Educación edulcorada

«¡Qué horror! ¡Salvemos a los niños!»

Parece que hemos perdido el norte. Al menos en materia de educación. Malgastamos tiempo, recursos y energía en debates e ideas absurdas que a pocos, pocas y poques interesan o ayudan como esa matria o esas portavozas que duelen sólo con leerlas. Mientras tanto, seguimos sin encontrar esa tecla que nos permita matar dos pájaros de un tiro: reducir el fracaso escolar y preparar a nuestros hijos para eso que titulamos “vida adulta”. Curso tras curso el resultado parece ser el mismo. Ahora al menos tenemos excusa. Será por el coronavirus, por el exceso de deberes o por las clases online, pero no terminamos de arrancar. Más bien lo contrario.

Por falta de iniciativas no será. Dos cursos llevamos intentando motivar a nuestros alumnos con eso de promocionar sin aprobar. Bastante han tenido los pobres con las mascarillas y la semipresencialidad. Repetir curso tenía que ser la excepción. Si acaso en verano, entre siesta y remojo, aquellos con varios suspensos ya recuperarían esas materias que se les resistieron durante el curso. Para eso están los planes de trabajo individualizados. Y aunque la teoría promete, nos olvidamos que verano y estudiar son difícilmente compatibles. Debe ser que no hacer nada durante el curso cansa y, ya se sabe, el verano está para desconectar. No vayamos a empezar septiembre estresados.

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¡Más difícil todavía!

«¿Cómo leer un boletín de notas?» ¡Eso! ¡Cómo! Habrá que hacer un curso…

De los creadores de “no diga que no a sus hijos para que no se frustren” o “no les pongan deberes escolares y tareas en casa para no estresarles”, este 2021 llega a nuestros hogares una nueva máxima para complicar más si cabe esto de la paternidad. Ahora resulta que preguntarles cómo se han portado o qué notas han sacado es contraproducente para su equilibrio emocional. ¿El motivo? Por lo visto, este tipo de cuestiones hacen que nos centramos sólo en el comportamiento y en el rendimiento académico, olvidándonos de ellos como personas. ¡Como si olvidarnos de nuestros pequeños terremotos fuera posible!

El quid de la cuestión está en que parece que nunca lo haremos bien. Al menos bien del todo. Está claro que la perfección no existe y, visto lo visto, en materia de educación, menos aún. Cuanto antes lo aprendamos, menos disgustos nos llevaremos. Ya no nos basta con luchar contra los elementos en forma de Coronavirus, clases en casa e Instagrams, Fornites y youtubers. Algunos gurús de la pedagogía, al parecer expertos en fomentar la mediocridad y la hiperdependencia, pretenden marcar tendencia echando más leña al fuego. Complicando lo que ya de por sí es complicado.

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Tiempo de resiliencia

La historia de la humanidad, nuestra historia, contiene un sinfín de capítulos protagonizados por desastres, crisis y pandemias cuyo resultado se cobra un saldo de incontables vidas humanas y graves desequilibrios socioeconómicos. No es nada nuevo, ni dejará de ocurrir. Algunas de origen natural. Otras, muchas más, firmadas por el hombre. Y es que aunque suene a tópico o nos pueda parecer una tremenda exageración, somos nuestro mejor enemigo.

Este 2020 quedará en la memoria como el año de la Covid-19. Pero como suele ser costumbre, en cuanto recuperemos nuestras sociedades hiperactivas y globalizadas donde el consumo y lo inmediato se vuelve necesidad, el recuerdo de esta pesadilla se borrará. Si la memoria individual puede tener lagunas, nuestra memoria colectiva padece de alzhéimer.

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Locus de control

Es curioso lo de la memoria. Con todo esto del coronavirus en más de una ocasión me he acordado de un entrenador de baloncesto que tuve en mi adolescencia. Cuando hacía algo mal y ponía alguna excusa me decía que debía preocuparme de qué podía hacer yo para evitar ese error la próxima vez. Años más tarde, ya estudiando Psicología, entendí que lo que él pretendía no era más que apelar a mi locus de control interno, o lo que es lo mismo, que entendiese que esos sucesos que ocurrían en la pista eran efecto de mis propias acciones.

De la misma forma que tenemos el interno, al otro lado del ring encontramos su antítesis: el locus de control externo. Muy fácil reconocerlo. Ante los errores, suele vestir con respuestas que empiezan con algo similar a un “es que” combinadas con excusas o balones fuera. En definitiva, que todo lo que me ocurre, especialmente lo que percibo como malo o erróneo, es fruto de factores externos como la mala suerte, lo que hacen los demás o el destino.

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Modelos

1991. Primavera. Cualquier madrugada del viernes al sábado. Sonaba mi alarma a las 2.30 P.M. Tan sigiloso como un espía infiltrándose en la base enemiga, llegaba al comedor. A partir de ahí, el plan (depurado y perfeccionado al milímetro) estaba claro. Primero encender el televisor tosiendo durante varios segundos para disimular el sonido de arranque. Segundo, sin dejar pasar ni una décima, pulsar el mute en el mando. Tras esto, sin confiarme pese a que lo difícil ya estaba hecho, tocaba reducir el brillo de la pantalla. Y, finalmente, poner TV2. ¡Misión cumplida! A hurtadillas, casi en penumbra y con un silencio sepulcral saboreaba mi recompensa: ver un partido de la NBA.

A principios de los 90 no había ni televisión a la carta ni Youtube. Internet estaba aún en pañales. Si querías ver la mejor liga de baloncesto del mundo, no quedaba más remedio que aplicar esa gran máxima que los locos de la canasta defendíamos a ultranza: “dormir es de cobardes”. Los que no nos conformábamos con las revistas Súper Basket y Gigantes, teníamos una cita con Ramón Trecet y su “Cerca de las estrellas” esos viernes de madrugada. Era algo espectacular. Acostumbrado hasta entonces a disfrutar con los Arcega, Villacampa, Epi y Biriukov, ver a Michael Jordan, Magic Johnson o Larry Bird fue como comparar las lentejas de mi madre con las mías. Otro mundo.

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