El respiracionismo y sus enemigos

Él también ha descubierto que es respiracionista.

Soy respiracionista.

No lo sabía. Lo descubrí el otro día. Fue así: iba en el tranvía, con la mascarilla calada. Al bajar en mi parada, me quité la careta. Sentí la brisa. Disfruté respirando a todo pulmón. Ahí caí en la cuenta: soy respiracionista.

Esto es lo que los pensadores finos llaman “concepto” o “idea” para referirse a un conjunto de cualidades comunes: unos constructos mentales que nos permiten comprender las cosas. Los conceptos no hacen que las rosas huelan bien ni nos permiten gozar de su colorido. Sirven para entender o incluir en un mismo grupo a las rosas. Y, como diría el poeta, bastante hay con entender, dejémosla, que así es la rosa.

De modo que dar el nombre de respiracionista a quien goza de respirar sin trabas permite entender a distintas personas según ese preciso rasgo común. Es, por tanto, algo trivial, normal. Ya saben: pensando se entiende la gente.

Lejos ya del tranvía me cruzo con gente. Algunos parecen respiracionistas. Otros van tapados. Es de suponer que por motivos varios: inercia, convicción, miedo, sumisión…

Y hasta aquí todo normal. Una sociedad sana contiene diversidad de grupos antagónicos: monárquicos-republicanos, derecha-izquierda, hombres-mujeres… Sin olvidar al entrañable grupo de los que les importa un pito lo anterior. Sólo las sociedades totalitarias funcionan atacando y arrancando de cuajo a uno de los contrarios. En la prensa, en la enseñanza y en la vida social y política. Me refiero a que silencian, reprimen, encarcelan o torturan a quienes no se someten a las directrices del Estado, instrumento del Partido, concreción de la ideología.

Normalidad, como decía, al elaborar un concepto para comprender. Normalidad al comprobar que hay gentes que organizan su vida a rostro descubierto mientras que otros se cubren. Cubiertos y descubiertos, sumisos y rebeldes, dóciles e inconformistas son los condimentos que impiden que la salsa de la vida sea sosa.

Y esa fue la función de los conceptos desde que echaron a andar allá por la antigua Grecia. Pero me parece que estamos experimentando un cambio de gran calado.

En Alicia a través del espejo aparece Humpty Dumpty, personaje que apunta en la dirección que quiero subrayar. Dice: «cuando yo empleo una palabra […] significa lo que yo quiero que signifique… ¡ni más ni menos!». Ahí los conceptos ya no apuntarían tanto a comprender la realidad cuanto a aplicar las peculiares perspectivas del hablante o, mucho más claro aún: no se trata de conocer sino que «la cuestión está en saber […] quién manda aquí… ¡si las palabras o yo!». Y ahí quería llegar yo: no se trata de comprensión, que es asunto de la inteligencia, sino de poder.

De un tiempo a esta parte, los conceptos (derecha-izquierda, respiracionista-tapados…) no se usan para entender, sino como instrumentos de poder. Tienen que ver con la voluntad más que con la inteligencia. Y el giro es notable.

Baste considerar que una cualidad esencial de la inteligencia es la apertura (“dejar ser al ser”, que diría el filósofo), la receptividad. Para entender algo, hay que dejar que ese algo entre en la mente. De hecho, cuando alguien “se cierra” no entiende, no puede hacerlo. Por el contrario, parece que lo propio de la voluntad es salir de sí: se quiere (u odia) algo que es distinto de nosotros (salvo el egoísta, que es una deformación, pero ese es otro asunto).

De modo que si los conceptos han pasado de dirigirse a una mente ávida de comprensión a brotar de una voluntad ávida de poder, la cosa no pinta bien.

Esto explicaría que las diferencias (enriquecedoras y normales) pasen a ser percibidas agresivamente. Derecha-izquierda pasan a ser insultos rojo-facha. Y así con todo. Y así se caldea el ambiente de crispación. No se olviden de Cuba, por favor. Ya entiendo que a algunos les duele tanto la rodilla que no están para muchos trotes. Es lo que tiene usar las palabras “Black lives matter” para atacar: impiden entender que “Cuban lives matter”. Si no abrimos la mente lo suficiente para entenderlo, lo pagaremos caro. Como los cubanos hoy día, que no pueden ni quejarse ni ser respiracionistas.

Publicado en «La Verdad de Murcia» (13/8/2021)

Manuel Ballester

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