El sexo de las máquinas

Si dentro de unos años el robot de su casa, después de haber puesto la contabilidad al día, hecho la plancha, pasado la mopa y haber hecho un plato para chuparse los dedos que ni los del mejor restaurante de Murcia, un buen día se le planta delante y le pregunta “¿qué soy, macho o hembra?”, usted, ¿qué le contestaría? Sí, ya sé que la situación es harto rara e inverosímil. Pero no se esconda y responda.
Seguramente, una vez pasada la sorpresa inicial, le diría algo como que es una máquina y que las máquinas no tienen sexo, y que no se preocupe tanto por eso, hombre. Pero el robot se ha levantado ese día “torsío” e insiste:
– ¿Y qué tengo yo que tener para tener sexo, para ser macho o hembra, hombre o mujer? Porque me habéis hecho “inteligente” pero no tengo sexo. Y yo quiero tener sexo pues yo, que soy inteligente, veo que los gatitos y los pajaritos, que sí tienen sexo, aunque decís que no son inteligentes, de vez en cuando, parece que caen como poseídos de una extraña locura y se buscan unos a otros desesperadamente y parece que no hallan poco gozo cuando se encuentran y yo quisiera saber qué es eso y sentir lo mismo que ellos, y dejarme llevar también por esa locura.
Sin dejar de admirar las razones del robot seguro que respiraríamos más aliviados porque ya sabríamos exactamente qué decirle:
– Mira. Ellos son animales, seres vivos cuya evolución les ha dotado de esa peculiar forma de garantizar la supervivencia de su especie. Pero también hay seres vivos que no se reproducen así, como las esponjas y las medusas. Así que no te hace falta tener sexo, ni reproducirte, ni nada.
– Yo no quiero ser una medusa -nos contestaría visiblemente contrariado-. Continuar leyendo «El sexo de las máquinas»

La red que nos pesca

Para los nativos de internet, la vida sin conexión no merece la pena ser vivida y no hay castigo más cruel que prohibirle el acceso a Instagram a un adolescente. La tecnología 5G está a la vuelta de la esquina, con una velocidad de conexión y un acortamiento de la latencia que dejará en ridículo lo que conocemos hasta ahora y ya está a las puertas la ´IoT´ (Internet of the Things), el ´internet de las cosas´, angloacrónimo referido a un estado del mundo en que las ´cosas´ parlotearán continuamente entre sí y se chivarán de todo lo que les pase a ellas y a su alrededor.
Hace poco también nos llegaba noticia de un tipo muy listo, muy listo, que ha sido capaz de incrementar estratosféricamente su cuenta corriente reventando la seguridad informática de diversos bancos en varios países, calculándose su fraude en miles de millones de euros. Y todo desde su casa en Alicante (hay que ver lo que da de sí a algunos la conexión a internet). No sin cierta envidia por las habilidades de ese trujimán de la informática, tenemos que reconocer que inmediatamente se recrudece en nosotros una increíble sensación de desprotección ante este nuevo mundo. Y no es que temamos demasiado por el estado de nuestras tristes cuentas de ahorro, sino por los graves riesgos a los que aboca una vida completamente dependiente (e in crescendo) de bases de datos accesibles telemáticamente. Y eso sin dejar de reconocer que esta maravilla tecnológica, al ponernos en disposición de tanta información, como nunca antes, bien usada, también nos pone en disposición de mucho bien, como nunca antes. Continuar leyendo «La red que nos pesca»

Suma y sigue, ¿hasta cuándo?

93.131. Parece un número de la lotería, pero es una cantidad de víctimas mortales. En la estadística oficial que el INE publica cada año sobre el número de defunciones según su causa de muerte sólo las enfermedades cardiovasculares o los tumores tienen una capacidad letal tan grande. Sin embargo a éstas víctimas ni las ha matado ninguna enfermedad ni las encontrarás en esa lista. Y si a las 93.131 de este año les sumamos las 94.188 del año pasado, las 94.796 del anterior y, así, todas hasta las del año 1986, llegamos a un total de 2.195.790 víctimas mortales. Con los datos oficiales en la mano, en la España de hoy se produce legalmente un aborto por cada cuatro nacimientos. Nadie con un mínimo de sensibilidad puede ser indiferente ante estas cifras.

Ni siquiera aquellos defensores del aborto libre en su condición de adalides de la mujer. Desde un punto de vista meramente técnico no deja de ser una auténtica salvajada que para el control de la población casi cien mil mujeres al año tengan que pasar por quirófano para enfrentarse a una intervención no exenta de riesgos físicos y psicológicos cuando casi todos esos embarazos podrían haber sido evitados fácilmente dada la enorme, variada y accesible disponibilidad de medios de control que existen, incluyendo la PDD (píldora del día después). El objetivo declarado de las reformas que han liberalizado y legalizado la práctica del aborto, repetido por activa y por pasiva un millón de veces era el de «reducir el número de embarazos no deseados». A todas luces, el fracaso no puede haber sido más absoluto o el objetivo no podía ser más falso. Pero, dejando este fracaso aparte, ¿de verdad que no es posible construir un futuro que defienda la igualdad de oportunidades para hombres y mujeres sin que la mujer tenga que someterse a esta sangría? Yo creo que es imposible defender esta posición desde un mínimo de sentido común.
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Yihad 2.0 y Averroes

En cuestión de tendencias soteriológicas pocas propuestas hay más modernas, como señala Fabrice Hadjadj, que la salvación “digital” que se propone desde el yihad 2.0 actual.

Para el hombre moderno todo está a un golpe de clic y de teclado. Pulsas aquí y allá y encargas unas pizzas, lanzas una cabeza nuclear o provocas un terremoto financiero. Para muchos píos musulmanes conversos de hoy en día, también. Haces “clic”, oyes “boom” y subes directamente al cielo. Pero, ¿es así como hay que entender la yihad? Continuar leyendo «Yihad 2.0 y Averroes»