Educación edulcorada

«¡Qué horror! ¡Salvemos a los niños!»

Parece que hemos perdido el norte. Al menos en materia de educación. Malgastamos tiempo, recursos y energía en debates e ideas absurdas que a pocos, pocas y poques interesan o ayudan como esa matria o esas portavozas que duelen sólo con leerlas. Mientras tanto, seguimos sin encontrar esa tecla que nos permita matar dos pájaros de un tiro: reducir el fracaso escolar y preparar a nuestros hijos para eso que titulamos “vida adulta”. Curso tras curso el resultado parece ser el mismo. Ahora al menos tenemos excusa. Será por el coronavirus, por el exceso de deberes o por las clases online, pero no terminamos de arrancar. Más bien lo contrario.

Por falta de iniciativas no será. Dos cursos llevamos intentando motivar a nuestros alumnos con eso de promocionar sin aprobar. Bastante han tenido los pobres con las mascarillas y la semipresencialidad. Repetir curso tenía que ser la excepción. Si acaso en verano, entre siesta y remojo, aquellos con varios suspensos ya recuperarían esas materias que se les resistieron durante el curso. Para eso están los planes de trabajo individualizados. Y aunque la teoría promete, nos olvidamos que verano y estudiar son difícilmente compatibles. Debe ser que no hacer nada durante el curso cansa y, ya se sabe, el verano está para desconectar. No vayamos a empezar septiembre estresados.

Este curso, a la espera de saber si los aprobados seguirán de oferta, podremos disfrutar de una de las iniciativas que más promete: las nuevas matemáticas socioemocionales con perspectiva de género. Un nuevo concepto de matemáticas donde ilusionar a los zagales, potenciar siempre su autoestima, evitar la palabra error disfrazándola de “oportunidad” y motivarles para que muestren interés y no se duerman en clase son la clave. Unas nuevas mates donde el esfuerzo, el hábito de trabajo y la responsabilidad han sido expulsados de clase.

Parece que las obligaciones no tienen cabida en el nuevo currículo. Como si los niños o los adultos no las tuviésemos. Se imaginan: hoy no me motiva cuidar a mis hijos por eso no los voy a ir a recoger o no me hace ilusión ir al trabajo por eso me cojo el día libre. Las obligaciones son esas tareas que hay que hacer simplemente porque hay que hacerlas, independientemente de lo poco o nada que nos gusten, ya sean ejercicios de matemáticas, cuestiones de aseo personal o compromisos. Forman parte de la educación. Con ellas desarrollamos el sentido de la responsabilidad, del compromiso, del sacrificio y del esfuerzo. Aprendemos que no siempre se puede ganar, a que a veces las cosas hay que hacerlas porque toca y a convivir con el miedo, la preocupación, el estrés o la frustración.

Ricardo Moreno, firme defensor del esfuerzo en las aulas, explica que con estas iniciativas estamos decorando un escenario cada vez más preocupante. No sólo nos engañamos a nosotros, también engañamos a esos alumnos que bajo una aparente e inmediata sensación de felicidad, están siendo condenados a ese fracaso escolar que queremos evitar. No sólo no matamos esos pájaros sino que el tiro nos sale por la culata. Cuando un alumno pasa de curso sin haberse esforzado con 5 ó 6 materias colgando, le estamos haciendo creer que es lo normal, que sólo con buenas intenciones, algo de motivación y una sonrisa en la cara todo le va a ir bien. Nada más lejos de la realidad.

Viéndolo así tal vez la clave sea dar un giro de 180 grados. En lugar de tanto edulcorar la educación y potenciar la mediocridad, en lugar de tanta carita sonriente y tanto reforzar la desidia, fomentemos el trauma. Como lo oyen. Todo lo demás ya se ha probado y no funciona. Permitamos que un error sea un error y que un suspenso sea un suspenso. Permitamos que sean consecuentes y que al final, en la balanza, vean lo que han aprendido junto a su trabajo, su esfuerzo y su dedicación. ¿Suficiente? Entonces pasas de curso. Permitamos que valoren el regalo que supone poder estudiar. Caer, frustrarse, equivocarse o perder. En definitiva, ayudémosles a ver que en la vida las matemáticas son las que son y que el éxito, como la felicidad, cuesta.

Publicado en La Verdad de Murcia (27/8/2021)

Javier Berrio de Haro

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