La trampa del peón

Muchos psicólogos se han planteado si se puede ser una persona normal y cometer crímenes horrendos, o si es posible ser una buena persona y colaborar por acción u omisión con la injusticia y la maldad. Como puso de manifiesto la filósofa Hanna Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén, subtitulado La banalidad del mal, sí se puede. Y como demostraron numerosos experimentos (como el de Milgran o el de Zimbardo) este comportamiento es, de hecho, el más habitual.

Eichmann fue un militar de las SS condenado a muerte por su colaboración en el genocidio judío durante el régimen nazi. Pero, al contrario de lo que cabría esperar, este sujeto no era una mente perturbada que disfrutara con el sufrimiento ajeno. Ni siquiera se consideraba antisemita. Simplemente, fue un eficaz cumplidor de su deber; un capataz que cumplía órdenes con gran eficacia, sin cuestionarse la validez ética de las mismas. Pero sin llegar a tal extremo, es fácil comprobar que muy pocas personas se cuestionan la validez ética de sus acciones, y que una gran mayoría estaría dispuesta a colaborar con una injusticia, amparándose en la coartada psicológica de que ellos no son los responsables, sino meros cumplidores de las órdenes de sus superiores (lo que en psicología social se denomina “la trampa del peón”).

Pongamos un ejemplo concreto. Hace tiempo me contaba un amigo que había llegado a su trabajo un nuevo directivo, tan mediocre como autoritario, que había alterado completamente el buen funcionamiento de la empresa, tomando decisiones injustas y arbitrarias. Este individuo ocultaba su complejo de inferioridad mediante la imposición de un régimen de terror que cercenaba de raíz cualquier atisbo de discrepancia.

Una de las primeras medidas tomadas por este sujeto consistió en deshacerse de todo trabajador que se atreviera a cuestionar sus decisiones, para rodearse de los empleados menos competentes de la empresa, quienes inmediatamente fueron ascendidos.

No debe sorprendernos que existan personas con una absoluta carencia de escrúpulos; ni siquiera, que alguien con ese grado de incompetencia llegue a alcanzar un puesto directivo de tanta importancia (de hecho, lo que los psicólogos llaman “psicópatas integrados” suelen llegar a ocupar puestos directivos, gracias a su falta de escrúpulos). Pero resulta descorazonador que le sea tan fácil contar con la colaboración de otros trabajadores dispuestos a aceptar sin rechistar las injustas medidas tomadas contra sus propios compañeros, convenciéndose a sí mismos de que ellos no son los responsables de tales decisiones (mientras, eso sí, se benefician de los privilegios de un ascenso). Más aún, en el caso que nos ocupa, el resto de los empleados también se mostraron dispuestos a asumir, sin el menor reproche, la autojustificación de los recién ascendidos jefes, absolviéndoles de toda culpa y adoptando una actitud de resignación que, en el fondo, escondía un sentimiento de alivio por no hallarse entre los represaliados.

Ciertamente, la mayoría de las personas no se detienen a analizar la eticidad de sus acciones, ni mucho menos se plantean en base a qué sustentan unos posicionamientos éticos u otros. Si no realizan conductas inmorales o ilegales, en muchos casos, se debe más al miedo al castigo, o al posible rechazo social, que al hecho de considerar tales comportamientos como éticamente reprobables. Dicho de otro modo: nos suele preocupar más cómo nos juzguen los demás, que actuar de un modo que consideramos moralmente inaceptable. Mientras nadie más se percate de ello, y nos sintamos a salvo de la condena social o material, la voz de nuestra conciencia resulta bastante fácil de acallar. Podemos encontrar una explicación evolutiva a este hecho: las contradicciones internas podemos solventarlas mediante alguno de los fenómenos de difusión de la responsabilidad (como el principio de obediencia debida o el efecto espectador), pero no podemos sustraernos al rechazo del grupo, ya que sin él no podríamos sobrevivir.

Los remordimientos pueden ser innatos, ya que facilitan la conducta altruista y la colaboración con el grupo, pero la ética se aprende. Los humanos somos la única especie que se plantea el valor ético de sus acciones; y de ese cuestionamiento, precisamente, es de donde emerge la moral responsable, que es una cualidad intrínsecamente humana.

Publicado en La Verdad de Murcia (17/12/2021)

Alfonso González

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