Tiempo de resiliencia

La historia de la humanidad, nuestra historia, contiene un sinfín de capítulos protagonizados por desastres, crisis y pandemias cuyo resultado se cobra un saldo de incontables vidas humanas y graves desequilibrios socioeconómicos. No es nada nuevo, ni dejará de ocurrir. Algunas de origen natural. Otras, muchas más, firmadas por el hombre. Y es que aunque suene a tópico o nos pueda parecer una tremenda exageración, somos nuestro mejor enemigo.

Este 2020 quedará en la memoria como el año de la Covid-19. Pero como suele ser costumbre, en cuanto recuperemos nuestras sociedades hiperactivas y globalizadas donde el consumo y lo inmediato se vuelve necesidad, el recuerdo de esta pesadilla se borrará. Si la memoria individual puede tener lagunas, nuestra memoria colectiva padece de alzhéimer.

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Locus de control

Es curioso lo de la memoria. Con todo esto del coronavirus en más de una ocasión me he acordado de un entrenador de baloncesto que tuve en mi adolescencia. Cuando hacía algo mal y ponía alguna excusa me decía que debía preocuparme de qué podía hacer yo para evitar ese error la próxima vez. Años más tarde, ya estudiando Psicología, entendí que lo que él pretendía no era más que apelar a mi locus de control interno, o lo que es lo mismo, que entendiese que esos sucesos que ocurrían en la pista eran efecto de mis propias acciones.

De la misma forma que tenemos el interno, al otro lado del ring encontramos su antítesis: el locus de control externo. Muy fácil reconocerlo. Ante los errores, suele vestir con respuestas que empiezan con algo similar a un “es que” combinadas con excusas o balones fuera. En definitiva, que todo lo que me ocurre, especialmente lo que percibo como malo o erróneo, es fruto de factores externos como la mala suerte, lo que hacen los demás o el destino.

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Modelos

1991. Primavera. Cualquier madrugada del viernes al sábado. Sonaba mi alarma a las 2.30 P.M. Tan sigiloso como un espía infiltrándose en la base enemiga, llegaba al comedor. A partir de ahí, el plan (depurado y perfeccionado al milímetro) estaba claro. Primero encender el televisor tosiendo durante varios segundos para disimular el sonido de arranque. Segundo, sin dejar pasar ni una décima, pulsar el mute en el mando. Tras esto, sin confiarme pese a que lo difícil ya estaba hecho, tocaba reducir el brillo de la pantalla. Y, finalmente, poner TV2. ¡Misión cumplida! A hurtadillas, casi en penumbra y con un silencio sepulcral saboreaba mi recompensa: ver un partido de la NBA.

A principios de los 90 no había ni televisión a la carta ni Youtube. Internet estaba aún en pañales. Si querías ver la mejor liga de baloncesto del mundo, no quedaba más remedio que aplicar esa gran máxima que los locos de la canasta defendíamos a ultranza: “dormir es de cobardes”. Los que no nos conformábamos con las revistas Súper Basket y Gigantes, teníamos una cita con Ramón Trecet y su “Cerca de las estrellas” esos viernes de madrugada. Era algo espectacular. Acostumbrado hasta entonces a disfrutar con los Arcega, Villacampa, Epi y Biriukov, ver a Michael Jordan, Magic Johnson o Larry Bird fue como comparar las lentejas de mi madre con las mías. Otro mundo.

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A coscaletas

La vida está llena de paradojas. Contradicciones a gusto del consumidor que reflejan la cantidad de sinsentidos que nos rodean. Por ejemplo, el que en plena era de la información parezcamos más desinformados que nunca. O el que, a pesar de tanta nueva tecnología que nos facilita conectar con los demás, estamos tan desconectados de los nuestros.

Puestos a elegir, mi temática favorita son las paradojas de la educación. Por deformación profesional o bien por esto de ser nuevo en el club de la paternidad, la cuestión es que de la misma forma que imagino que un dentista se fija en los dientes de los demás, o que un arquitecto piensa cómo habría aprovechado los espacios de los demás, reconozco que me fijo demasiado en la educación de los demás.

Supongo que por eso, cuando veo adolescentes responsables, buenos y educados me invade un sentimiento agradable, como de alegría, y en seguida pienso, “espero que mi hijo Javier vaya a ser así”. Sin embargo, súbitamente, esa bonita sensación se transforma en un sabor agridulce al pensar que es una pena sorprenderse por lo que en sí ya tendría que ser.

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Hansei Shinasai

Decía San Agustín que el mundo es como un libro y que aquellos que no viajan siempre leen la misma página. Cuanto más viajes, más páginas lees. Y es que, sin duda, la lectura como el viajar enriquecen. El alma, el intelecto, la memoria o nuestra felicidad. Menos en perricas, en todo lo demás nos hace más ricos.

En mi libro del mundo, una de las páginas que recuerdo con más cariño es sin duda la de Japón. Por el significado, mi inolvidable luna de miel, y también por la cantidad de contrastes culturales que vives desde que pisas suelo nipón y que, como poco, chocan con nuestras costumbres occidentales.

El primero de esos contrastes lo encontré en el orden y la limpieza. Seguramente no recuerden qué equipos jugaron la final del mundial de fútbol de 2018 pero en cambio es más fácil recordar esa imagen tan viral de los vestuarios y las gradas impolutas del equipo y la afición japonesa. ¡Qué pena que ser limpio sea noticia y trending topic en España! Un periodista deportivo comentó entonces que “el fútbol es reflejo de la cultura de un país” y, efectivamente, al igual que ocurrió con esas gradas, en las calles de Japón no verán basura. Desde muy pequeños aprenden la importancia del orden y de la limpieza tanto en sus casas como en las escuelas, donde profesores y alumnos son los responsables de limpiar y ordenar aulas, pasillos y patios.

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