Todos mediocres

Legislar en tiempos de pandemia es fácil cuando toda la atención del país está centrada en la tragedia sanitaria, los dos o tres casos de COVID que el doctor Simón dijo que tendríamos en España, la cifra de fallecidos que el Gobierno se empeña en ocultar porque parece que desde junio aquí no se ha muerto nadie o la devastación del tejido económico nacional. Por eso la última reforma educativa de la democracia, la LOMLOE (Ley Orgánica de Modificación de la LOE) se ha sacado adelante sin consenso como siempre, y sin discusión como nunca, y es ya una realidad cuyas novedades muy pocos conocen pero que todos imaginamos porque las polémicas son siempre las mismas: la demanda de enseñanza concertada, la repetición de curso, el estatus de la asignatura de Religión y su optativa, los cada vez menos exigentes requisitos para promocionar y titular en Bachillerato, el total abandono del idioma español en determinadas regiones del país, la renuncia explícita a las nociones de calidad y excelencia, la enésima rebaja en contenidos para que hasta una garrapata pueda obtener el título de Graduado en ESO y así en las estadísticas de la OCDE superemos a Uganda o Guatemala…

Estas polémicas aburren porque se asemejan a un Día de la Marmota cada vez que un nuevo gobierno crea su propia ley educativa para redimirnos académicamente. Son vacuas porque la madre de todos los males sigue estando en el espíritu de la LOGSE, que continúa impregnando todas las reformas posteriores (LOCE, LOE y LOMCE), y que convirtió a los centros de enseñanza en pequeños parques temáticos. Hemos asumido que a los alumnos hay que mantenerlos entretenidos los quince años que duran sus estancias en el colegio y el instituto a través de una multitud de programas costosos, absurdos e inoperantes que no aportan nada pero que encandilan a padres y políticos: enseñanza digital, aprendizaje basado en proyectos, bilingüismo y plurilingüismo… Para crear alumnos mediocres es indispensable contar con profesores también mediocres, y de ahí mi desencanto con la flamante LOMLOE. En efecto, en su texto no hay ninguna mención al fomento de la ampliación de conocimientos de los profesores o a su labor investigadora, en la tónica de las anteriores legislaciones. Unas cuestiones primordiales que no interesan a nadie, empezando por los propios docentes.

Por un lado, desde la LOGSE la formación del profesor ha ido encaminada a aumentar sus competencias como monitor de esas ludotecas en que se han convertido las aulas, es decir, a hacerlo funcional a la ensalada de programas desquiciantes que los centros se empeñan en poner en marcha desenfrenadamente en una ridícula competición entre vecinos, o entre públicos y concertados. Se nos obliga a realizar cursos sobre metodologías didácticas, innovación, plataformas digitales, memeces pedagógicas, competencias (la palabra de moda), atención a la diversidad, mediación o informática, pero no se organiza ninguno en el que podamos profundizar conocimientos en nuestras respectivas áreas o ponernos al día de  las novedades o aportaciones científicas recientes. Hoy el docente sale de la facultad con un bagaje cada vez más escaso, y de él depende no digo ya ampliarlo, sino simplemente conservarlo. Y por otro lado, la LOMLOE mantiene el nulo estímulo y valoración del trabajo investigador de los profesores. Se asume que únicamente es labor de la Universidad el producir conocimientos y difundirlos, y por eso no sólo no se promocionan estas actividades en niveles educativos inferiores; es que incluso se le ponen trabas porque para un profesor de Secundaria es toda una odisea el lograr que en su expediente la Administración reconozca y valore una publicación científica, mientras en el ámbito universitario las autopublicaciones endogámicas para los sexenios están a la orden del día. Se crea así un círculo vicioso en el que el sistema produce unos profesores mediocres, que inoculan la mediocridad en sus alumnos para que éstos la perpetúen cuando sean políticos o docentes. La LOMLOE, como todas sus antecesoras, y escudada en las machaconamente repetidas palabras “inclusión” y “equidad”, no quiere asumir que la mejor enseñanza es la que imparten los mejores profesores, y así nos va y nos seguirá yendo.

Publicado en La Verdad de Murcia (28/08/2020)

Alberto Hernández

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