Pájaros nacionalistas

Variantes dialectales principales de «els països catalans», según Tabarnia.org

El folclore de los campamentos de leñadores del norte de los Estados Unidos está lleno de extrañas criaturas que rivalizan con las que pueblan los bestiarios medievales europeos. Una de ellas es el pájaro goofus, un ave singular que, en palabras de Borges, “construye el nido al revés y vuela para atrás, porque no le importa adónde va, sino dónde estuvo”. Por eso el goofus es un pájaro nacionalista. Porque nada interesa más al nacionalismo que volver a unos orígenes siempre míticos e irreales en lugar de avanzar realmente. Lo estamos viendo estos días con la imposición por parte del PSOE, Compromís-Podemos y el PNV, nada menos que en la Mesa del Senado, de la ficción histórica de los “países catalanes”, un inexistente ente político que reemplaza la histórica Corona de Aragón con una entelequia lingüística, étnica y cultural que apesta a Europa de los años treinta con ruido de desfile al paso de la oca de fondo.

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Tan tranquilos…

Otros antes ya le hacían la cama al rey moro.

Terminó el mandato de Donald Trump, el más pacífico en la historia de los Estados Unidos desde Carter, el otro presidente que en los últimos cuarenta años no invadió ningún país, y la imagen que nos queda de sus últimos días es la de los disturbios en el Capitolio. Que los españoles no hayamos reparado en las repercusiones de la decisión tomada por Trump el pasado 10 de diciembre, cuando aun estando en condición de saliente reconoció la soberanía de Marruecos sobre el Sahara Occidental, demuestra lo ajenos que vivimos a los entresijos de la política internacional.

En efecto, en una decisión que sacudió a las Naciones Unidas, la primera potencia mundial, y teóricamente nuestro principal aliado militar, se desmarcó de la ONU y del estatus de territorio pendiente de descolonización que todavía posee, desde la Marcha Verde, la antigua provincia española. Personalmente el destino de los saharauis me trae sin cuidado y es consecuencia de la miopía política que padecieron sus líderes independentistas en los años 70, cuando creyeron que en plena Guerra Fría se iba a permitir la formación de una república patrocinada por la Unión Soviética y Argelia en las costas atlánticas de África. Sus descendientes pagan hoy la decisión de hostilizar a las autoridades metropolitanas en lugar de aguardar una descolonización pacífica y beneficiosa para ambas partes. Lo que me preocupa es que, a todos los efectos, el reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental por parte de los Estados Unidos clava irremisiblemente el ataúd de la soberanía española sobre Ceuta y Melilla.

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Todos mediocres

Legislar en tiempos de pandemia es fácil cuando toda la atención del país está centrada en la tragedia sanitaria, los dos o tres casos de COVID que el doctor Simón dijo que tendríamos en España, la cifra de fallecidos que el Gobierno se empeña en ocultar porque parece que desde junio aquí no se ha muerto nadie o la devastación del tejido económico nacional. Por eso la última reforma educativa de la democracia, la LOMLOE (Ley Orgánica de Modificación de la LOE) se ha sacado adelante sin consenso como siempre, y sin discusión como nunca, y es ya una realidad cuyas novedades muy pocos conocen pero que todos imaginamos porque las polémicas son siempre las mismas: la demanda de enseñanza concertada, la repetición de curso, el estatus de la asignatura de Religión y su optativa, los cada vez menos exigentes requisitos para promocionar y titular en Bachillerato, el total abandono del idioma español en determinadas regiones del país, la renuncia explícita a las nociones de calidad y excelencia, la enésima rebaja en contenidos para que hasta una garrapata pueda obtener el título de Graduado en ESO y así en las estadísticas de la OCDE superemos a Uganda o Guatemala…

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Hablemos de cosas importantes

La ciudadanía moderna necesita sus propias papillitas.

Como el resto de españoles, llevo más de un mes enclaustrado y, al margen de muchas meditaciones sobre encerrados literarios (las hijas de Bernarda Alba, el príncipe Segismundo de Polonia, Gregor Samsa o el conde de Montecristo), no dejo de pensar en qué cosas tan importantes tenía nuestro Gobierno que hacer durante el primer trimestre del año que le impedían comprar como si no hubiese mañana guantes, mascarillas, pantallas protectoras, antisépticos y todo tipo de material cuya escasez, especialmente entre el propio personal sanitario, ha ayudado a que miles de compatriotas hayan caído como ratas. Tiro de hemeroteca y veo que el Presidente y sus miles de vicepresidentes, ministros, secretarios y subsecretarios de Estado discutían, entre otros asuntos de importancia (como la regulación legal del piropo) el encargo de un informe sobre usos racistas, xenófobos y segregacionistas del lenguaje.

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Laurencia o la torpeza en la interpretación literaria

Desde hace catorce cursos tomo la precaución de no usar libros de texto para explicar Literatura en mis clases de Secundaria y Bachillerato. La cantidad de lugares comunes e interpretaciones superficiales que me encontré en ellos cuando comencé a dedicarme a la docencia me instó a huir de ellos como de la malaria, y tenía totalmente olvidada a esta industria innecesaria y en muchos aspectos indecente hasta que el otro día un comercial me dejó varios ejemplares de muestra y material de diverso tipo. Entre éste, un curioso póster en el que aparecen personajes clásicos de la Literatura Española junto a un breve texto en el que se describen los valores que presuntamente aportan al aprendizaje vital de los alumnos.

Inevitablemente aparece don Quijote como prototipo de aquél que, leal a sus ideales, lucha por conseguir sus sueños entre mil adversidades. Ya comenté en este mismo periódico hace unos meses que don Quijote, lejos de ser un personaje positivo, es un demente que trata de imponer unos usos sociales y políticos anacrónicos pre-estatales en una España dotada de instituciones jurídicas y legales propias de un estado moderno, que suponían la superación de la incertidumbre y arbitrariedad forense y procesal del estado medieval: un idealista que no puede ni quiere ser soluble en la legalidad del estado.

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