Tan tranquilos…

Otros antes ya le hacían la cama al rey moro.

Terminó el mandato de Donald Trump, el más pacífico en la historia de los Estados Unidos desde Carter, el otro presidente que en los últimos cuarenta años no invadió ningún país, y la imagen que nos queda de sus últimos días es la de los disturbios en el Capitolio. Que los españoles no hayamos reparado en las repercusiones de la decisión tomada por Trump el pasado 10 de diciembre, cuando aun estando en condición de saliente reconoció la soberanía de Marruecos sobre el Sahara Occidental, demuestra lo ajenos que vivimos a los entresijos de la política internacional.

En efecto, en una decisión que sacudió a las Naciones Unidas, la primera potencia mundial, y teóricamente nuestro principal aliado militar, se desmarcó de la ONU y del estatus de territorio pendiente de descolonización que todavía posee, desde la Marcha Verde, la antigua provincia española. Personalmente el destino de los saharauis me trae sin cuidado y es consecuencia de la miopía política que padecieron sus líderes independentistas en los años 70, cuando creyeron que en plena Guerra Fría se iba a permitir la formación de una república patrocinada por la Unión Soviética y Argelia en las costas atlánticas de África. Sus descendientes pagan hoy la decisión de hostilizar a las autoridades metropolitanas en lugar de aguardar una descolonización pacífica y beneficiosa para ambas partes. Lo que me preocupa es que, a todos los efectos, el reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental por parte de los Estados Unidos clava irremisiblemente el ataúd de la soberanía española sobre Ceuta y Melilla.

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Todos mediocres

Legislar en tiempos de pandemia es fácil cuando toda la atención del país está centrada en la tragedia sanitaria, los dos o tres casos de COVID que el doctor Simón dijo que tendríamos en España, la cifra de fallecidos que el Gobierno se empeña en ocultar porque parece que desde junio aquí no se ha muerto nadie o la devastación del tejido económico nacional. Por eso la última reforma educativa de la democracia, la LOMLOE (Ley Orgánica de Modificación de la LOE) se ha sacado adelante sin consenso como siempre, y sin discusión como nunca, y es ya una realidad cuyas novedades muy pocos conocen pero que todos imaginamos porque las polémicas son siempre las mismas: la demanda de enseñanza concertada, la repetición de curso, el estatus de la asignatura de Religión y su optativa, los cada vez menos exigentes requisitos para promocionar y titular en Bachillerato, el total abandono del idioma español en determinadas regiones del país, la renuncia explícita a las nociones de calidad y excelencia, la enésima rebaja en contenidos para que hasta una garrapata pueda obtener el título de Graduado en ESO y así en las estadísticas de la OCDE superemos a Uganda o Guatemala…

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Hablemos de cosas importantes

La ciudadanía moderna necesita sus propias papillitas.

Como el resto de españoles, llevo más de un mes enclaustrado y, al margen de muchas meditaciones sobre encerrados literarios (las hijas de Bernarda Alba, el príncipe Segismundo de Polonia, Gregor Samsa o el conde de Montecristo), no dejo de pensar en qué cosas tan importantes tenía nuestro Gobierno que hacer durante el primer trimestre del año que le impedían comprar como si no hubiese mañana guantes, mascarillas, pantallas protectoras, antisépticos y todo tipo de material cuya escasez, especialmente entre el propio personal sanitario, ha ayudado a que miles de compatriotas hayan caído como ratas. Tiro de hemeroteca y veo que el Presidente y sus miles de vicepresidentes, ministros, secretarios y subsecretarios de Estado discutían, entre otros asuntos de importancia (como la regulación legal del piropo) el encargo de un informe sobre usos racistas, xenófobos y segregacionistas del lenguaje.

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Laurencia o la torpeza en la interpretación literaria

Desde hace catorce cursos tomo la precaución de no usar libros de texto para explicar Literatura en mis clases de Secundaria y Bachillerato. La cantidad de lugares comunes e interpretaciones superficiales que me encontré en ellos cuando comencé a dedicarme a la docencia me instó a huir de ellos como de la malaria, y tenía totalmente olvidada a esta industria innecesaria y en muchos aspectos indecente hasta que el otro día un comercial me dejó varios ejemplares de muestra y material de diverso tipo. Entre éste, un curioso póster en el que aparecen personajes clásicos de la Literatura Española junto a un breve texto en el que se describen los valores que presuntamente aportan al aprendizaje vital de los alumnos.

Inevitablemente aparece don Quijote como prototipo de aquél que, leal a sus ideales, lucha por conseguir sus sueños entre mil adversidades. Ya comenté en este mismo periódico hace unos meses que don Quijote, lejos de ser un personaje positivo, es un demente que trata de imponer unos usos sociales y políticos anacrónicos pre-estatales en una España dotada de instituciones jurídicas y legales propias de un estado moderno, que suponían la superación de la incertidumbre y arbitrariedad forense y procesal del estado medieval: un idealista que no puede ni quiere ser soluble en la legalidad del estado.

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El imperio que ya está aquí

La revista de El Catoblepas ha sido de las pocas publicaciones que ha llevado un seguimiento mensual de los principales acontecimientos de China.

2019 se acaba y, con él finiquitado, le damos un nuevo mordisco al siglo XXI, ése que siempre se dijo -el tiempo lo está corroborando- que sería el del relevo del testigo en la hegemonía mundial. El siglo de China. Lo será, y eso no debe preocuparnos especialmente; los imperios caen irremisiblemente, y a este respecto no puedo dejar de recomendar el clásico estudio publicado por Paul Kennedy en 1989.

Lo que sí debe preocuparnos es qué tipo de imperio decidirá, o ha decidido, ser China. Gustavo Bueno, el más brillante filósofo dado por nuestro país, distinguió en su obra España frente a Europa dos tipos de imperios, entendiendo por imperio a un estado con la capacidad de intervenir operatoriamente en otros: los imperios generadores y los depredadores. Los generadores se caracterizan esencialmente, desde el punto de vista biológico, por el mestizaje con las poblaciones intervenidas. Desde el punto de vista cultural y científico, por compartir sus saberes y tecnologías con los invadidos. Y desde el punto de vista social y económico, por la fundación de ciudades. Por oposición, los imperios depredadores proscriben cualquier mezcla de sangres, hacen valer su superioridad cultural y científica únicamente para someter a los invadidos, y nunca crean ciudades, sino factorías desde las que saquear el territorio intervenido. El Imperio Español es un ejemplo de libro del tipo generador: la diversidad racial de Hispanoamérica, el inmediato arraigo del idioma español y el Cristianismo en aquellas tierras, las fastuosas capitales virreinales allí fundadas o las veintiocho universidades y dieciocho colegios mayores existentes en la América hispana en 1810 son prueba de ello. También lo fueron el Imperio Macedonio de Alejandro Magno, el Imperio Romano, el Carolingio o la Unión Soviética. Imperios depredadores fueron, por ejemplo, el Persa (una burocracia etnocéntrica), el Imperio Británico (una talasocracia consagrada a la esquilmación de los cinco continentes) o el Tercer Reich (que unió el entusiasmo por el saqueo a la prohibición legal a mezclar la sangre alemana con la ajena).

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