambio de calado en la legislación y en el modelo educativo. Ríete tú de las pandemias.

Pero resulta que en sólo dos semanas los “profes”, maestros, “alus” y padres que creen que merece la pena eso de formarse e instruirse se han tenido que adaptar como pueden, con humanidad, con sentido común y de la responsabilidad, en condiciones increíbles, sin que haya tenido que armarse ninguna marimorena, sin alharacas y hasta, según se ve, con entusiasmo y buen espíritu. El que esto firma no puede desligarse de su huero y acrítico bocachanclismo, pecado común que denuncia, pero también tiene boca para reconocer los méritos ajenos: vaya desde aquí un brindis por todos ellos.

Publicado en La Opinión de Murcia

Marco A. Oma

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